|| Críticas | FESTIVAL DE CINE FANTÁSTICO DE MÁLAGA | ★★★★☆
La virgen de la tosquera
Laura Casabé
Afrontando incertidumbres
Adrián Chamizo
ficha técnica:
Argentina, 2025. Título original: «La virgen de la tosquera». Dirección: Laura Casabé. Guion: Benjamín Naishtat basado en un relato de Mariana Enríquez. Compañía productora: Coproducción Argentina- México- España. Ajimolido Films, Buenos Aires Audiovisual Cluster, Caponeto, Fondo Nacional de las Artes, Mr. Miyagi Films, INCAAA, Mostra Cine. Distribuidora en España: Filmax. Dirección de fotografía: Diego Tenorio. Música: Pedro Onetto. Diseño de producción: Marina Raggio. Montaje: Ana Remón. Intérpretes: Dolores Oliverio, Luisa Merelas, Fernanda Echevarría del Rivero, Dady Brieva, Agustín Sosa, Candela Flores, Isabel Bracamonte. Duración: 96 minutos.
Argentina, 2025. Título original: «La virgen de la tosquera». Dirección: Laura Casabé. Guion: Benjamín Naishtat basado en un relato de Mariana Enríquez. Compañía productora: Coproducción Argentina- México- España. Ajimolido Films, Buenos Aires Audiovisual Cluster, Caponeto, Fondo Nacional de las Artes, Mr. Miyagi Films, INCAAA, Mostra Cine. Distribuidora en España: Filmax. Dirección de fotografía: Diego Tenorio. Música: Pedro Onetto. Diseño de producción: Marina Raggio. Montaje: Ana Remón. Intérpretes: Dolores Oliverio, Luisa Merelas, Fernanda Echevarría del Rivero, Dady Brieva, Agustín Sosa, Candela Flores, Isabel Bracamonte. Duración: 96 minutos.
Desde un riguroso control del punto de vista –una de las virtudes de esta película– se nos narra la historia desde la perspectiva de Natalia, una joven que vive con su núcleo de amigos su último verano antes de que este se disuelva debido a compromisos académicos y laborales. Llegado el momento, la protagonista, una chica joven pero madura, es consciente de que el fin de ciclo se acerca. A partir de este planteamiento, Casabé muestra su habilidad a la hora de combinar tonos ya que La virgen de la tosquera oscila entre el cine de adolescentes, el social y el fantástico; todo ello filtrado por una mirada reflexiva y sensible tras su aparente sobriedad. No merece menos ese último verano que ejerce de escenario de una de las etapas más señaladas o cruciales de un individuo; cuando uno/a empieza a decidir qué quiere ser y se aprenden a pagar los primeros peajes de lo que significa la vida adulta: controlar traumas, afrontar desafíos, asumir y superar desplazamientos y distanciamientos o hallar el sexo como liberación –«tenemos que debutar», dice una de las amigas de Natalia en un momento importante de la trama. Estas son algunas de las líneas narrativas que presenta el metraje, complementado con algunos elementos genéricos –he ahí una figura disruptiva en un vecindario ligada al chamanismo–, que exponen, a su vez, los miedos y la desigualdad de la sociedad argentina. Casabé acierta, de esta manera, en imbricar lo fantástico dentro de lo cotidiano, expandiendo de forma original el contexto. Ejemplo de ello son las miradas hacia un extraño moribundo en el vecindario cargado de abalorios o los apagones propiciados por la protagonista cual Carrie (Brian De Palma, 1976), que impiden a su abuela y a su pareja seguir con claridad populares concursos de televisión, contemplados como casi única vía de evasión para escapar de la precariedad normalizada.
Otra de las virtudes narrativas del filme es el papel del uso que los jóvenes hacen de las nuevas tecnologías (primitivas por entonces). Natalia se comunica con parte de sus amigos mediante rudimentarios chats de internet en un cibercafé –lugar no exento de apagones con posteriores saqueos–; espacio en el que la directora hace un irónico uso del sonido diegético para resaltar las decepciones amorosas que Natalia recibe mediante mensajería instantánea. La casa donde vive Natalia –ausente de padre y madre–, ubicada en un área donde tuvo lugar un ritual realizado por su abuela; el austero vecindario donde irrumpe la misteriosa presencia; y la una onírica tosquera que visita con sus amigos, ejercen de espacios que extrapolan las inquietudes y los desafíos de la protagonista. De esta forma la arquitectura y el urbanismo dominan una puesta en escena con la que Casabé otorga aire a las imágenes dejando el espacio suficiente a los personajes con planos generales, explotando las posibilidades de sus escenarios –algo que recuerda a otros dramas generacionales como Libertad (Clara Roquet, 2021), que también explora los tiempos muertos del verano–, las luchas dialécticas entre personajes mediante el plano-contraplano y, claro está, la mencionada capa onírica-fantástica representada a través de planos detalle y ralentíes. Por todos estos motivos, La virgen de la tosquera es mucho más que otro coming of age, ya que desde su sencillez consigue ir más allá de plantear elementos esquemáticos y estructurales en este tipo de subgénero, aportando otros tipos de mirada, tono y un contexto sociopolítico concreto más que interesante; a la par que revela una estrategia de planos y un uso espacial notable. Así pues, Casabé ofrece una perspectiva peculiar de ese complejo verano de 2001, donde el fin de ciclo personal de la protagonista va ligado a esa incertidumbre colectiva de la Argentina en los albores de una de las mayores crisis económicas de su historia reciente. Una inseguridad correlativa no solo aplicable a la Argentina actual, sino a la de un mundo plagado de conflictos internacionales y de todo tipo de precariedades sociales establecidas. ♦















