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    Crítica | Comanchería

    Hell or High Water

    Once Upon a Time, in Texas

    crítica ★★★★★ de Comanchería (Hell or High Water, David Mackenzie, Estados Unidos, 2016).

    Si Comanchería (Hell or High Water) estuviera regida por los cánones tradicionales del western, los dos vaqueros que la protagonizan tendrían que identificarse como los defensores de una causa justa, abnegada y redentora; de ser un filme de robos y atracos al uso, los atracadores, por el contrario, representarían el egoísmo, la maldad y la avaricia feroz. Como podremos comprobar, la última película de David Mackenzie no cumple con ninguno de esos dos requisitos indispensables de genuina filiación con los valores dogmáticos, puesto que no quedan claros en ningún momento los confines éticos por los que discurren cada uno de los bandos que se dan cita en este thriller andrógino y obstinado en no seguir patrón lógico alguno. Hasta el propio Jeff Bridges parece estar defendiendo al bando equivocado desde el primer instante. Para terminar de romper con cualquier atisbo de adhesión a los clásicos, el director presenta a una pareja de defensores de la ley capaz de escandalizar al sector más purista del orbe cinéfilo: indios y vaqueros luchando juntos por una causa que nunca estuvo más lejos de la justicia.

    Una pareja de hermanos se ve forzada a conseguir una cuantiosa suma de dinero si no quiere que su rancho familiar, levantado a costa del duro esfuerzo y el sacrificio de sus antepasados, pase a ser herencia de un gigante bancario que amenaza con absorber esta propiedad a consecuencia de una deuda que no hace sino crecer. Las ominosas condiciones que los corruptos corporativos exigen a sus clientes se establecen como el único foco unánime de animadversión. Sin embargo, justo a la hora de posicionarnos hacia el lado del menos malo, aparecen en escena Marcus y Alberto, dos Ranger de Texas que se ven en la obligación deontológica de defender a estos viles personajes invisibles, cuya sombra se intuye tras los indefensos trabajadores que dan la cara y se exponen a los peligrosos atracos que no dejan de sucederse. A los espectadores no nos quedará más remedio que ir saltando de un bando al otro mientras esquivamos las balas que se nos echan encima, según los personajes vayan exponiendo sus razones para seguir con las atroces acciones que estamos presenciando. Mackenzie llega a lo que parece la cúspide de su progresión como realizador; tras haber examinado con tremenda originalidad las causas de un insólito apocalipsis con, Perfect Sense (2011), y haber puesto en evidencia los fallos del sistema penitenciario británico en la fantástica, Convicto (Starred Up, 2013), llega ahora, en un estadio artístico inmejorable, a la excelencia audiovisual gracias a un trabajo en el que convergen armónicos y precisos los elementos esenciales de la forma fílmica. El primero de estos elementos que destaca por su nitidez y calidad es, como no podría ser de otra forma, el fabuloso guion de Taylor Sheridan, que se encarga de preparar los andamios narrativos de una trama apoteósica y nos introduce por completo en la idiosincrática masculinidad del oeste texano, donde los habitantes encienden cerillas en sus estudiadamente descuidadas barbas de dos días y miden el tamaño de su ego en función de cuán lejos escupen su tabaco de mascar. Sheridan cocina a fuego lento un libreto que permite a los actores brillar por encima del polvoriento escenario. A la dirección, el libreto y las sorprendentes interpretaciones de los cuatro protagonistas principales, ha de sumarse, como uno de los grandes aciertos de esta película, el montaje. ¡Y qué montaje! Con un ritmo trepidante, el estupendo trabajo de Jake Roberts no nos permite ni un segundo de tregua en su imponente entramado audiovisual, en el que el estruendo del motor de los coches y las balas silbando en nuestros oídos quedará parcialmente amortiguado por unos sintetizadores que nos prepararán para un desenlace que viene augurando, desde el primer minuto, un derroche de decibelios.

    Hell or High Water

    «Mackenzie presenta una de las obras más completas, a nivel narrativo y estilístico, que hemos podido presenciar en lo que llevamos de siglo; uno de esos raros especímenes, únicos en su especie, que aparecen de forma inesperada y se ganan al público y a la crítica a fuerza de sacrificio, trabajo duro y, sobre todo, amor por esta empresa perezosa que, en ocasiones, todavía encuentra acérrimos defensores que vuelven a encumbrarla en lo más prominente del selecto panorama artístico».


