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  • Malas calles.
    «Good Time», de los hermanos Safdie.

    Down by Earth.
    «Song to Song», de Terrence Malick.

    Dos ventanas al vacío.
    «A Ghost Story», de David Lowery.

    Loyal to the nightmare of my choice.
    «Dunkerque», de Christopher Nolan.

    Sensualidad praxiteliana.
    «Call me by your name», de Luca Guadagnino (Próximamente).

    Especial 23º Festival Ibérico de Badajoz


    Fotograma: Las vacas de Wisconsin, de Sara Traba.

    Hemos leído y escuchado muchas veces que en un certamen o en un festival cinematográfico tanto el interés del público como la calidad de las obras presentadas obedecen a una cierta diversidad cuyo resultado, en la mejor de las suertes, suele hallarse en un punto intermedio entre ambos focos. Entre los días 19 y 23 de julio tuvo lugar la vigésimo tercera edición del Festival Ibérico de Cinema Cortometrajes. En esta ocasión el evento ha diversificado las sedes, añadiendo a Badajoz proyecciones en localidades como San Vicente de Alcántara y Olivenza. Nadie debe extrañarse que en términos rigurosamente artísticos las películas a concurso estén respaldadas por unos criterios de selección heterogéneos en los que hemos visto trabajos con un ineludible sello comercial, algún lote con trasfondo social epidérmico, y otros cuantos realmente interesantes que elevan la dimensión global del festival. Por lo cual se hace necesario plantear una serie de cuestiones inherentes siempre a la mirada del que suscribe para elaborar un balance y análisis riguroso de los títulos vistos en la sección oficial. Como decíamos antes, la dicotomía a la hora de encontrar equilibrios nos ofrecen un paisaje movedizo. Cortometrajes en donde pesa más la forma de introducir un mensaje, o masajear las conciencias, que elaborar discursos formalmente sugerentes. En este terreno enumeraríamos propuestas algo deslavazadas como Sé lo que quieras (Marisa Crespo, Moisés Romera), Rawan 16/07 (Miguel Parra), Ainhoa (Iván Sáinz-Pardo), Menina (Simao Cayatte), o Hasta luego cariño (Antonello Novellino). Cada una de ellas aproximaciones que, partiendo de la crítica social y concienciación, olvidan generar debates en torno a sus imágenes, aunque, en el caso de Rawan 16/07 y Menina, sus competentes usos del montaje e iluminación las eleven del resto; siendo especialmente decepcionante el corto Ainhoa por cómo busca la practica cómplice del espectador en su manipuladora denuncia al problema de los desahucios. Ainhoa se desliza en principio por un agradable cuento moral con recurrentes guiños chaplinianos para acabar ahogado en una espiral dramática muy simplista y de escasa sutileza narrativa. Un ejemplo curioso de dichas actitudes sociales puede verse en Zona-84 (Lonan García). Basándose en una serie de comics de la editorial Toutain el realizador intenta emprender una crítica social con ribetes distópicos enfangado en el contexto del género puramente fantástico. Podría sin duda haber elegido un mejor argumento de entre todas las historias publicadas por los comics, pero se agradecen las pretensiones técnicas y el manejo del presupuesto (financiada gracias a plataformas de crowdfunding), a medio camino entre la parábola social de los blockbuster de ciencia ficción de Paul Verhoeven (capaz de introducir sátira social en películas de gran estudio), y el diseño de producción de las películas y comics de Juez Dredd (la alineación del individuo frente a la verticalidad de los edificios de una oscura y futurista Barcelona).

