Francia, 2025. Título original: «Dalloway». Dirección y guion: Yann Gozlan, Nicolas Bouvet-Levrard. Compañías: Chapter 2, Gaumont, TF1 Films Production, LGM Cinéma. Festival de presentación: Festival de Cannes (Proyecciones Especiales). Distribución en España: Vercine. Fotografía: Pierre Aïm. Montaje: Valentin Féron. Música: Robin Coudert “Rob”. Reparto: Cécile de France, Lars Mikkelsen, Anna Mouglalis. Duración: 110 minutos.
En los intersticios que separan la propuesta autoral y la artesanía de amplio espectro se sitúa la filmografía de Yann Gozlan, uno de esos cineastas que dan lustre al cine comercial francés que termina en las carteleras europeas impulsado por sus excelentes datos en el box office galo. El cine de Gozlan abraza sin complejos las hechuras de la ficción de sobremesa; también su narrativa, que suele abordar temáticas socio-políticas desde los múltiples envoltorios del thriller. Filmes como El hombre perfecto (Un homme ideal, 2015), Burn out (íd, 2017) o Black box (Boîte noire, 2021) son canónicas muestras de cine de género, siempre apoyadas en la solvencia y el carisma de actores de primera línea. Son trabajos que no dejan de mirar a otro tiempo; es por ello que se entienden como homenajes a los clásicos. En ese sentido, para Gozlan el espejo, salvando las enormes distancias, es Alfred Hitchcock, anteponiendo el diseño de atmósferas a la consistencia del relato. Una visión muy primitiva del thriller no por ello menos efectiva. Es un cine dominado por la puesta en escena y por la construcción de un ambiente tan opresivos para sus protagonistas como para sus espectadores.
Un planteamiento que continúa en su sexto largometraje, La residencia (Dalloway, 2025), ya anticipamos, el más arriesgado y también el más depurado y sintético de su carrera. Un filme que parte, por un lado, de un contexto periférico reconocible: un París temporalizado en un futuro próximo, asolado por un verano implacable de altísimas temperaturas y la enésima pandemia que enclaustra a sus habitantes durante grandes períodos de tiempo. Pero, por otro, todo su corpus narrativo se desarrolla en el interior de un edificio. Una suerte de colmena vertical, de balneario creativo, habitada por artistas en formación o autores veteranos venidos a menos que han perdido la motivación; ambos a través de las sinergias digitales buscarán encontrar el camino a la inspiración. Porque, en efecto, la Fundación Ludovico, reflejo de su tiempo, se sostiene sobre las capacidades de una inteligencia artificial que articula la cotidianidad de la sociedad de la contemporaneidad representada por el guion firmado por Nicolas Bouvet-Levrard y el propio Gozlan. En ese edificio, paradigma en su fachada de la Agenda 2023 y en su interior de la política tecnológica que impulsan los autócratas de la actualidad, reside Clarissa (Cécile de France), una autora de best-sellers juveniles que, tras un período de luto, decide retomar su carrera literaria aspirando a un prestigio que siempre fue una cuenta pendiente. Para ello contará con el soporte de un asistente artificial, el Dalloway del título original, que no solo ofrecerá los servicios básicos de hospedaje y confort, sino que también buscará encontrar la raíz de la creatividad por entonces perdida. Una creatividad solo permeable desde el dolor.
Gozlan se aproxima al uso de herramientas artificiales en clave de género pero también desde un punto de visto lúdico, incluso jocoso. Un buen ejemplo lo encontramos en una de las escenas iniciales, en la que Clarisse, en una exposición pictórica, se encuentra a Matthias (Lars Mikkelsen), un compositor musical que pronto se revelará como figura antagonista del sistema, y ambos cuestionan los límites de la creatividad, en puridad, qué es arte y qué no. Una cuestión que siempre anida en el subtexto de un filme que, como decíamos, asume con soltura todos los tropos del género hasta que, por acumulación, acabando mutando en una cinta de terror claustrofóbico. Con ello, resulta impecable la puesta en escena de Gozlan en la que cada vano, cada pasillo, se erige en un espacio lleno de incertidumbre. Una atmósfera que incluso se traslada a los breves intervalos en otras localizaciones. Desde esta estructura genérica Gozlan huye de cualquier tipo de debate, asumiendo de antemano la derrota del arte ante el empuje tecnológico. En este clima de subversión emerge la mirada de una actriz colosal como Cécile de France, una de las grandes intérpretes europeas de todos los tiempos, que hace creíble lo increíble. El cineasta francés le concede todo el escenario visual y el filme se eleva por encima de la media. No hay que pedirle mucho más a un largometraje modélico, que describe un futuro inserto ya en un presente con cada vez más posibilidades y, a su vez, más topofóbico para los individuos que lo habitan. ♦