    Todo el planteamiento lógico del filme se sostendrá gracias a la justificación moral que se hace de la violencia. Cada atraco encuentra su razón de ser con una lógica inapelable que, por supuesto, eximirá a los asaltantes de cualquier deuda que puedan tener con el espectador, no así con la representación de las fuerzas del orden. Sin embargo, llega un intervalo en el filme, coincidiendo con el punto álgido de la acción, que tratándose de una cinta con un ritmo endiablado ha de ser por fuerza una situación de intensidad abrumadora, en el que ese razonamiento se desvanece, como también lo hará el sentido de la palabra justicia. Cada concepto ahora se desliga de su contexto para dejarnos al amparo de una definición literal que, como siempre ocurre, no conseguirá tener sentido para nadie. En ese punto desaparece lo ético y sólo queda recurrir al código penal, que establece que, en cualquier circunstancia y bajo cualquier pretexto, atracar un banco es un delito, al menos atracarlo con intimidación y armas de fuego, porque si consiguiéramos que el banco nos entregara el dinero de forma voluntaria, a consecuencia, por ejemplo, de una cláusula en nuestro contrato de cliente que nos protegiera contra una mala administración del mismo, o por un retraso imperdonable a la hora de sacar efectivo de un cajero averiado, sería un atraco legalmente aceptable —sin señalar a nadie—. Esta tesitura, como es evidente, no corresponde a los verdaderos hechos ocurridos, dejando a los hermanos a merced de la implacable justicia texana que, a estas alturas, habrá perdido todas las ganas de seguir prolongando este juego del ratón y el gato, sobre todo desde que la sangre tiñó indolente la escena de un sucio y polvoriento rojo realidad. Los mecanismos de concesión se activan para poner en guardia a un público que ya no será tan generoso en su proceso empático. Los malos, a quienes quiera que este guion haya establecido como tales, ya no parecen tan malos, o al menos, simplemente no aparecen en absoluto, del mismo modo que los buenos han cruzado la difusa línea que separa razón y corazón, y se han entregado a una venganza ciega que ubica la contienda a un mismo nivel amoral, dejando al espectador atrapado en el fuego cruzado sin una figura heroica a la que aferrarse y encomendarse para que venga al rescate.

    Aquí se aprecia la mayor trasgresión y distanciamiento con respecto al western, que por muy crudo y despiadado que se mostrase en su avance, siempre podíamos contar con el jinete salvador que pusiera todo en orden al final. Comanchería nos priva de esa armonía y, aun así, resulta un sentimiento de incertidumbre e inestabilidad que terminamos por agradecer. Una gratitud que emerge desde nuestras entrañas más indignadas, ya que no podríamos pensar en un escenario categórico aceptable que encontrara justicia para lo que aquí ha ocurrido. Una cruel alegoría, como lo es la propia realidad, de la coyuntura de desamparo e impotencia que se extiende como un mal endémico, o una metedura de pata viralizada de algún personaje público, a lo largo de las, cada vez más amplias y definidas, fronteras de la clase baja. La infinitud vertical de Nuevo México se presenta como el escenario perfecto para fundar este tipo de metafóricas visiones de la sociedad contemporánea, donde los lejanos horizontes desérticos del oeste americano son capturados con sublime precisión por los astutos encuadres de Giles Nuttgens, quien contrasta toda esa potencia visual liberadora con la claustrofóbica visión de las entidades bancarias, para ofrecer una mirada abrumada de las opresivas técnicas despóticas de los magnates del capitalismo. Mackenzie presenta una de las obras más completas, a nivel narrativo y estilístico, que hemos podido presenciar en lo que llevamos de siglo; uno de esos raros especímenes, únicos en su especie, que aparecen de forma inesperada y se ganan al público y a la crítica a fuerza de sacrificio, trabajo duro y, sobre todo, amor por esta empresa perezosa que, en ocasiones, todavía encuentra acérrimos defensores que vuelven a encumbrarla en lo más prominente del selecto panorama artístico. | ★★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / 69º Festival de Cannes


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2016. Título original: Hell or High Water. Director: David Mackenzie. Guion: Taylor Sheridan. Fotografía: Giles Nuttgens. Duración: 102 minutos. Productora: Film 44 / Sidney Kimmel Entertainment. Montaje: Jake Roberts. Diseño de vestuario: Malgosia Turzanska. Diseño de producción: Tom Duffield. Intérpretes: Jeff Bridges, Chris Pine, Ben Foster, Katy Mixon, Dale Dickey, Kevin Rankin, Melanie Papalia, Lora Martinez-Cunningham, Amber Midthunder, Dylan Kenin, Alma Sisneros, Martin Palmer, Danny Winn, Crystal Gonzales, Terry Dale Parks, Debrianna Mansini. Presentación oficial: Festival de Cannes 2016. PÓSTER OFICIAL de HELL OR HIGH WATER.

    El fulgor efímero

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