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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | La leyenda de Ochi

    || Críticas | ★★☆☆☆
    La leyenda de Ochi
    Isaiah Saxon
    Fantasía sin magia


    José Martín León
    Telde (Las Palmas) |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2025. Título original: The Legend of Ochi. Dirección: Isaiah Saxon. Guion: Isaiah Saxon. Producción: Traci Carlson, Richard Peete, Isaiah Saxon, Jonathan Wang. Productoras: Encyclopedia Pictura, Neighborhood Watch, Year of The Rat, King's Ramsom Media, AGBO. Distribuidora: A24. Fotografía: Evan Prosofsky. Música: David Longstreth. Montaje: Paul Rogers. Reparto: Helena Zengel, Willem Dafoe, Emily Watson, Finn Wolfhard.

    He aquí una película que parecía tenerlo todo para ser algo grande, pero que, por alguna extraña razón, se ha quedado en una obra tremendamente fallida y frustrante. Cuenta con una productora tan prestigiosa como A24 detrás, con un par de grandes actores (los veteranos Willem Dafoe y Emily Watson) capaces de sostener por sí solos cualquier empresa que se les encomiende, y con la promesa de resucitar la magia y el espíritu del género de fantasía de los 80. Ingredientes, a priori, capaces de despertar el interés de, especialmente, quienes crecimos disfrutando en pantalla grande de clásicos como La historia interminable (Wolfgang Petersen, 1984), Dentro del laberinto (Jim Henson, 1986), Willow (Ron Howard, 1988) o Cristal oscuro (Jim Henson, Frank Oz, 1982). Un tipo de cine que, por desgracia, ha caído en desuso, y que era capaz de crear mundos fantásticos de la nada, de manera artesanal, sirviéndose de efectos especiales prácticos, criaturas diseñadas como animatrónicos y maquetas, algo que sigue conservando un encanto único. El sentido de la maravilla que inundaba sus imágenes, el espíritu aventurero de sus historias, protagonizadas por héroes de corazón noble, y sus grandes dosis de esa ingenuidad característica de la década, hacen que los títulos fantásticos de aquellos años permanezcan grabados en el colectivo imaginario, siendo recordados con enorme cariño más de 40 años después. Isaiah Saxon, director proveniente de los vídeos musicales, se ha apuntado con La leyenda de Ochi, a esa moda de revivir la nostalgia ochentera que nos bombardea desde que la espléndida Super 8 (J.J. Abrams, 2011) consiguiera replicar, con gran brillantez, las formas de los grandes éxitos salidos de la Amblin de Spielberg. Él mismo se ha encargado de la escritura de un guion nada novedoso, que habla de empatía y entendimiento entre diferentes especies enfrentadas –¿se acuerdan de la amistad que surgía entre los enemistados personajes de Louis Gossett Jr. y Dennis Quaid en Enemigo mío (Wolfgang Petersen, 1985)?–, muy plausible sobre el papel, pero que el debutante realizador no consigue trasladar a la pantalla de manera satisfactoria.

