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    El francotirador

    Teóricamente matar es muy sencillo. No se necesitan grandes aptitudes, ni un gran intelecto, ni siquiera razones. Es barato. Es irreversible. Tenlo en cuenta. Debe ser silencioso. Mírate: tu cuerpo mismo puede servir de bate de béisbol y tus brazos de soga. Uno puede convertirse en asesino no ya de la noche a la mañana, como quien decide dejar el tabaco, sino en cuestión de segundos. Es rápido o es torpe, apunte, según la pericia y el tiempo de que disponga el verdugo, y si éste ha quedado o no después con algún amigo para ir al cine. El asesinato no comprende de clases, une a la baja y en modo alguno discrimina colores. Todos los asesinos en serie son daltónicos. A veces, no obstante, logran discernir entre víctimas y hasta se arrepienten de la praxis empleada con tal o cual hijo de Dios. Los hay chapuceros, de navaja pasional y llanto fácil; y los hay también que escuchan ópera mientras filetean el fiambre. Ay qué rico, Puccini. Y mastican quince veces —ni una más ni una menos— el primer bocado aún crudo, rojizo como los mofletes de Heidi. A estas alturas ya te habrás dado cuenta de que tu vecino es uno de ellos, y si no, poco le falta; pues aun creyendo él que Puccini es el título de una canción de Raffaella Carrà, no desprecia nunca la fanfarria sintética ni el distinguible swing de Luis Miguel. Que es otra forma de homicidio sin atenuante. Cualquiera, en fin, puede linchar o resultar muerto casi de improviso. Es barato y tiene difícil reescritura. Sólo hay que saber cabalgar a la Bestia, o más bien dejarse llevar por ella. Y si no me crees, fíjate en el conductor del Audi de Relatos salvajes, que tras desquitarse con un siempre efectivo "¡La concha de tu madre!" acompañado de una peineta ondeando a 120 kilómetros por hora, pincha neumático y se ve literalmente con la mierda y los pises en el parabrisas de su auto clase A. Y si todavía no me crees, si no concibes cómo la aparente normalidad puede encubrir tragedias mayores, recupera al impoluto e introvertido sastre de Caníbal, por citar un ejemplo reciente. Hay muchas formas, distintas estrategias a seguir, diferentes víctimas y también un amplio catálogo de verdugos con denominación de origen. No daré más detalles, no soy psiquiatra forense. Y, al fin y al cabo, nunca me he atrevido a matar a nadie. Quién soy yo para colgar etiquetas.

    El progreso de una sociedad democrática al parecer se mide por su capacidad para distinguir clases de violencia: de primera y de segunda; institucional e individual (del individuo); legal o ilegal. Con traje o pantalón bombacho. Con drones o AK-47, sobrevolando el horror o adentrándose en él a golpe de puñal. Asistimos estos días a la creciente expansión del IS, o Estado Islámico, al tiempo que Clint Eastwood estrena su última película, El francotirador, que cuenta la historia del ya legendario sniper Chris Kyle, texano de cuna convertido a SEAL en la guerra de Irak, geografía de vida y muerte desde tiempos cada vez más remotos. Allí llegó Kyle y, sobre una losa agrietada, armó su fusil y batió un récord, quizá el peor de todos los imaginados: el de número de víctimas (más de 160) para mayor gloria de su letal gatillo. "Cuando llega el momento", viene a decir el soldado, "no dudo". "Es mi trabajo, mi obligación: proteger a mis compañeros, a mi país; que es el mejor país que existe". El rubicundo cowboy fue educado a la manera en que se hacen los buenos americanos de ruedo, cerveza y misa dominical. Su padre le inculcó los modales de un tío hecho y derecho, con sentido de la justicia y una moral a prueba de obús. Sin maltrato físico, demostrándole a su hermano pequeño y a él quién mandaba ahí. Sus valores, claro está. Y el Altísimo, que dicen tiene barba y vigila siempre atento, como un Big Brother en plano picado.