    Señalado lo anterior quedaría por ver cómo escapan algunas obras a esa clasificación. Por ejemplo, El hombre de agua dulce (Álvaro Ron) y Las vacas de Wisconsin (Sara Traba) apelan al paisaje. La primera pivota en derredor de los lazos familiares al enfocar una historia de herencias, con una hermosa sublimación de la tradición y conservación de los bienes esenciales. El problema radica en su abstraído uso del formato y en un montaje publicitario que recuerda demasiado a spots de importantes marcas industriales. La segunda también acierta a plantear un relato costumbrista. Los prados de una aldea gallega sirven de decorado para filmar un cortometraje atractivo, con ideas y momentos notables –sorprendente estilo lynchiano en el viaje en taxi de la anciana – pero con un simbolismo demasiado esquemático, si nos atenemos a ese surrealista plano final que hubiera hecho feliz al mismísimo Bigas Luna. Australia (Lino Escalera), remite a la intimidad de dos personajes adecuándolos a las problemáticas de nuestro tiempo. El director saca partido de las interpretaciones y sobre todo de unos diálogos muy bien perfilados, con una honda carga reflexiva pese a distanciarse con herramientas sencillas y transparentes. Ante la exigencia de pedirle rigor al formato y encontrar respuestas que se ajusten a una mirada crítica, tenemos varios cortometrajes que para mi gusto son demasiado deudores de la estética programada al circuito (siempre confuso) del cine independiente. El crítico Diego Salgado señalaba recientemente, en un artículo sobre el estreno de Verano 1993, lo siguiente: «se mueve entre una estética publicitaria ligada a lo hipster y un realismo deudor del cine de cogotes en marcha, primeros planos de rostros inexpresivos y acontecimientos fuera de campo que ciertas publicaciones y escuelas de audiovisual han erigido en paradigma del cine auténtico». Esta interesante apreciación abre debates enriquecedores y puede extenderse a gran parte de la ficción contemporánea. Los cortometrajes Laborable (Alejandro Marín) y Amanecer (Daniel León Lacave), se ajustan en el carácter a los mismos paradigmas a los que alude Salgado, es decir, operan bajo esa premisa y continúan generando un lenguaje ortopédico y unos rasgos adscritos a ese cine de la realidad narrado perezosamente por la rutinaria perspectiva de sus creadores. También convencional en el giro final, pero con un elegante manejo de la cámara, Lethe (Eric Romero) elige el suspense y unas imágenes hipnóticas para reproducir un relato emocional con un extraordinario respeto por las atmósferas (brillante planteamiento y ritmo). El horror es protagonista absoluto de El escondite (Ismael Chaka), quizá la representación más amateur de cuantas han concursado. El extremeño enturbia y embarga al espectador con una película que recuerda a cierto tipo de cine ibérico de género que tuvo bastante rédito a finales de los noventa y principio de siglo XXI. Películas como El arte de morir, Tuno Negro o School Killer resuenan en las imágenes primarias de una microhistoria teñida de algo de negrura, mucha voluntad y una música que cronometra perfectamente el tempo de la acción, valores que por desgracia no proponen nada nuevo dejando en definitiva un sabor agridulce o vagancia en las miradas de nuestros cineastas más jóvenes. Debo decir que no sentí los mismo con Duelos (Yolanda Román). El cortometraje es continuista de un cine metafórico que busca alianzas en la voz en off y complicidad para hilvanar un discurso que sería sin duda mucho más poético si hubiera optado por abandonarse radicalmente a la desfragmentación, dejándole la puerta abierta al montaje fantasma. Una partitura compuesta por el aclamado compositor Roque Baños y unas imágenes telúricas, coreografiadas con mimo por la directora nos mantienen expectantes y apuntan sin duda a proyecciones mucho más alegóricas y encriptadas en el palpitante futuro de Román como cineasta.

    Dentro de esa vocación de amplio espectro, la comedia ciertamente facilita la práctica cómplice del espectador. El género ha estado representado en esta edición por 17 años juntos (Javier Fesser), The APP (Julián Merino) y Ulises (Aitor Gutiérrez). En el caso de Fesser, se puede intuir una posición conclusiva del estancamiento que parece sufrir la comedia española en los últimos años. Un sketch televisivo con humor desfasado y nulo interés en lo cinematográfico. Merino, por otra parte, no se distancia apenas del fondo pero cambia el tono del mensaje con respecto a su anterior corto Absolutamente personal (2014). En ambos casos se esboza una crítica social acerca de las nuevas tecnologías y los escudos contemporáneos que nos aíslan cada día más de la comunicación y de las relaciones. En The APP visualiza un, más o menos, agudo aparato cómico sobre nuestra dependencia actual a los Smartphone. Ulises, que se mira claramente en el espejo del cine de Wes Anderson y se apoya en la fantástica interpretación del actor Cándido Uranga, opta por un modelo de comedia disparatada y surrealista con un personaje solitario que se propone ser seis personas distintas durante una única noche en un hotel destartalado. Comedia o drama, a continuación nos centramos en otros trabajos, a los que he decidido darles mayor espacio considerándolos por encima del resto. Este sería mi top particular del festival:

