|| Críticas | Streaming | ★★★★☆
The Prosecutor
Donnie Yen
Pelear con el tiempo, apelar a tiempo
Lorenzo Ayuso
ficha técnica:
Hong Kong, China, 2024. Título original: Ng poon/誤判. Director: Donnie Yen. Guion: Edmond Wong. Productores: Raymond Wong, Donnie Yen, Cissy Wang. Productoras: Huace Pictures, Mandarin Motion Pictures, Tianjin Maoyan Film, Super Bullet Pictures. Música: Choi Chui-Ho. Director de acción: Takahito Ôuchi. Dirección de fotografía: Man Nok Wong. Montaje: Ka-Wing Li. Reparto: Donnie Yen, Julian Cheung, Francis Ng, Kent Cheng, Michael Hui, Kong Lau, MC Cheung Tin-fu.
Hong Kong, China, 2024. Título original: Ng poon/誤判. Director: Donnie Yen. Guion: Edmond Wong. Productores: Raymond Wong, Donnie Yen, Cissy Wang. Productoras: Huace Pictures, Mandarin Motion Pictures, Tianjin Maoyan Film, Super Bullet Pictures. Música: Choi Chui-Ho. Director de acción: Takahito Ôuchi. Dirección de fotografía: Man Nok Wong. Montaje: Ka-Wing Li. Reparto: Donnie Yen, Julian Cheung, Francis Ng, Kent Cheng, Michael Hui, Kong Lau, MC Cheung Tin-fu.
En primer lugar, abordemos el filme desde su relación con el género y a su vez la del género con sus coordenadas productivas. Conviene, pues, revisar la jurisprudencia. Al comienzo de Al borde de la ley (Zhi fa xian feng, Corey Yuen Kwai, 1986), el aún ingenuo abogado Hsia Ling-Cheng (Yuen Biao) cuestiona la osadía de su mentor por llevar a los tribunales a implacables capos mafiosos, por el constante peligro que eso entraña: «Hemos de hacer lo necesario para limpiar el mundo de asesinos», replica el magistrado con voz firme, antes de ser ametrallado por un pelotón de sicarios a las puertas del palacio de justicia. Ese enclave es la «última frontera» en la que se centra The Prosecutor, allá donde se aposta Fok Chi Ho (Donnie Yen), un ex inspector jefe de narcóticos devenido fiscal después del fracaso judicial de una operación antidroga en la que mueren varios camaradas. Las dos obras abren con una injusticia que marca el futuro de sus protagonistas, que habrán de corregir los errores sistémicos recurriendo a la violencia en última instancia.
Treinta años de distancia separan estas dos apelaciones fílmicas, pero también una manera diferente de administrar su vigor. Al borde de la ley está contagiada del vitriólico nihilismo que caracterizó a la industria hongkonesa en los ochenta y primeros noventa, y que obliga a desenlaces tan abruptos como un disparo a bocajarro. Intercalado entre unas enfebrecidas secuencias de acción, se vislumbra un sistema corrompido, donde son las autoridades las que se cuidan de alimentar el crimen (aquí, el superintendente de policía al que presta su bigote Melvin Wong), sin importar las víctimas colaterales, y las que despachan con suma crueldad a los héroes. La desconfianza se plasma en la incapacidad de los dos justicieros, abogado y agente respectivamente incorporados por Yuen Biao y la sensación estadounidense Cynthia Rothrock, para aliarse y devolver el orden con efectividad. Las coreografías marciales plasman esa frustración a través de una energía desbocada, tan desmedida que comporta una autodestrucción de los personajes, física y moral. Ahí queda el plano final de Hsia, flotando su cuerpo inerte en el océano tras ajusticiar de un hachazo al villano en pleno vuelo de avioneta.
The Prosecutor termina con una mirada de Fok al mar, acompañándose de un anciano policía, acaso su figura paterna, tras la feliz resolución del procedimiento correspondiente, y antes de regresar al tribunal a continuar con el siguiente. Sobrevive en pie, anticipando la supervivencia de una nobleza que lo antecede. Si en Al borde de la ley el mal es inasible y transversal, Yen opta por afrontarlo con optimismo idealista. La incorruptibilidad del héroe actúa de faro para el resto de personajes, que van sumándose a la empresa (demostrar la inocencia de un joven condenado injustamente, destapar la red delictiva tejida por su pérfido abogado defensor), fortaleciendo los vínculos entre el poder policial y judicial hasta conformar un bloque en apariencia inexpugnable. Frente al desamparo del individualismo, el empuje del espíritu comunitario, una visión alineada con los valores de la China continental, a la que se debe Hong Kong, y que el artista marcial defiende. Yen enmienda el sistema por la fuerza, planteando cada estadio del juicio sobre el que se escaleta el filme como si de un combate por asaltos se tratase. La palabra reemplaza a los golpes, aunque su agresividad se mantenga adaptada a las circunstancias, con una verborrea sumarísima.
