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    Sospecha, de Matthew Gregory Lewis

    Matthew Gregory Lewis

    El infierno de la desconfianza

    crítica a Sospecha, de Matthew Gregory Lewis | Valdemar, 1996

    Matthew Gregory Lewis (1775-1818) os sonará a todos por haber sido el autor de esa inolvidable novela que es El monje (The Monk, 1796), uno de los clásicos indiscutibles de la literatura gótica y uno de los más fascinantes que ha dado la literatura fantástica. No es muy habitual tener acceso en español al resto de su obra, aunque de vez en cuando alguno de sus otros escritos ve la luz gracias a la labor solitaria de editoriales que se apiadan de tristes almas amantes del horror como la que esto firma. Y seguro que tú, lector, eres otra de ellas, porque si no ya me dirás qué haces leyendo estas líneas… Sospecha (Mistrust, or Blanche and Osbrighthan, 1808) llegó a nosotros de la mano de la editorial Valdemar en otra muestra más de su admirable labor de recuperación de maravillas extrañas y ocultas de la literatura. En su origen, Sospecha fue uno de los relatos incluidos en el volumen de cuentos de Lewis titulado Romantic Tales (1808). Aunque por su extensión podemos considerarla una novela, no es inhabitual que en su momento formara parte de una compilación de varios relatos pues estos góticos (los de antes) se gastaban unos mamotretos de cientos y cientos de páginas que harían las delicias de todos los puestos de libros de los aeropuertos y las estaciones (los de ahora). Y también las nuestras, qué diablos. Porque de primeras debo decir que el libro me ha encantado. Me ha parecido de una modernidad sorprendente, tanto en su temática como en su tratamiento, pese a contar con un buen puñado de convencionalismos de la época. Pero Lewis es un escritor genial y la convención no constriñe su creatividad. Al contrario, le sirve de base firme sobre la que construir lo que desea.

    En Sospecha los ropajes quizá se antojen antiguos. Tenemos a dos nobles enemistados, cómo no, tradición gótica manda, por una herencia. Y a los hijos de ambos, enamorados con sus familias, los Frankheim y los Orrenberg, enfrentadas, herencia shakespeariana ineludible para todo autor inglés que buscara un poco de autoridad. Así Romeo y Julieta (Romeo and Juliet, William Shakespeare, 1597) es una influencia evidente, pero Lewis no cae en el calco o en la repetición vacua. Utiliza el modelo para sus fines: un modelo que, al fin y al cabo, ya era universal. Lo prodigioso en esta novela de Lewis, más que los posibles lugares comunes de la historia, la cual ofrece pocas sorpresas, está en la enorme fuerza, en el tremendo dinamismo de sus personajes: transmiten vida y pasión, quedamos atrapados en su devenir y todo lo que les sucede nos importa, nos alegra o nos duele. Resultan modernos por su sensibilidad, por la arrolladora veracidad, por la tremenda y exasperante realidad de la condición humana que muestran. Porque Lewis centra el drama en la idea de que la desconfianza es la causa profunda de temibles errores, los juicios de valor precipitados o el prestar oídos a acusaciones fáciles nos puede llevar a cometer equivocaciones en las que no sólo está en juego nuestra vida, sino también y sobre todo la de otros. Una palabra susurrada en el oído apropiado hace más daño que una puñalada. Una mentira alimentada por el odio envenena el corazón más prevenido. Ya sabéis, mentir es gratis y hay quien hace campaña de su integridad a costa de soltar basura por su boca mancillando a los demás. Su limpieza parece ser fruto de la suciedad ajena. La única pureza a la que pueden acceder, en verdad, pues no la hallarían en su corazón ni a pedradas.

    En esta absorbente y apasionante novela me ha sorprendido de manera especial su tratamiento positivo absolutamente moderno de la brujería, contando qué era en realidad y tomando partido por las dos brujas que aparecen en su narración. Es un reflejo del pensamiento avanzado para la época de su autor, con el que ya hizo enfadar a todos sus vecinos jamaicanos cuando decidió dejar de escribir y dedicarse al cultivo de la caña de azúcar en las tierras heredadas de su padre. Póstumamente se publicaría su Diario de un plantador de las Antillas (Journal of a West Indian Proprietor, 1833), en el cual proponía la mejora de las condiciones de vida de los esclavos. En Sospecha la joven bruja Bárbara será un personaje fundamental en el desarrollo de la trama, y su bondad y sus buenas acciones no son las propias que incluso hoy le atribuiríamos a una bruja (bueno, las de la televisión aparte, pero es que esas ni son brujas ni son nada). En el remate del buen hacer, ni ella se librará de cometer equivocaciones, pero, ya lo he dicho, Lewis crea personajes y los llena de vida. Los caracteres lineales no eran lo suyo, afortunadamente. La mentira, el engaño y las máscaras de falsedad sí son propios de nuestra sociedad, por desgracia, del mismo modo en la Alemania feudal de la novela que en nuestros días. El gran Matthew Gregory Lewis supo verlo y contárnoslo. Y por eso Sospecha derrota al tiempo y su lectura resulta tan apasionante hoy como seguro que lo fue en el ayer.

    José Luis Forte
    Redacción Cáceres


    Sospecha
    Sospecha
    de Matthew Gregory Lewis (1808)
    título original | Mistrust, or Blanche and Osbrighthan
    traducción | Elías Sarhan
    editorial | Valdemar
    nº de páginas | 179
    colección | El Club Diógenes, 47
    ISBN | 84-7702-161-9
    precio | 7,90 €
    ★★★★
    El fulgor efímero

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