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    Crítica | Blair Witch

    Blair Witch

    Tardío retorno a los bosques de Maryland

    crítica ★ de Blair Witch (Adam Wingard, EE.UU., 2016).

    A pesar de la controversia que rodeó a su estreno, ganándose tantos detractores como fieles defensores, lo cierto es que el tiempo ha acabado colocando a El proyecto de la bruja de Blair (1999) en un puesto privilegiado entre los títulos más influyentes del terror de los últimos veinte años. Una minúscula producción de 22.500 dólares, rodada en 16 mm a la manera de found footage, con tres actores no profesionales y un bosque como principal escenario, que sus creadores Daniel Myrick y Eduardo Sánchez consiguieron convertir en la película más rentable de todos los tiempos, con una taquilla total de 248 millones de dólares en todo el mundo. No inventó nada –la técnica del "metraje encontrado" ya había conocido un ilustre (y polémico) antecedente como Holocausto caníbal (Ruggero Deodato, 1980)–, pero su avispada campaña de marketing, que pretendía hacer pasar por real la desaparición de tres jóvenes estudiantes de cine que viajaron hasta Maryland para realizar un documental alrededor de la figura de la bruja de Blair (otro mito inventado para la cinta), que habría sido ajusticiada en los bosques en los bosques de Burkittsville en el siglo XVIII tras ser considerada culpable de la muerte de varios niños. Durante el año anterior a la salida del filme, la noticia se fue alimentando a través de falsos recortes de periódicos en los que se buscaba a los desaparecidos, la colaboración cómplice de la policía y los medios de comunicación y una página web creada para cubrir cada detalle del misterio. Una gran mentira que logró, desde luego, lo que sus responsables buscaban: que muchos espectadores acudiesen a los cines pensando que iban a ver auténticas grabaciones sobre los últimos momentos de vida de aquellos chicos. Argucias publicitarias aparte, no se puede negar que El proyecto de la bruja de Blair fue una sorpresa en las carteleras terrorífica como pocas, que conseguía helar la sangre recurriendo a los miedos más primarios e irracionales del ser humano –a la oscuridad, la soledad en medio de un bosque o a lo desconocido –, sin utilizar ni una gota de sangre en todo el metraje ni, por supuesto, dejarnos ver a la temible bruja. El fracaso crítico y comercial de su secuela El libro de las sombras (Joe Berlinger, 2000), que contó con un presupuesto de 15 millones de dólares, dio al traste con lo que podría haber sido una fructífera franquicia a lo Paranormal Activity.

    La sorpresa fue mayúscula cuando, 17 años después del estreno de la cinta original, un proyecto de Lionsgate que era promocionado con el título de El bosque, acabó desvelando su verdadera naturaleza y pasó a ser Blair Witch (2016), una tercera entrega de la saga con la que nadie contaba a estas alturas. Cuando supimos que el director encargado de revitalizar aquella historia no era otro que Adam Wingard, responsable de Tú eres el siguiente (2011) –uno de los slashers más divertidos de los últimos años, soplo de aire fresco a esa modalidad de invasiones domésticas a manos de violentos intrusos–, y The Guest (2014) –desacomplejado retorno al cine de acción más ochentero–, las expectativas sobre que nos pudiéramos encontrar ante algo verdaderamente grande fueron aumentando. Simon Barrett, el guionista habitual de Wingard en sus anteriores éxitos, ha optado por el camino más fácil, presentando al hermano menor de Heather –la chica desaparecida en El proyecto de la bruja de Blair–, James, obsesionado con la idea de volver a encontrarla con vida y reclutando a un grupo de amigos para emprender el mismo itinerario con el fin de localizar en el bosque esa casa abandonada que aparece en el video que fue hallado. Con la ayuda de una pareja de lugareños que se ofrecen a servirles de guías, los muchachos se adentrarán en las entrañas de Black Hills Forest, equipados con nuevas tecnologías, como GPS o un dron para obtener imágenes aéreas –única aportación significativa a la trama y artífice de algunas de las escenas más rescatables de la función–, viéndose envueltos en la misma pesadilla que vivieron Heather, Michael y Joshua años atrás. Blair Witch se desmarca por completo de los acontecimientos narrados en la segunda película (algo de lo más lógico, viendo el desastre que fue) para tratar de recuperar el espíritu de la obra inaugural, ofreciendo numerosos guiños, con afán de contentar al fan más nostálgico, y retomando la estética de falso documental que tan bien funcionó en aquel entonces.