Puede establecerse una analogía entre esta y otro título reciente del ídolo chino con similar afán constructivo, Big Brother (Dai si hing, Ka-Wai Kam, 2018), donde el alter ego del actor también desarrolla una identidad dual, como soldado reciclado en profesor de alumnos problemáticos. En resumen, ubicándose en la primera frontera, en la vía de entrada a la sociedad. La filmografía de Yen, del Yen que adquirió graduación de shīfù con la saga iniciada en Ip Man (Yip Man, Wilson Yip, 2008), del ya establecido como estrella de escala mundial tras tomar la galaxia en Rogue One: Una historia de Star Wars (Rogue One, Gareth Edwards, 2016), revisa su territorio examinándolo de un extremo a otro, tomándose a sí mismo como ejemplo de excelencia y, a la vez, planteando la importancia de un cambio de escenario para un luchador como él. Del vigilantismo a la vigilancia.
De ahí, al segundo enfoque, el que obliga a analizar The Prosecutor en relación con su actor-autor. Para cuando el filme atraviesa nuestras fronteras, vía streaming, con cerca de un año de retraso con respecto a su estreno en la mainland, el as de Cantón ha cumplido 62 años. De ellos, ha pasado 40 castigándose por el bien común. Es decir, por el entretenimiento. El cuerpo preserva su vigencia de un vistazo epidérmico, pero el martirio físico que se le exige requiere de unos cuidados cada vez mayores. De ahí, la necesidad de espaciar sus escaramuzas y abrirse a empeños menos severos para los ligamentos, como ya era el caso del drama de aventuras Rescate polar (Sou jiu, Chi-Leung Lo, 2022). En The Prosecutor se aplica la legislación vigente (entiéndase, la dictada por John Grisham) para ordenarse como una modélica intriga legal, sustentada en las irregularidades de la burocracia judicial hongkonesa. Irregularidades que solo el idealista Fok es capaz de atajar. «Me hago viejo. No puedo estar al mando todo el tiempo», confiesa este, apuntando a una línea sucesoria en dirección al agente Lee (el cantante MC Cheung Tin-fu), la savia nueva del departamento de policía que abandonó. El traspaso de poderes se observa al otorgarle a este el liderazgo de una de las primeras set pieces marciales... Hasta que Fok interviene para salvarlo, reubicando el foco.
Donnie Yen no puede adentrarse siempre en la Kung Fu Jungle, pero sigue siendo Donnie Yen. Y él asume la responsabilidad de serlo, con un alto grado de consciencia sobre su imagen. Por ende, imponiendo control absoluto sobre cada producto que encara, ya sea como director o como productor, interviniendo en la sala de montaje si es preciso para dejar su marchamo. Por encima del personaje estará él, una personalidad incólume, inalcanzable. Si Raging Fire (Nou fo, Benny Chan, 2021) ya le negaba la posibilidad del descanso, habiendo de enfrentarse al protegido que, lejos de seguir sus enseñanzas, se echó a perder como delincuente (Nicholas Tse), en The Prosecutor termina cediendo ante la exigencia de que sea él, no otro, quien siga marcando el paso en la acción.
Toca responder ante las expectativas. Máxime cuando este desempeño llega después de la decepcionante Sakra (Tin lung baat boum, Donnie Yen, Ka-Wai Kam, 2022), de la que debe recuperarse, y sobre todo de la grandilocuencia de John Wick 4 (John Wick: Chapter 4, Chad Stahelski, 2023), a la que querrá acercarse. Se observa, por ejemplo, en la secuencia inicial, donde se embriaga de los experimentos con el lenguaje del videojuego, proponiéndonos en mitad de la refriega cambiar el modo de la experiencia y asumiendo el punto de vista subjetivo de Fok; o en la multitudinaria pelea en la discoteca, coloreada con neones, donde aprovecha las posibilidades de la fotografía con drones para establecer grandes planos generales y suspenderse alrededor de las coreografías del japonés Takahito Ouchi, de forma que recuerda —guardando las distancias— a la bellísima toma cenital del flamígero tiroteo en un caserón de John Wick 4. El «Aliento de Dragón» aquí no da nombre a un cartucho, sino a cada exhalación de Fok. Finalmente, el duelo decisivo contra Yu Kang en los vagones del metro de Hong Kong reafirma el estilo patentado por el Donnie Yen Stunt Team: una acción que persigue imprimir el daño de la forma más contundente, moviéndose con libertad entre disciplinas; una sensación de imprevisibilidad y desorden en los movimientos, que a menudo acaba enfangando la lucha a ras de suelo, como si de un octágono se tratase.
La única regla vigente es su superioridad. Ya sea como actor o como director, Yen rechaza admitir una obsolescencia, aun cuando el dolor se haga palpable, y va más allá que el resto, dando (golpeando) más, sacrificando el cuerpo en pos de una imagen-impacto en sentido literal. En ese destajismo se observa el compromiso a una causa mayor, como es la de crear películas. Pero también la determinación de anular a todo adversario. Con un producto tan sólido como The Prosecutor, elevando sus aspiraciones, Yen pretende hacerse inapelable, dejar al resto sin posibilidad de recurso. Mientras así lo quiera, nadie podrá competir con él. Solo el tiempo. ♦















