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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Omaha

    || Críticas | ★★★★★
    Omaha
    Cole Webley
    Cuando todo está perdido


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2025. Título original: Omaha. Dirección: Cole Webley. Guion: Robert Machoian. Producción: Preston Lee, John Foss, Andrew Scott James. Productoras: Sanctuary Content, Kaleidoscope Pictures, Monarch Content. Fotografía: Paul Meyers. Música: Christopher Bear. Montaje: Jai Shukla. Reparto: John Magaro, Molly Belle Wright, Wyatt Solis, Talia Balsam, Rachel Alig, Janelle Fore.

    Escondida, silenciosa, casi de tapadillo, llega a las pantallas de cine españolas Omaha, una pequeña muestra del mejor cine independiente norteamericano, que gustó muchísimo en su paso por el Festival de Sundance de 2025, donde tuvo su estreno mundial, antes de comenzar su peregrinaje por citas festivaleras tan variadas como Gijón, Deauville o Dallas, despertando, siempre, excelentes comentarios. No solo de La Odisea (Christopher Nolan, 2026) o Posesión infernal: En llamas (Sébastien Vanicek, 2026) vive la taquilla, por lo que la existencia de un título tan humilde como nos ocupa, con sus enormes valores cinematográficos, merece ser reivindicada y defendida, especialmente, por todos aquellos que siguen pensando que el cine, además de para entretener, también puede servir para concienciar, hacer reflexionar y, sobre todo, emocionar. Omaha hace todo esto y sus méritos son mayores, si cabe, si tenemos en cuenta que se trata de la ópera prima de su joven director, Cole Webley, forjado en el campo de los videoclips y con algunos cortometrajes a sus espaldas. Lo primero que hay que destacar es que esta no es la típica muestra de cine "indie" de postureo. Aquí no hay ninguna gran estrella del celuloide que haya decidido rebajarse el caché para conseguir un papel tridimensional que le pueda dar un Oscar, ni una historia que busque, a toda costa, buscar la lágrima fácil del espectador, a base de efectismos baratos. En su lugar, sí hay un actor adulto portentoso, John Magaro –el recordado tercer vértice del triángulo amoroso que completaban Greta Lee y Teo Yoo en la maravillosa Vidas pasadas (Celine Song, 2023)–, acompañado de dos niños sorprendentemente naturales, Molly Belle Wright y Wyatt Solis, y una historia triste, muy triste, que no necesita de musiquitas melodramáticas para empujar a que nuestros ojos se humedezcan, porque lo que se cuenta ya es, de por sí, suficientemente demoledor. De hecho, el relato nos traslada a uno de los años más terribles, a nivel económico, que el mundo recuerda, ese 2008 en el que una gran recesión global (la mayor desde 1929) provocó que millones de personas perdieran sus empleos y se vieran abocadas a situaciones absolutamente precarias.