    Bradley Cooper y Clint Eastwood en el rodaje de El francotirador

    Decía William Munny (de Misuri) que "matar a un hombre es algo despreciable". "Le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría llegar a tener". Viendo El francotirador uno entiende al instante que, efectivamente, Kyle está en las antípodas de la filosofía crepuscular que preconizaba el viejo Bill, hasta hace no mucho un hijo de puta beodo con el pulgar adherido incesantemente al percutor del revólver o del rifle Winchester, y ahora un padre de familia viudo que se dedica a criar cerdos mientras el sol araña su nuca curtida por los rayos. Chris Kyle, o mejor dicho su encarnación cinematográfica, se muestra refractario a cualquier duda no tanto extemporánea sino más bien terrenal, reconocible. Se comporta como un ciborg con el software en piloto automático. Habla del Señor y se liga a una mujer muy atractiva que conoce de permiso en un bar y a continuación él gana un oso de peluche en una tómbola de tiro al blanco, o al palillo (nunca se sabrá), y el peluche es gigante y la chica en un primer momento no se fía de ese hombretón con los pectorales henchidos o hinchados quizá con bomba de aire, igual que una bicicleta customizada por el Tío Sam, porque su bagaje sentimental es desastroso, una derrota se yuxtapone a la siguiente, y el mejor día es siempre el de regreso, cuando Kyle aplaza su litigio contra el Mal y vuelve junto a ella. Es notorio que Eastwood ha querido ver un héroe donde sólo había un peón más, acaso un chovinista sin cara B ni ambages con el que identificarnos —aunque sólo sea mínimamente— nosotros, espectadores a la espera del boogeyman o el Coco que aterrice, escrute en derredor y pregunte con frialdad por el dueño de aquella pocilga iraquí.

    Los auténticos snipers le echan en cara a Eastwood ciertos detalles que podrían ir en detrimento de la verosimilitud: el campo de visión a través de la mirilla en realidad no es tan amplio como el que se muestra en el filme, lo cual por supuesto dificulta aún más su tarea en combate; si bien, además, el tirador trabaja en permanente simbiosis con un observador. En la gran pantalla, Bradley Cooper envía finiquitos al tiempo que su apoyo no mueve un triste músculo, cuando no directamente se esconde tras el murete de la azotea: le falta sacar el móvil y echarse una partida al Candy Crush. Y es que los snipers de élite, cuenta Gonzalo Suárez en su fantástica crónica Francotiradores españoles, "deben ser capaces de correr siete kilómetros en 52 minutos cargados con su equipo, que incluye fusiles de entre siete y once kilos. (...) Los tiradores están entrenados para detectar líneas rectas, colores extraños, reflejos inusuales en la naturaleza... Y así, como de la nada, logran señalar entre la maleza un guante, un mortero, un casco de tiro, una pieza de artillería... (...) Los diez tiradores de la Compañía de Reconocimiento Avanzado de la Brigada Paracaidista pueden saltar desde 10.000 metros con su equipo, que pesa más de 100 kilos".

    American Sniper

    De este modo uno se acostumbra a vivir en el infierno, e incluso a justificar su existencia. Teóricamente Chris Kyle es un asesino. Prácticamente, a ojos del otrora gran director, un héroe al que evocar cuando el IS dispare con una nueva carnicería en HD. Sin duda a matar se aprende rápido y no requiere titulación. Los hay que huyen y, con la necesidad de repetir y repetir, acaban labrándose un rincón sanguinario en la Wikipedia. Los hay que se profesionalizan tan sólo por llenar la nevera (o una cuenta en Suiza), como un funcionario público, y no serán recordados ni por su perro. Los hay que arramplan con todo, tanto da una niño paquistaní o tres mil personas, a golpe de avión, en la Torre de Babel del siglo XX. Asesinar en caliente une a la baja y en frío une menos porque te dicen calculador. Y ya ustedes saben que el calcular es cosa de hombres inteligentes y de, por así decirlo, terroristas con espíritu hacendoso. Aunque disparar, lo que se dice disparar, ya lo hicieron en distinta forma dos norteamericanos amantes del afrodisíaco clic del percutor: Ernest Hemingway y William Burroughs. Este primero por cojones, que es sinónimo de bravura, y el otro debido a su alienación, con tan mala puntería que mató a su mujer, Joan Vollmer, mientras emulaban a Guillermo Tell. A quién se le ocurre darle una pistola a un fanático animal.


    Juan José Ontiveros
    Redacción Madrid
    El fulgor efímero

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