    La leyenda de Ochi nos traslada a la imaginaria isla de Carpathia, supuestamente anclada en pleno mar Negro, un lugar atemporal en el que la gente continúa viviendo en pequeñas aldeas, de lo que les ofrece la tierra y los animales, mirando con miedo a esos bosques que les rodean, ya que, se cuenta, que están habitados por osos, lobos y, sobre todo, una extrañas criaturas salvajes conocidas como Ochis. Estos serían quienes atacan las granjas, en mitad de la noche, para alimentarse del ganado de los lugareños, por lo que son perseguidos por Maxim (Willem Dafoe, fantástico como acostumbra), un granjero enfadado con el mundo, y su grupo de aprendices de cazadores de Ochis, un puñado de adolescentes entre los que están su propia hija, Yuri (Helena Zengel) y otro chico al que ha tomado bajo su ala (Finn Wolfhard, una de las estrellas de Stranger Things). La película comienza de forma potente, con este grupo adentrándose en el bosque para dar caza a sus eternos enemigos en una expedición que acaba con un cachorro de Ochi separado de los suyos. La idea de una joven criatura indefensa que trata de volver a su hogar y es ayudada por un niño humano ya la habíamos visto, sin ir más lejos, en la fundamental E.T., el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982) –y en su copia, más modesta, pero decididamente entrañable, Mi amigo Mac (Stewart Raffill, 1988)–, y aquí es Yuri quien se termina compadeciendo del pequeño ser, una especie de gremlin peludo, provisto de colmillos de vampiro, ocultándolo en casa, antes de embarcarse en la peligrosa misión de acompañarle hasta su hogar. La película es, básicamente, la aventura de estos dos peculiares amigos, adentrándose en las profundidades del bosque mientras son perseguidos por Maxim y su tropa. Una aventura física, ya que los protagonistas ven como peligran sus vidas en el viaje, pero, también, emocional, ya que, al mismo tiempo que asistimos a la cada vez más estrecha relación que se establece entre Yuri y su nueva mascota (llegando, incluso, a poder comunicarse mediante canciones y sonidos), también entra en escena el personaje de Dasha, la madre de Yuri (notable Emily Watson), que, tiempo atrás, había abandonado a su familia para irse a vivir sola a una cabaña en las montañas.

    Estos toques de disfuncionalidad familiar parecen añadidos para tratar de darle algo de profundidad dramática al relato, pero no terminan de dibujarse del todo bien las relaciones entre los personajes. Este es solo uno de los problemas con los que lidia el guion de Saxon, ya que, siendo una historia en los que se ensalzan valores como la amistad, el acercamiento entre distintas culturas, o la fragilidad de los lazos familiares, en ningún momento consigue emocionar. Y es que da la sensación de que el director se ha esmerado en ofrecer un trabajo de ambientación maravilloso, con una fotografía sensacional, que explota toda la belleza de los paisajes naturales en los que sucede la acción, y una loable voluntad de prescindir, casi totalmente, del CGI, en beneficio de las marionetas de toda la vida, pero ha descuidado a sus personajes y sus motivaciones. El diseño de las criaturas es portentoso, y el bebé Ochi resulta todo lo adorable que cabría esperar, pero no se percibe esa magia o esa fantasía buscadas en sus referentes ochenteros. El mayor problema de la cinta reside en que sus responsables no han sabido encontrar un tono adecuado a la hora de contar una historia que partía de una mitología atractiva, por lo que resulta difícil saber hacia qué tipo de público va dirigida esta propuesta. Es demasiado básica para contentar a los adultos, pero, al mismo tiempo, tiene algunos ingredientes que pueden hacer que la experiencia sea algo perturbadora para los más pequeños –ese brazo de Yuri, al borde de la gangrena, después de que el propio Ochi le propine una dentellada en un momento de confusión–. Por mucho que el personaje de Dafoe vista una armadura durante la mayor parte de la película, no existe ese espíritu aventurero de Legend (Ridley Scott, 1985) o La princesa prometida (Rob Reiner, 1987), y también se echa en falta algo de humor que saque a la película de su tono ensimismado, casi contemplativo. Tal vez, las expectativas eran demasiado altas y por eso se antoja insuficiente lo que Saxon ha terminado ofreciendo en su ópera prima, una fallida rareza de la que sería injusto no valorar su apuesta por ser algo diferente a lo que actualmente llena las salas de cine. No se puede dejar de reconocer su hábil mano para lo visual, captando una belleza manierista que baña todas sus imágenes (el provenir del campo del videoclip juega a su favor), algunas de ellas, francamente fascinantes, pero esto no es bastante para camuflar su torpeza a la hora de construir una historia que enganche, cautive o deje ese poso en el espectador que sí lograron aquellos títulos en cuyos espejos se mira. ♦


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