    La película de Webley comienza, de manera abrupta, con un padre que, a primera hora de la mañana, despierta a sus pequeños hijos, Ella (de nueve años) y Charlie (de seis), diciéndoles que lleven consigo lo indispensable que no querrían dejar atrás en caso de que se produjera un incendio, antes de meterlos en su coche y emprender un viaje por carretera cuyo destino final aún está por descubrir. Unas primeras imágenes angustiosas, donde vemos como una agente de policía se asegura de que la familia ya ha abandonado el hogar, antes de colgar en la puerta una nota de desahucio, y cómo el vehículo, claramente en las últimas, se niega a arrancar, viéndose obligados, padre e hija a empujarlo hasta que el motor, a duras penas, consigue ponerse en marcha. En pocos minutos, el director ha sabido presentar, de manera muy contundente, el drama que arrastra la familia protagonista, y lo hace sin dar más explicaciones de las necesarias, confiando en el ojo deductor del espectador. Por las conversaciones de los niños sabemos que la madre falleció víctima de una cruel enfermedad y por las facturas médicas que abarrotan la guantera del coche (y el hecho de que se acabaran de quedar sin un techo bajo el que vivir), intuimos que estas personas pertenecen a aquellos millones de víctimas que se cobró la crisis de 2008. Lo que viene después no es algo especialmente novedoso dentro del cine norteamericano, una "road movie" donde el viaje físico, con esas inmensas carreteras, a través de los áridos paisajes del Oeste americano, con sus obligatorias paradas en bares, supermercados o moteles de mala muerte, va irremediablemente unido al viaje emocional de sus personajes, donde estos se autodescubren, aprenden y terminan el recorrido mucho más maduros (para bien y para mal) que cuando subieron al coche. Resulta descorazonador ver cómo ese padre destrozado, absolutamente superado por las circunstancias, realiza esfuerzos sobrehumanos por tratar de que sus hijos se mantengan al margen de lo que está sucediendo. Lo triste es que, mientras Charlie no deja de jugar y hacer el payaso, como cualquier niño despreocupado de su edad, Ella sí parece percatarse de que las cosas no están bien, por lo que trata de apoyar a su padre, ejerciendo de hermana mayor responsable con su hermanito. Esta pérdida de la inocencia de la niña queda reflejada de forma descarnada, afrontando realidades tan duras como la pérdida de seres queridos o la pobreza a tan temprana edad. Lo que hace John Magaro en este papel de padre desesperado es para quitarse el sombrero y está muy por encima de cualquier premio o nominación que su entregadísima interpretación le pueda brindar. Se trata de un trabajo introspectivo, con escasos diálogos, apoyado en la inmensa tristeza que refleja su mirada, que logra que el espectador empatice con él y su tragedia, incluso en las decisiones más dolorosas (y cuestionables) que se ve obligado a tomar.

    A su lado, los niños son un contrapunto perfecto, pero es la niña Molly Belle Wright quien se roba el corazón de todos con su mezcla de ternura e incipiente madurez. La química entre los tres actores es total y eso es clave para que la historia funcione con el realismo que lo hace. Todo en esta breve cinta se siente auténtico, desde los juegos y demás muestras de complicidad entre los hermanos, a sus interacciones con el padre, basadas en el cariño y el respeto que se procesan. Como en todo viaje, hay espacio para momentos de aparente armonía –los niños volando una cometa en mitad del desierto, la visita a un zoológico de Omaha– y otros más dramáticos –los amantes de los animales lo pasarán especialmente mal–, pero lo verdaderamente fuerte de la historia está relacionado con el destino final al que lleva el viaje, Nebraska, donde se había aprobado una ley a la que se acogerían miles de personas abandonadas a su suerte, en situación de extrema precariedad económica, después de que las instituciones les dieran la espalda. Omaha es una película pequeña en presupuesto y dimensiones, pero gigante en calado dramático y emocional, ya que se mete en el corazón y en la cabeza del espectador y sigue ahí muchos días después de su visionado. No es una experiencia fácil, como tampoco lo fuera aquella otra genialidad que fue Aftersun (Charlotte Wells, 2022), con la que el debut de Webley comparte ese tono pausado y contemplativo, más basado en los silencios que en las palabras, y con el filtro puesto en la mirada de una niña protagonista, testigo confundida de la espiral de depresión y debacle personal en la que se sume su progenitor. Como aquella, Omaha deja un poso profundamente triste tras su visionado, pero es un peaje que merece la pena pagar cuando se ha vivido (esta no es una película de lo más inmersiva, que no solo se ve, sino que se vive) una historia tan humana como dura, que habla de temas tan universales como el duelo, la resiliencia o la importancia de la unidad familiar ante la adversidad, magníficamente interpretada y dirigida con sorprendente aplomo por un joven director que podría tomarle pronto el relevo a Sean Baker en esto de retratar a las criaturas más desfavorecidas de Estados Unidos, aquellas que no tienen cabida en el sueño americano. Su carta de presentación es una pequeña obra maestra. ♦


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