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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Return to Silent Hill

    || Críticas | ★★★☆☆
    Return to Silent Hill
    Christophe Gans
    Pesadilla macabra


    Carles M. Agenjo
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Francia, Alemania, Serbia, Reino Unido, Japón, Estados Unidos, 2026. Título original: Return to Silent Hill. Dirección: Christophe Gans. Guion: Christophe Gans, William Schneider, Sandra Vo-Anh. Compañías productoras: Davis Films, Supernix, The Electric Shadow Company, Work in Progress, Ashland Hill Media Finance, Konami, Bloody Disgusting, Maze Pictures. Fotografía: Pablo Rosso. Producción: Victor Hadida, Molly Hassell, David M. Wulf. Reparto: Jeremy Irvine, Hannah Emily Anderson, Evie Templeton, Pearse Egan, Eve Macklin, Emily Carding. Duración: 106 minutos.

    En una más que previsible apropiación lingüística, el clímax de Doom (2005) absorbía la experiencia del videojuego homónimo en primera persona para convertir el clásico tiroteo final en una larga secuencia de violencia sin cortes. El héroe de la función, un marine interpretado por Karl Urban en modo bonus, protagonizaba una suerte de gameplay para público de multisalas. Su punto de vista, también el nuestro, disparando contra toda clase de criaturas que atacaban a cámara, servía de estimulante recurso de estilo en una historia errática y plagada de lugares comunes. El director polaco Andrzej Bartkowiak firmaba así un survival intergaláctico tan gozoso como olvidable que fue vapuleado injustamente por la crítica y los fans como también le sucedió a la estupenda Resident Evil (2002) aunque ambas alcanzaron buenas cifras de taquilla en su momento. No obstante, si bien es cierto que Doom pecaba de caer en la literalidad a la hora de adaptar su material de partida y de tomarse algunas licencias poco inspiradas, también abrió la posibilidad de interrogar la gramática del videojuego aunque fuera desde las limitaciones de la industria anglosajona.

    Por un momento, parece que la nueva película de Christophe Gans se haya tomado al pie de la letra eso de adaptar una historia con fidelidad, pero a medida que la narración avanza nos damos cuenta de que el director galo también acaba transformando su material de origen en otra cosa. Coproducida por Konami, Return to Silent Hill es la adaptación de Silent Hill 2 (2024), el brillante videojuego de terror psicológico de la escudería Bloober Team que, a su vez, es el remake homónimo del gran hito japonés de Team Silent estrenado en 2001, obra de Takayuki Kobayashi y Masashi Tsuboyama, que marcó la pubertad de toda una generación de gamers. No obstante, la larga colección de comentarios negativos que la película arrastra hasta la fecha no dista tanto de la mala recepción que Doom o la primera Resident Evil cosecharon en su momento. La gran diferencia, probablemente, radica en los números de taquilla que Gans pueda o no lograr en una época como ésta –tan cercana a estrenos Oscar– y un contexto de hábitos y preferencias del gran público que se aleja de las dinámicas de mercado de los primeros 2000. Fue entonces cuando Gans estrenó con gran éxito de taquilla su notable Silent Hill (2006), aquella vibrante pesadilla con aroma al cine de David Cronenberg –no por casualidad contó con el fabuloso diseño de producción de Carol Spier– que hibridaba la monster movie y el terror de sectas a medio camino entre las pulsiones erotanáticas de Clive Barker, el absurdo inquietante de Gottfried Helnwein y las pinturas de la desolación de Zdzisław Beksiński.

    En cualquier caso, la nueva entrega funciona y muy bien. Se trata de una secuela llena de riqueza estética que en ningún momento busca superar a la anterior, sino más bien ofrecer un camino distinto por la vía de lo bizarro y lo abyecto. En este sentido, el imaginario que despliega es verdaderamente hipnótico. Lo macabro se desata en escenas de perturbadora belleza que pueden convencer al fan, pero también a espectadores que no conozcan la saga. No obstante, la falta de ritmo de un guion redundante y desigual sitúa la película en una posición claramente inferior a la primera. A medida que avanza, parece que Gans pierde potencia a la hora de articular el complejo universo que tiene entre manos. La historia de James Sunderland, un pintor atravesado por el duelo que regresa a un pueblo abandonado del norte de Estados Unidos buscando respuesta sobre su difunta esposa, reescribe el manoseado mito de Orfeo y Eurídice en clave apocalíptica. Sin duda, la peor parte de este descenso a los infiernos de la culpa es su dimensión melodramática, mil veces vista, que sólo encuentra en la mirada depresiva y aterrada de Jeremy Irvine su verdadero punto de apoyo. Por su parte, la actriz Hannah Emily Anderson se ve encasillada entre los personajes originales del juego, Marie y Maria, en un desdoblamiento que invoca por enésima vez la Madeleine de Vértigo (1958) –¿o la Laura Palmer de Twin Peaks?– como principal motor narrativo de este cuento trágico de atmósfera tétrica.

    El gran valor de la película, sin duda, reside en el imaginario que invoca. Desde la aparición estelar de Pyramid Head a los cuerpos sin brazos expulsando líquido corrosivo o el regimiento de enfermeras con el rostro borrado que se mueven como un grupo de teatro butoh, la colección de criaturas espeluznantes es generosa. Quizá algún conocedor de la saga echará en falta toda la carga freudiana de represión sexual que impregnaba el videojuego, pero en lo que a terror monstruoso se refiere la propuesta no se queda corta. Su forma de encerrar al protagonista en espacios laberínticos, incluso, recuerda a la insoportable tensión vivida por cualquiera que haya jugado al Silent Hill: The Short Message (2024) de Motoi Okamoto y Junya Morita. Asimismo, justo es reconocer la densidad expresiva del director de foto Pablo Rosso –un habitual de las filmografías de Paco Plaza y Jaume Balagueró, responsable de la polanskiana atmósfera de Mientras duermes (2011) y buena parte de la saga [•REC]– además de la icónica banda sonora de Akira Yamaoka –¡la verdadera alma de la saga!– en un conjunto que Gans no consigue ordenar del todo.

    Otra cuestión relevante es la forma en que se despliega la puesta en escena. Lejos estamos del sentido operístico de la primera Silent Hill o la muy barroca El pacto de los lobos (2001). Esta vez, Gans ha firmado una secuela con menos tendencia al exceso, pero sigue apostando por el manierismo en un relato inclinado hacia lo íntimo, más atento a las turbulencias internas del héroe, al sufrimiento de un viudo en plena fiebre por su amor perdido. Dicho de otro modo, Return to Silent Hill es menos pirotécnica que sus películas anteriores, pero parece un ejercicio de simetría respecto al videojuego. En algunos pasajes es casi una réplica plano a plano. Desde un simple travelling de alejamiento al plano aberrante de los urinarios de un sucio lavabo de carretera –tan comentado estos días en las redes– donde James se mira ante el espejo, el director francés vuelve a dejar clara su obsesiva atención de miniaturista empedernido por el detalle más pequeño. A veces, los planos generales rodados en set virtual juegan en su contra. Algunos elementos saltan a la vista, como si no estuvieran bien integrados al fondo, pero esto, por suerte, no resta disfrute a un viaje tan delirante, tan deliciosamente diabólico, que a uno no le queda más remedio que rendirse ante la evidencia. Y es que Gans sigue pisando fuerte aunque su cine se estrene a cuentagotas. ♦


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