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    Crítica en serie | El fin de la comedia (Temporada 1)

    El fin de la comedia

    Vida de un cómico

    crítica a El fin de la comedia (2014-).

    Comedy Central | 1ª temporada: 6 capítulos | España, 2014. Creadores: Miguel Esteban & Ignatius Farray & Raúl Navarro. Directores: Miguel Esteban & Raúl Navarro. Guionistas: Miguel Esteban & Ignatius Farray & Raúl Navarro. Reparto: Ignatius Farray, Iggy Rubín, Javier Botet, Javier Cansado, Saida Benzal, Julián Génisson, Eva Llorach, Rocío León. Fotografía: Jon D. Domínguez. Música: Luismi Pérez.

    Con cada nuevo envite que los canales más pequeños hacen, queda claro que se pueden hacer grandes cosas en el terreno de la ficción española si uno no trata de preocuparse tanto por complacer a las audiencias. Desde La hora Chanante (2002-2006), Muchachada Nui (2007-2010), Ciudad K (2010), Museo Coconut (2010-2014), Qué fue de Jorge Sanz (2010), Crematorio (2011), hasta llegar a esta El fin de la comedia y la inminente Retorno a Lilifor (2015), que fue rodada en 2012. Solo Paramount Comedy, La 2 o Canal + parecen ser capaces de financiar cosas así. El problema es que fuera de la tropa de cómicos de Joaquín Reyes y compañía, no parece que estas series puedan tener una oportunidad más allá de la orden inicial de episodios. La excepción sería Crematorio, que es una miniserie, y si acaso Qué fue de Jorge Sanz, ya que David Trueba ha anunciado la intención de retomar la serie para un capítulo especial en 2015, y seguir esa tendencia cada cinco años. En una entrevista a los creadores de esta magnífica El fin de la comedia, se aseguraba que la posibilidad de una segunda temporada existe, al menos por su parte. Ahora queda medir la recepción de esta inusual producto, de seis entregas de 25 minutos de duración de media, y que se estrenó al completo el pasado 7 de noviembre en Paramount Channel y está disponible en plataformas VOD. Una apuesta acorde con los tiempos actuales, donde es más fácil que un vídeo de Youtube se extienda que en la emisión por televisión. Es una serie divertidísima, original dentro de sus evidentes influencias y recorrida de una sana corriente de incorrección política, que contagia cada idea aquí mostrada.

    Su gran cruz, tan grande que lastra cada segundo de metraje, es esa influencia tan evidente de la que hablamos. Aunque no se puede negar el tono personal de las peripecias de Ignatius Farray/Nacho Delgado, también vividas por sus co-creadores Miguel Esteban y Raúl Navarro, toda la serie bebe y debe tanto a esa obra maestra catódica que es Louie (2010-), que cuesta mucho centrarse en el preciso engranaje de cada episodio, porque opera en la serie una estrategia que a veces se diría que hasta contagia la interpretación del propio Farray, de destacable honestidad. Quizá se vea amplificado por la similtud entre ambos hombres –cómicos, en la cuarentena, divorciados, padres de niña(s), físico peculiar–, pero el peso de la influencia, que además es confesa por parte de Farray, afecta al producto final. Quitando eso, estamos ante una serie de alta calidad y ánimo de diferenciarse del grueso de la ficción española, al menos en el hecho de que está rodada con algo de personalidad por los co-creadores Esteban y Navarro. Hay toda una ola de directores españoles jóvenes que, aunque sea por haber visto mucho cine y televisión norteamericana, son capaces de rodar con estilo, de usar el montaje y los planos para añadir más sentido a la historia. Mucha de la televisión que se hace en España está rodada para servir al actor, y poco más. El fin de la comedia aprovecha su presupuesto de la mejor forma posible, y así hace feliz a un espectador que recibe lo visto con la mayor de las alegrías.

    El fin de la comedia

    Estos seis capítulos se rigen tanto por una trama continuada (los procedimientos legales de Nacho para conseguir la custodia compartida de su hija) como porque cada nueva entrega tenga historias más o menos autoconclusivas. Son relatos de todo tipo, siempre con un bienvenido barniz de absurdo (Benarrubia como pueblo de gente con parches) y hasta capaces de conjurar una mágica épica del desconcierto, como toda la intervención del técnico de internet, al que da vida un inspirado Víctor Clavijo, en Pepinillos agridulces (1.5). Anécdotas plenamente identificables se mezclan con momentos que rozan el surrealismo, amén de las intervenciones de Ignatius –entendido como la persona pública de Nacho– como monologuista, descubrimiento para los que desconocen su trabajo en ese ámbito y buena medida de las intenciones de los creadores. Ambas personas son examinadas en la serie, cuyo título puede analizarse con esto en mente: ¿es el fin de la comedia literalmente, porque Ignatius baja del escenario y comienza una existencia más bien triste? ¿O tiene un alcance más profundo? Quizá hasta sea ambas cosas.

    El fin de la comedia cartel

    Lo importante es que la serie hace reír, pero con la capacidad de no servir sus ocurrencias tanto en forma de chistes, sino creando situaciones donde el humor surja por el desarrollo de la misma. Existe una evidente voluntad de sorprender al espectador, de que no pueda saber cómo se va a desplegar la historia que está viendo, tenga ésta mayor (la visita de Juanra Bonet y las chicas al piso) o menor (el atracto sin navaja) duración. Cada una de las franjas temporales de los capítulos, que están divididos siempre en los días que transcurre entre comienzo y fin del metraje, viene con una de esas situaciones ya nombradas, en un alarde sostenido de ingenio de lo más loable. Y aunque las tesituras son la fuente de mayores risas, Farray & Esteban & Navarro refuerzan la apuesta con la presencia de un estupendo desfiles de intérpretes y cómicos de profesión, ya sea haciendo de sí mismos (Javier Cansado, Willy Toledo, Julián Génisson) como interpretando a personajes en la vida diaria del protagonista (Eva Llorach como su abogada, Rocío León como su ex-mujer, el ya nombrado Clavijo).

    Con momentos álgidos como la narración de Javier Botet sobre su tenia intestinal, la charla entre Farray e Iggy Rubín ante una pieza de arte callejera o la lluvia de idea publicitarias en torno al mojo picón, la temporada se las ingenia para no aburrir nunca, contrastando a veces lo ridículo de los contratos sociales con el no querer ofender a nadie, ofendiendo por ello a muchos por el camino. Al final lo que queda es un honesto y generoso despliegue de anécdotas de unos guionistas con ganas de conformar un Todo trascendente, reflexionando sobre el ser humano que existe detrás de cada una de las fachadas que creamos. Incluso si hacemos el grito sordo o chupamos pezones en público. El último momento de la temporada, esperemos que no de la serie, confirma esto con rotundidad. | |


    Adrián González Viña
    Redacción Sevilla
    El fulgor efímero

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