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    RUR & La fábrica de Absoluto, de Karel Čapek

    RUR & La fábrica de Absoluto, de Karel Čapek

    El fin de la humanidad en dos amenos y sencillos pasos

    crítica a RUR y a La fábrica de Absoluto, de Karel Čapek | Minotauro, 2003

    Intento imaginar que asisto a una obra de teatro en la cual la historia consiste en que una poderosa compañía fabrica robots bajo la égida de un científico loco ya muerto. Su hijo lo sustituye en el empeño y, dejando atrás el ideal de crear una nueva humanidad, se aplica a la tarea con un objetivo más mundano y efectivo, dando con la creación de unos androides cuyo parecido con los humanos difiere tan sólo en que estos poseen alma. Y también este hijo está ahora muerto. Los actuales dueños se hacen con las notas dejadas atrás por estos dos visionarios y consiguen comercializar los robots llevándolos hasta el último rincón del mundo. El negocio es fabuloso, pero además se apunta la idea de que tal vez se inicie una nueva era para el hombre en la cual las máquinas harán todo el trabajo dedicándose los humanos a pegarse la vidorra padre. Pero claro, los robots, que han dejado de lado todo lo inútil e innecesario, descubren que lo más inútil e innecesario cuando ellos se encargan de todo es el hombre. Así que deciden exterminarlo. Lo que se anunciaba como una era de prosperidad jamás soñada deviene de esta forma el fin de los tiempos. Para los humanos, se entiende. Estos malditos robots se pasan por el forro las leyes de Asimov.

    Pues bien, imagino que asisto a una obra de teatro tal como ésta. Y no paso de imaginarlo, porque dudo que alguna vez en mi vida pueda contarme entre el público, sentado en la oscuridad de un teatro, contemplando y disfrutando como un loco de RUR (Robots Universales Rossum), la obra que el checo Karel Čapek escribió en el año 1920, R.U.R. (Rossumovi Univerzální Roboti). Y digo que no asistiré nunca porque me temo que jamás tendré la oportunidad. Al menos en mi país. Porque aquí es una obra más bien ignorada, nombrada tan sólo de vez en cuando para contar eso de que en ella fue la primera vez en que apareció la palabra robot (el mismo Karel explicaría que el término nació por sugerencia de su hermano Josef), pero que desde luego carece de la relevancia que sí posee en otros lugares, en especial en el mundo anglosajón, en el cual no sólo tiene un lugar entre esas obras pioneras que todos citan sino que realmente se lee y se admira. Por poner un ejemplo más o menos reciente y por no perdernos en citas y búsquedas agotadoras, nombraré la serie de televisión Dollhouse (2008-2009), que en dos temporadas nos llevó por unos derroteros no muy diferentes, en líneas generales, a lo que nos contaba hace 100 años nuestro buen Čapek. Los paralelismos con la serie creada por Joss Whedon son numerosos: también en ella contamos con una especie de androides (porque, vale, no son tales, pero como si lo fueran) con las mentes en blanco, los cuales carecen de sentimientos y emociones y cuya función es hacernos más fácil la vida cotidiana (aunque en la serie de Whedon se tratan conceptos que en RUR se quedan, en parte, fuera), sumado esto a que, como en la obra de nuestro admirado autor checo, la compañía dueña de las casas de muñecas y creadores de todo el sistema de borrado y reescritura de mentes se llama… Sí, Rossum.

    En RUR, además de androides que acaban con la humanidad toda, encontramos los delirios divinos, más o menos contenidos por el deseo de hacer el bien a la humanidad, de su director general Harry Domin, unos pensamientos que lo emparentan, indefectiblemente, con ese otro gran conocido nuestro (si no lo es vuestro, ya estáis corriendo a conocerlo) que es el doctor Víctor Frankenstein. Tal es así que el bueno de Domin, actuando como el mismo Dios, cuando percibe los primeros atisbos de rebelión en sus creaciones semihumanas decide confundirlos con la idea de que los robots universales se conviertan en nacionales, en robots que dejarían de hablar una lengua universal para comenzar a hacerlo en lenguas distintas, evitando así la posibilidad de que se asocien entre ellos. Como el presunto creador de todas las cosas hiciera en la bien conocida Torre de Babel, sobre la cual, ante el orgullo del hombre de pretender igualarlo, lanzó la maldición de las lenguas para separarlo por siempre. Una burla suprema de todos los nacionalismos. Creo que nadie se sorprenderá a estas alturas si afirmo el gran placer que me ha proporcionado la lectura de esta obra de Čapek, donde además de hacer pensar al lector lo mantiene en todo momento con la sonrisa en los labios, porque, de regalo, es francamente divertida, con una ironía asombrosa fruto de una inteligencia sin duda alguna superior. Esto no es una sorpresa si antes se ha leído esa pieza maestra absoluta que es La guerra de las salamandras (Válka s mloky, 1936), quizá la cumbre literaria de su autor, una novela que está incluida, y con razón, en cualquier lista de clásicos del género. Y en las que no son del género, debería estarlo.