    1. VAMPIRO, Álex Montoya.

    Hay películas que saben generar conflictos más allá de su visionado. Antes de hablar de Vampiro, el sobresaliente cortometraje del valenciano Álex Montoya, quiero replantearme las imágenes de una película mucho más antigua, exactamente la italiana Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha (Elio Petri, 1970), y no porque deba con ella fingir paralelismos o contrastar un análisis comparativo, ni mucho menos, son solamente sensaciones convergentes, y las comparto, como una sensación estrechamente relacionada con lo monstruoso. Petri nos exige un esfuerzo para entender el tejido social de su mensaje. Un individuo, en este caso feje de policía, que asesina a su amante y que lejos de eludir su crimen intenta por todos los medios determinar su culpabilidad. El mal en el sentido abstracto acaba por abandonar al individuo para examinar cuestiones endémicas que atañen exclusivamente a las instituciones. Esa crítica inteligente, despiadada, irónica y hasta absurda de Petri implica un estallido de mensajes diferentes. No es lugar para poner en pie cuales fueron los pretextos escondidos en su desarrollo, o las máscaras anudadas unas con otras en el sentido final de la película, quedémonos con el desconcierto, con la idea del mal, con el debate de un sadismo cotidiano, filmado con distancia, con una puesta en escena sencilla, que no requiere de un artesanado o de los tropos estilísticos del género para sembrar miedo en el cuerpo. Vampiro se inscribe, de eso no nos quepa la menor duda, en un cuerpo singularmente terrorífico, pero su director lo reduce al conflicto, a lo espontáneo, mirándote directamente a la cara. Si el personaje de Investigación sobre un ciudadano libre de toda sospecha era un policía, un hombre de ley, aquí es un guionista, un hombre de la ficción. Uno se alimenta de la violencia adoptándola como algo natural de su vida corriente. No le es suficiente y desea ser parte misma de esa violencia, quiere ser parte criminal y subversiva de esa violencia. El guionista de Vampiro desea toparse con ideas mórbidas y reales para los relatos de sus películas, busca verdades, desgracias humanas, y por supuesto no le resulta difícil satisfacer su enfermedad. Por tanto desde ese punto de vista tanto el policía como el guionista osan penetrar en el imaginario social, y los dos son elementos figurativos, dejan de ser únicamente personas, o seres psicóticos, y adquieren un verdadero rol de poder, un rol de autoridad, un rol institucional, y esta reflexión, la verdad, es que da muchísimo miedo. Vampiro acentúa las obsesiones de un cineasta cada día más interesante. Exploración demoniaca, terrible, angustiosa de la ficción. Las magníficas interpretaciones de Irene Anula (Premio a la mejor actriz del festival), y Jorge Cabrera desbordan oficio y naturalidad. Una película cuyo trasfondo adquiere resonancias terroríficas de la mejor factura.

