|| Críticas | ★★★★☆
Marty Supreme
Josh Safdie
Amante sin compromiso, jugador sin rival
Ignacio Navarro Mejía
Madrid |
ficha técnica:
Estados Unidos y Finlandia, 2025. Dirección: Josh Safdie. Guion: Josh Safdie y Ronald Bronstein. Producción: A24 / Central Pictures / IPR.VC. Fotografía: Darius Khondji. Música: Daniel Lopatin. Montaje: Ronald Bronstein y Josh Safdie. Diseño de producción: Jack Fisk. Dirección artística: Jeremy W. Foil. Reparto: Timothée Chalamet, Odessa A’zion, Gwyneth Paltrow, Kevin O’Leary, Abel Ferrara, Tyler Okonma, Géza Röhrig, Luke Manley, Emory Cohen, Koto Kawaguchi. Duración: 149 minutos.
Estados Unidos y Finlandia, 2025. Dirección: Josh Safdie. Guion: Josh Safdie y Ronald Bronstein. Producción: A24 / Central Pictures / IPR.VC. Fotografía: Darius Khondji. Música: Daniel Lopatin. Montaje: Ronald Bronstein y Josh Safdie. Diseño de producción: Jack Fisk. Dirección artística: Jeremy W. Foil. Reparto: Timothée Chalamet, Odessa A’zion, Gwyneth Paltrow, Kevin O’Leary, Abel Ferrara, Tyler Okonma, Géza Röhrig, Luke Manley, Emory Cohen, Koto Kawaguchi. Duración: 149 minutos.
Lo cierto es que hay un tercer nombre que seguramente permita explicar por qué Marty Supreme, que vaya por delante es una película apabullante, se parece mucho más a los anteriores esfuerzos conjuntos de ambos hermanos que The Smashing Machine, y es el de Ronald Bronstein. Este colaboró antes en aquellos, pero ahora ha unido fuerzas solo con Josh (no con Benny), tanto en la escritura como en la edición, esos dos departamentos en los que aquí se aprecian una energía y una sinergia fuera de lo común. Son los dos aspectos fundamentales que distancian Marty Supreme del biopic al uso, aunque su premisa ya se aparta del mismo, pues el protagonista Marty Mauser está solo levemente inspirado por el antiguo campeón de tenis de mesa Marty Reisman, y Safdie y Bronstein no pretenden resumir la cronología de su vida, sin centrarse en unos meses concretos… más o menos los nueve meses que suele durar un embarazo. Este no es solo el tiempo que, en el metraje, transcurre entre la fecundación y el parto, sino también entre la primera partida de ping-pong que vemos de Marty y la última, la decisiva no quizá para su vida, pero sí para la historia que aquí se nos narra, que es solo tangencialmente la de un jugador de ping-pong. De hecho, buena parte del metraje transcurre fuera de sus mesas, en varias ciudades, pero sobre todo en el Nueva York de los años 50, y se aleja del glamour que imaginamos ahora para un atleta de élite, pues Marty, que comparte con miembros de su familia un apartamento precario, tiene que ganarse la vida para pagarse los viajes a los campeonatos, inicialmente trabajando en una tienda de zapatos y luego mediante todo tipo de triquiñuelas o estafas, a cada cual más rebuscada y arriesgada. En alguna literalmente llegará a jugarse la vida, y en esta progresión la película se adentra en el género del crimen y el thriller, si bien el tono es coherente desde el principio hasta el final, pues es el tono propio del impulso de un personaje omnipresente, arrogante, egoísta y muy seguro de sí mismo, dispuesto a todo para conseguir su meta.
Para interpretar a este personaje Safdie ha tenido la suerte de contar con uno de los actores más dotados del panorama actual, como es Timothée Chalamet, y este se entrega totalmente, lo que podría hacerle merecedor de un Oscar, en una cinta que también tiene su sello de productor y que cosechará otras varias nominaciones de la Academia norteamericana. Serán todas merecidas porque, por muy destacable que sea la labor de uno u otro departamento (otro llamativo es el de la música a cargo de Daniel Lopatin, acompañada en momentos clave de dos hits significativos de los años 80 como son Forever Young y Everybody Wants To Rule The World), están todos perfectamente compenetrados en pro de una película caracterizada por el dinamismo a todos los niveles. Desde el protagonista hiperactivo hasta la música electrizante, pasando por el montaje frenético y los diálogos sin filtros, con intercambios crudos y directos, observamos igualmente una puesta en escena claustrofóbica y agitada que contribuye a esa opresión y esa sensación de caos. Con un predominio de planos cerrados y breves, envueltos en una atmósfera grisácea, Safdie y el reputado director de fotografía Darius Khondji huyen igualmente de la habitual recreación de época, pues dando por sentado el esmero en el decorado y el atrezo para evitar los anacronismos, a menudo su plasmación en pantalla nos hace olvidar que la historia se ambienta hace décadas para parecerse a algo muy actual, muy moderno. Y esa historia, dentro de ese marco, está en constante mutación, para ir sumando situaciones y motivaciones que enriquecen la trama, todas ellas, eso sí, con un objetivo único y sin tregua, donde claramente el fin justifica los medios. Ese fin, como decíamos, es que Marty triunfe, en un sentido u otro y aunque en el fondo sea un perdedor, y para ello se puede llevar por delante lo que haga falta, en lo personal y lo profesional. De la misma manera, otra cosa que tienen en común un óvulo y una pelota de ping-pong es que se espera de ellos un movimiento, sobre todo cuando el óvulo está recién fecundado y la pelota está suspendida en el aire. Ese óvulo fecundado acabará, si todo va bien, en un recién nacido, al igual que la pelota suspendida acabará de uno u otro lado de la mesa de ping-pong y, si todo va bien, será del lado contrario. ♦