    La fábrica de Absoluto (Továrna na Absolutno, 1922) es la otra obra del gran Čapek aquí incluida. Novela publicada por entregas (todos los lunes en un periódico checo, durante 30 semanas, 30 capítulos), folletín puro y desmadrado, el mismo autor en el prólogo a la segunda edición en 1926 se disculparía por sus posibles faltas (al editarse en libro, al parecer recibió críticas sobre si aquello era en verdad una novela) dejando bien claro que él había escrito un folletín, nada más (¡y nada menos, como se dice!), con un sentido del humor de una brillantez desarmante. Pero no sólo lo haría en el prólogo: en el capítulo XIII el autor se dirige al lector nombrándose a sí mismo como “el cronista” de la historia disculpándose de los errores narrativos y de su abandono, a partir de ese momento, de los personajes por un tratamiento más global de la trama. Trama que no es sino otra delirante puesta en escena de la estupidez humana. Una gran compañía (si en RUR era la que daba nombre a la obra, aquí se trata de las industrias Someta, Sociedad Metalúrgica) decide comercializar un carburador capaz de aprovechar al máximo la materia extrayendo de ella una cantidad ingente de energía. Así, un solo pedazo de carbón sería suficiente para mantener en funcionamiento una fábrica durante varios días. Pero en el proceso de la extinción total de dicha materia, al desaparecer ésta, hay algo que queda sin recipiente y es liberado: la esencia de la misma, el Absoluto, que no es sino esencia divina pues dios está en todas las cosas. Los problemas llegan cuando esta esencia contagia a toda la población, los milagros se obran como si no fueran tales y todo el mundo sufre ataques de “divinidad” convirtiéndose a la primera religión que se les pasa por la cabeza. Claro, hay un dios, pero no se sabe qué dios, así que cada uno lo barre para su casa.

    Haciendo gala triunfal de su maravilloso ingenio humorístico, Čapek llega a mostrarnos a la Iglesia rechazando el Absoluto pues no se aviene este dios a sus dogmas, o a los comunistas ateos afectados de un repentino “bolchevismo místico” pues hay que creer a ciegas en un dios que se ha encarnado en las fábricas. Un desbarajuste que Čapek encadena con unas formas que nacen de una mente privilegiada y visionaria (no es exagerada la afirmación común de que aquí está presagiando la Segunda Guerra Mundial). Todo estalla en una absurda guerra de religiones narrada de forma vivaz y vitriólica, exultante de ideas y descacharrante en su dibujo del carácter humano. Porque si bien Čapek tiene una fe demoledora en el hombre, en lo que éste en potencia puede llegar a hacer de bueno, no la tiene tanto en lo que éste cree. Y menos aún en lo que hace. Ahí estaba, reciente, el horror de la Primera Guerra Mundial, y al final de su vida el horror nazi. Como se nos cuenta en el prólogo, la Gestapo lo llegó a considerar el enemigo público número 2. Su hermano Josef, con el que coescribió numerosas obras, moriría en un campo de exterminio. Triste que la inteligencia tenga siempre el mismo fin: el silencio.

    José Luis Forte
    Redacción Cáceres


    RUR & La fábrica de Absoluto, de Karel Čapek
    RUR (Robots Universales Rossum) / La fábrica de Absoluto
    de Karel Čapek (1920 / 1922)
    título original | R.U.R. (Rossumovi Univerzální Roboti) / Továrna na Absolutno
    prólogo | Ricard Vela
    traducción | Consuelo Vázquez de Parga / anónima, revisada por Carlos Torres Moll
    editorial | Minotauro
    nº de páginas | 270
    colección | Utopías
    ISBN | 84-450-7475-X
    ★★★★★
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