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    Crítica | Sangre de mi sangre

    Sangue del mio sangue

    Las deudas del pasado vistas con ironía

    crítica de Sangre de mi sangre (Sangue del mio sangue, Marco Bellocchio, Italia, 2015).

    Está claro que Marco Bellocchio puede hacer lo que quiera. A sus 76 años, con un premio al mejor guion en el Festival de Venecia bajo el brazo (por la estupenda Buenos días, nocheBuongiorno, notte, 2003—, ejemplo de cine político con sentimiento), menciones importantes y frecuente presencia en los certámenes de Berlín y Cannes y un nombre de cierto peso en la industria europea, el cineasta italiano puede permitirse reflexiones excéntricas o maneras peculiares de abordar proyectos como el que nos ocupa. Sangre de mi sangre, su ya penúltima película (terminó de rodar en septiembre Fai bei sogni, adaptación de la novela de Massimo Gramellini), es un gran ejemplo de esto. Acercarse a ella sin saber mucho es probablemente la mejor opción, pero el texto que sigue va a tener que explorarla en profundidad para entender y exponer sus encantos. Ante todo es una propuesta hecha con ganas de que el espectador sea el que saque las conclusiones, de espolear debate a la salida de la proyección sobre las intenciones de sus responsables y el posible significado de varias de sus elecciones. Existen simbolismos, un uso anacrónico de la canción Nothing else matters, algunos actores dan vida a más de un personaje, la historia se quiebra a la mitad, pasado y futuro se entremezclan, y todo está recorrido por un sentido del humor tan fino que despierta la legítima duda en la audiencia de si no está viendo una gran broma.

    El arranque nos lleva a pleno siglo XVII y a la llegada de un joven de buena familia a un convento en busca de respuestas. Su hermano, cura en el lugar, se ha suicidado según cuentan por la diabólica influencia de una mujer. Una mujer a la que los párrocos del sitio tratan de arrancar –nunca mejor dicho– una confesión de brujería, de pacto con Belcebú. Con sutileza y sin hacer énfasis innecesarios, Bellocchio establece relaciones de clase, sexos e instituciones en unas cuantas escenas, que suman y suman desconcierto e inquietud durante casi 40 minutos de metraje. Una pequeña historia de deseos reprimidos, de los abusos de la iglesia y sobre todo del pasado de un país que, como España sin ir más lejos, tendrá sus cuentas pendientes. Lo más interesante, sin embargo, llega a partir de ese minuto 40, cuando se produce el brusco cambio de relato y un salto temporal nos traslada a pleno siglo XXI. Solo hasta el final de la cinta y con un rato de reflexión se podrá comprender (mejor o peor) que la conexión entre ambas porciones no es baladí, que tienen mucho más en común que el simple emplazamiento del convento. Ese tono a medio camino siempre entre la gracia y lo serio hace de Sangre de mi sangre una experiencia desconcertante, especialmente en esa primera parte, donde la seriedad y gravedad de todo lo contado (además de la subterránea corriente de culpas, deseos reprimidos, pasiones y la religión como severo manual para vivir) hacen que parezca que estamos viendo una desnortada cinta de terror.

    Sangue del mio sangue

    «Una broma de lo más seria, tenebrosa casi por sus ribetes más duros y que no busca tomarnos el pelo ni rebajar con humor la seriedad de lo que dice, pero broma al fin y al cabo».


    La odisea de Federico para tratar de restaurar el honor de su hermano y por ende de su familia es una que le lleva a acabar explorando su propia alma, cuestionándose las decisiones de alguien con quien comparte sangre. Una tesitura que parece imposible superar, que provoca risas cargadas de prejuicios en partes de la audiencia por lo “chocante” de algunos comportamientos (la relación con las hermanas, en el fondo más triste que otra cosa) y que de hecho tiene una solución misteriosa y desoladora. El salto temporal que nos lleva al presente sí tiene un tono más abiertamente cómico, aunque que irónico sea un mejor término, y que se puede calificar como una de las aproximaciones más curiosas a la temática del vampirismo que el cine reciente ha dado, y que se presta además a bastantes y muy interesantes reflexiones. La inmortalidad de una persona, o de un pueblo (de un modo de vida, en realidad) vista con una melancolía y serenidad que suben el interés del asunto, y que además va acompañado de una apuesta fotográfica de Daniele Cipri mucho más viva, más atractiva. De nuevo sin dar explicaciones que simplifiquen un contenido generoso en sustrato (quizá hasta demasiado), el cineasta narra en esta segunda parte la llegada a la ciudad de Bobbio de un millonario ruso y un abogado italiano que le representa, y que quiere comprar el antiguo convento (ahora residencia de un conde que vive de la sangre humana) para dar paso al progreso. A este abogado lo interpreta el mismo actor que al atribulado noble de la primera parte (Pier Giorgio Bellocchio, hijo del director), y ambos comparten nombre: Federico. Que empiecen las teorías.