    2. Animación portuguesa.

    La animación de origen portugués ha tenido una presencia muy loable en esta edición. En el caso de Fim de Linha (Antonio Pinto, Paulo D´Alva), vimos un relato alegórico lleno de enigmas en sus imágenes. Los directores asumen el desgarro y el sentido del trauma con una animación poderosa que propone al espectador un viaje espasmódico. La renuncia a los diálogos y las circulares formas de la animación construyen una espiral asfixiante y el resultado final juega a contracorriente haciendo de la experiencia un simulador virtual de la mente y recuerdos del protagonista. Estilhaços (José Miguel Ribeiro) insiste también en el riesgo. Un relato virtuoso que alterna diferentes técnicas de animación en donde el trauma es constantemente el núcleo de la trama. Enseguida me vino a la cabeza, quizás por el tono documental, la película de animación Vals con Bashir (Ari Folman, 2008). En un contexto de imágenes y sonidos envolventes se nos implica en el trauma de un padre y su hijo produciendo un apabullante ejercicio psicoanalítico. Es una de las apuestas más radicales que hemos podido ver estos días y sin embargo una de las más emocionantes. Los recuerdos de guerra todavía golpean la frágil identidad de un Portugal resentido, que precisa desnudarse y dejar limpia su conciencia con el objetivo de librar a los hijos, y al inminente futuro, de la dura memoria del pasado. Estilhaços comienza con el confuso plano de una ciudad desde arriba, de la magnitud del espacio a la estrechez del mundo corriente, y acaba en el sentido contrario filmando el dolor en primera persona para abandonarlos lentamente con la cámara hasta perderlos en la dimensión del plano general. La hermosa Final Call (Sara Barbas) supone el último de los cortos de animación. Un cuento de líneas claras con trazos minimalistas muy bien escrito capaz de conferirle un sentido hermoso al pasado. En esta ocasión es la historia de una gata que mientras espera para embarcar con destino a Milán se reencuentra en el aeropuerto con un Perro lobo, antiguo amor de cuando estuvo estudiando en París. La realizadora indaga en la esencia infantil por la que nos aferramos a los objetos, aquí una bola de nieve de la torre Eiffel, como si se tratase del famoso trineo Rosebud de Ciudadano Kane (remembranza y evocación del pasado). Un bonito cortometraje que al contrario de los otros dos prefiere contar las cosas de manera más clásica e inocente.

    3. NERÓN, Rubin Stein.

    Más arriba hablábamos del acercamiento a un terror natural lejos de la exclusividad del género. Pues bien, Rubin Stein es capaz de reproducir escalofríos asentando las bases estilísticas del mejor horror universal. Nerón formaría parte de una supuesta trilogía en blanco y negro (Luz & oscuridad), con la multipremiada Tin & Tina (2013), y un proyecto futuro todavía por estrenar. Stein coloca en un mismo lugar a dos personas representantes de los dos estamentos más poderosos de la contemporaneidad, un político y una periodista. La elegante puesta en escena, la luz expresionista de los encuadres, y la nostalgia privilegiada de Stein por los emblemas y los laberintos asociados al género condensan, de manera ejemplar, un artesanal ejercicio de estilo. En Tin & Tina lo angelical se topaba con lo siniestro. Ahora gira en torno al misterioso rostro lleno de vendas de un político que sobrevive tras un terrible incendio en su casa (las vendas y el blanco negro nos remiten claramente a las célebres imágenes de Los ojos sin rostro del francés Georges Franju). Su autor manifiesta un dominio personalísimo del fuera de campo. Un no menos potente estudio hipersensorial de las imágenes y un hábito especial para crear mundos asfixiantes. La cinta se alzó con el premio Filmoteca de Extremadura al mejor cortometraje de origen extremeño.

    Palmarés de la 23ª edición:

    Onofre al Mejor cortometraje: Las vacas de Wisconsin de Sara Traba.
    Público Badajoz: The APP de Julián Merino.
    Público de Olivenza: Ainhoa de Iván Sáinz-Pardo.
    Público de San Vicente: 17 años juntos de Javier Fesser.
    Premio CEXECI del Jurado Joven: Estilhaços de José Miguel Ribeiro.
    Premio al Mejor Director: Sara Traba por Las vacas de Wisconsin.
    Mejor Guión: Pablo Remón y Lino Escalera por Australia.
    Mejor Actriz: Irene Anula por Vampiro.
    Mejor Actor: Ferrán Villajosana por Australia.
    Mejor Música: Ricardo Boya por Zona-84.
    Mejor Fotografía: José Martín Rosete por Ainhoa.
    Mejor Extremeño: Nerón de Rubin Stein.
    El fulgor efímero

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