    Blair Witch

    «Su mayor crimen es querer parecerse en exceso a El proyecto de la bruja de Blair, su incapacidad de innovar o aportar nuevos datos a la historia que ya conocíamos, así como alguna concesión innecesaria a la sanguinolencia que la hace bordear la comedia involuntaria».


    El principal hándicap al que se enfrenta el filme es la sobresaturación de aportaciones al género rodadas con cámara casera a la que se ha visto sometido el público en los últimos tiempos, por lo que muy complicado lo tenían Wingard y Barrett para aportar algo novedoso a una serie que ya había perdido el factor sorpresa tras su primer asalto. Por desgracia, no se ha conseguido. Ni siquiera se puede decir que se haya intentado con verdadera energía, ya que la historia de Blair Witch es tan calcada de la original de Myrick y Sánchez, que repite, paso por paso, cada uno de los pasajes que hicieron de aquella una gozada para los amantes del horror más básico –esos rodeos por el bosque que siempre desembocan en el mismo lugar de origen; las apariciones de enigmáticas figuras hechas con ramas, como una especie de amenaza; el clímax en la casa–, sin ningún tipo de pudor. Si Heather Donahue, Michael C. Williams y Joshua Leonard estuvieron muy naturales en El proyecto de la bruja de Blair, contribuyendo de forma activa a la sensación de veracidad de sus grabaciones, no se puede decir lo mismo de los nuevos actores que les relevan, entre mediocres y sobreactuados. Es la película un raro ejemplo de secuela (continúa la misma historia 17 años después) que, al mismo tiempo, parece un remake (todo lo que sucede ya lo hemos visto antes) y pretende funcionar como reboot o nuevo comienzo de saga. Esto podría haber sido una loable maniobra si Wingard no hubiese vuelto a incurrir (potenciándolos, incluso) en los mayores errores del modelo a seguir –movimientos de cámara demasiado mareantes, que apenas dejan ver nada claro; efectos sonoros atronadores; cierta morosidad en la acción, con mucho tiempo muerto–, mientras que, por el contrario, no es capaz de beneficiarse de sus muchos aciertos –el acto final en el interior de la casa (que nos regaló un impactante plano final para el recuerdo en la primera parte) se nos antoja, en esta ocasión, dilatado en exceso y repetitivo–. Por todo ello, hablamos de una secuela innecesaria, tardía y sorprendentemente aburrida, sobre todo viniendo de un realizador que se había caracterizado hasta ahora por su apuesta por la diversión sin cortapisas. Su mayor crimen es querer parecerse en exceso a El proyecto de la bruja de Blair –si esta no existiera, Blair Witch podría considerarse incluso disfrutable–, su incapacidad de innovar o aportar nuevos datos a la historia que ya conocíamos, así como alguna concesión innecesaria a la sanguinolencia –de las pocas ocasiones en las que se traiciona al minimalismo de la propuesta– que la hace bordear la comedia involuntaria. | ★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2016. Título original: Blair Witch. Director: Adam Wingard. Guion: Simon Barrett. Productores: Keith Calder, Roy Lee, Steven Schneider. Productoras: Lionsgate / Vertigo Entertainment / Room 101 / Snoot Entertainment. Fotografía: Robby Baumgartner. Música: Adam Wingard. Montaje: Louis Cioffi. Dirección artística: Sheila Haley. Reparto: James Allen McCune, Callie Hernandez, Corbin Reid, Brandon Scott, Wes Robinson, Valorie Curry. PÓSTER OFICIAL de BLAIR WITCH.


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