    Esta segunda parte es tan tonal y visualmente distinta que se diría que el director y guionista ha querido parir dos películas distintas, que aunque como ya hemos sostenido están obviamente conectadas, parecen chocar en algunas aristas importantes. Parece capitaneada desde la idea de jugar a los contrarios para desconcertar al respetable, oponiendo tiempos y género, estatismo y movimiento. La fauna de personajes peculiares que pueblan esos casi 60 minutos de metraje despliega su excentricidad con generosa entrega gracias al reparto que le da vida y a una trama que condensa en una noche toda una Historia. Seguro que alguien más docto en el pasado de Italia puede detectar referencias que a este crítico se le escapan, pero lo que trasmite Sangre de mi sangre emocionalmente es universal, y es una sensación de personajes cansados, que buscan un descanso (¿eterno?) pero que no pueden parar por las propias circunstancias de la vida. De cuentas pendientes con el pasado y de asuntos turbios, cuya verdad conocen algunos pero no se ha revelado todavía. La cinta avanza y llegamos ante la que es, con diferencia, su mejor escena. En ese sentido del humor tan peculiar que el cineasta despliega, el conde vampiro se levanta con ganas de ir al dentista, ocasión que de paso aprovecha para reunir a los que toman las decisiones en la ciudad, una suerte de Consejo de Sabios. La escena en cuestión recoge una conversación entre el conde y el dentista, amigos desde hace mucho tiempo, y la pluma del Bellocchio guionista empieza a enlazar frases y sentidos, metáforas y bromas, hasta componer un intercambio de una brillantez digna de todo elogio. El paso de los tiempos, la condición de vampiro, la impaciencia de las nuevas generaciones y muchas cosas más tienen cabida en la charla, que como buena escena cumbre no anuncia que llega, sino que deslumbra cuando ya está sucediendo. El único otro momento que puede llegar a hacerle sombra, aunque no del todo, es el imponente final, cargado de ambigüedad, que nos lleva a un tercer momento temporal y que resulta impactante por las cosas que nos dice de los personajes. Ese desenlace apunta un nuevo mundo de misterio y da otro sentido a todo lo contado, sumando más a la sensación de elaborada broma que Sangre de mi sangre desprende. Una broma de lo más seria, tenebrosa casi por sus ribetes más duros y que no busca tomarnos el pelo ni rebajar con humor la seriedad de lo que dice, pero broma al fin y al cabo. | ★★★ |


    Adrián González Viña
    © Revista EAM / Festival de Cine Europeo de Sevilla


    Ficha técnica
    Italia, Francia, Suiza, 2015. Título original: Sangue del mio sangue. Dirección y guión: Marco Bellocchio. Música: Carlo Crivelli. Fotografía: Daniele Cipri. Productoras: Kavac Film / IBC Movie / Rai Cinema / Barbary Films / RSI-Radiotelevisione Svizzera / Amka Films Productions. Productores: Simone Gattoni, Beppe Caschetto, Fabio Conversi, Gabriella de Gara, Alessio Lazzareschi, Tiziana Soudani. Montaje: Francesca Calvelli, Claudio Misantoni. Dirección artística: Andrea Castorina. Vestuario: Daria Calvelli. Reparto: Pier Giorgio Bellocchio, Roberto Herlitzka, Alba Rohrwacher, Lidiya Liberman, Federica Fracassi, Toni Bertorelli, Fausto Russo Alesi, Alberto Cracco, Bruno Cariello, Filippo Timi, Elena Bellocchio, Ivan Franek.

    Póster: Sangue del mio sangue
    El fulgor efímero

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