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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | El último vikingo

    || Críticas | ★★☆☆☆ ½
    El último vikingo
    Anders Thomas Jensen
    Esse est percip


    Mario Peña
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Dinamarca, Suecia, 2025. Título original: «Den sidste viking» (The Last Viking). Dirección: Anders Thomas Jensen. Guion: Anders Thomas Jensen. Compañías: Zentropa Productions, Film i Väst, Zentropa Sweden. Festival de presentación: Festival de Venecia 2025 (Fuera de concurso); Festival de Sevilla 2025 (Película de inauguración). Distribución en España: Avalon. Fotografía: Sebastian Blenkov. Montaje: Anders Albjerg Kristiansen, Nicolaj Monberg. Música: Jeppe Kaas. Reparto: Mads Mikkelsen, Nikolaj Lie Kaas, Sofie Gråbøl, Søren Malling, Bodil Jørgensen, Lars Brygmann, Nicolas Bro. Duración: 116 minutos.

    Un hombre, unos mimos y una pista de tenis fue lo que necesitó Michelangelo Antonioni para confeccionar uno de los cuestionamientos metafísicos más agudos, penetrantes e inolvidables de la historia del cine. Frente a la secuencia final de Blow-Up (1966), el público intergeneracional no pudo sino quedar totalmente arrebatado ante la disquisición fílmico-filosófica que el italiano transcribió en el subtexto de la tan recordada partida de tenis. Cuando los mimos comienzan a imitar los movimientos de los tenistas y David Hemmings observa atónito, el espectador está relacionándose con la realidad fílmica desde el punto de vista de este, quien es un puro observador del artificio que está siendo representado. La disrupción formal, y por consiguiente, ética, aparece cuando la cámara comienza a seguir la pelota con rápidos y vacilantes paneos horizontales, como si esta hubiera sido sorprendida por la irrupción física de la bola que anteriormente solo era imaginada, al igual que el asesinato que el joven fotógrafo cree ver en la sala de revelado. Y es que, con un simple movimiento de cámara, Antonioni expresa la infiltración de la duda fenomenológica en el propio medio, en la propia estructura lingüístico-dialéctica de la cinta.

    Y es que, tal como dijera Martin Heidegger en su conferencia El final de la filosofía y la tarea del pensar: “Lo distintivo del pensar metafísico —que busca el fundamento del ente— es que, partiendo de lo presente, lo representa en su presencialidad y lo muestra, desde su fundamento, como fundado.” El último vikingo (Den sidste viking, 2025) no podría tener un planteamiento más cercano a este aforismo de Heidegger, aunque tampoco más rocambolesco: mientras que Anker, el mayor de dos hermanos, sale de prisión quince años después de un atraco frustrado habiendo asesinado a un hombre, el menor de estos, Manfred, ha desarrollado trastorno de identidad disociativo debido a traumas infantiles y cree ser John Lennon. Para recuperar el botín del golpe que Anker confió a Manfred, este tendrá que intentar de todas las maneras que su hermano menor vuelva a su verdadera identidad para que recuerde dónde escondió más de cinco millones de euros, y lo hará reuniendo a otros enfermos de TID que, en sus múltiples personalidades, contengan las de los miembros de los Beatles restantes y (re)crear la legendaria banda.

    Los dos ejes narrativos sobre los que se compone la trama, el del golpe frustrado, que sigue a rajatabla los mecanismos dramáticos de los thrillers americanos institucionales, y el del hermano con TID, una sátira negra, se revelan a pocos minutos de metraje como esencialmente inmiscibles debido a las naturalezas heterogéneas de estos, donde la solemnidad de una y el disparate de la otra no conjugan debido a la disparidad tonal que Anders Thomas Jensen imprime en sus imágenes. Dos películas en un solo metraje, unidas muy vagamente —y totalmente incoherentes dramáticamente— por el perdido botín, es la percepción general que crea la vacilación del cineasta danés en decidir un supratono que cohesione la obra, absorba los cambios tonales y sugestione la emocionalidad espectatorial. Recordemos, sin ir más lejos, cintas como Fargo (1996), de los hermanos Coen, y Antes que el diablo sepa que has muerto (2007), de Sidney Lumet. El planteamiento es en esencia el mismo: un atraco perfecto a un familiar que, inevitablemente, se ve frustrado y las consecuencias que este trae. Mientras los Coen imprimían un halo caricaturesco a sus imágenes y personajes que se mantenía hasta aquel recordado último diálogo en la cama de matrimonio, Lumet se decantaba por un fatalismo que guiaba todas sus directrices escenográficas. Resulta ser que, desde el mismo punto de partida, los tan diametralmente opuestos realizadores crearon dos excelentes películas guiados por la convicción en un único registro tonal, sin tener que ser per se el óptimo. Sumado esto a las arbitrariedades dramatúrgicas clásicas del género, mecanismos emocionales vagos y unos personajes más cercanos a adjetivos que a humanos, Jensen desarrollan un trabajo de formas conscientemente inconcretas y deslavazadas que sumergen una ética fascinante que asoma tímidamente en algún breve momento de la cinta.

    Esa ética que, de haber sido explotada, hubiera hecho de El último vikingo una propuesta sustancialmente más elevada no es otra que el concepto de inmaterialismo de Georges Berkeley, que formuló en Tratado sobre los principios del conocimiento humano (1710), donde planteaba que la materia no existe más que cuando es percibida, y que, en esencia, existir es ser percibido —Esse est percipi—. En la propia terminología del autor, son fenómenos de conciencia los que dotan de esencia a esa materia y, por consecuencia, son estos fenómenos los que otorgarán identidad a Manfred -quien forzará a cambiar la realidad circundante antes de turbar su propia mirada- y, por extensión, a la especie humana, pues, como dijera Caye en aquel mítico diálogo de Princesas (2005): “Existimos porque alguien piensa en nosotros y no al revés.” ♦


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