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    Crítica: Paterson

    Paterson

    Atrapado en el tiempo

    crítica de Paterson (Jim Jarmusch, Estados Unidos, 2016).

    Resultaría muy fácil malinterpretar a Paterson, el poeta; tomarlo por un apocado soñador con la única certidumbre de que su trabajo no merece mayor registro que la vaguedad anónima de su cuaderno de notas, que sus esfuerzos para componer poesía corresponden a las pueriles fantasías de un pobre infeliz cuando, en realidad, su acercamiento a la literatura responde a una de las más fieles definiciones de la pureza y verdadero amor al arte. Paterson, la película, muestra al autor enamorado de su musa, que no es otra que la propia vida, a la que rinde constante pleitesía con la elaboración de sus composiciones, preciosas obras dotadas con esa ingenuidad infantil detallista, perspicaz y jovial, inspiradas en los sentimientos más honestos que pueden existir, alejados de toda contaminación conceptual o retórica. El Paterson poeta todavía se emociona con la belleza natural, con el poema de una niña que, en su mente, cohesiona armónico y encuentra el perfecto significado de la hermosura, una imagen casi catártica en la que el artista se refugia y, de repente, lo feo y lo desagradable dejan de existir en un microcosmos de genuina sencillez y simetría. Jim Jarmusch compone con Paterson su película más cercana y lírica, un canto por la recuperación de los valores pasionales con el que llama al público a volver a enamorarse de la naturaleza sin discursos, sin vanaglorias ni pretensiones, simplemente destacando la felicidad que, oculta, nos sigue aguardando en la sencillez de las formas y los movimientos. Para lograr este propósito, el director se desmarca de toda influencia ideológica con la esperanza de representar un mundo transparente, sin dobles intenciones y, pese a que esto ya pueda resultar cercano a un libertinaje doctrinal, lo cierto es que es el planteamiento más sincero que podría haberse hecho del hombre liberado de toda restricción política o cohibición procedimental.

    Tanto o más sencillo que lo primero, sería juzgar precipitadamente a Paterson, el conductor de autobús; encasillarlo dentro de un grupo de fracasados redimidos sin mayor inquietud que la de llegar vivo al fin de semana por medio de la repetición de unos hábitos vitales aburridos y sin ambición. Jarmusch presenta, gracias a una de sus recurrentes estructuras episódicas, la importancia y el peso de las rutinas diarias para el ciudadano medio estadounidense, con la salvedad de que en este caso, la rutina del protagonista, que nos lleva a pensar en Bill Murray y su eterno 2 de febrero en Atrapado en el tiempo (Groundhog Day, 1993), esconde la receta de la felicidad eterna. En la monotonía se encuentra el bienestar del conductor quien, escondido en su coreográfica existencia, se evade del hastío que lo persigue incansable al empuñar su pluma y su cuaderno; entonces comienza a componer y la cortedad de su horizonte se disuelve, dejando salir al poeta, el conductor hace del autobús su templo de inspiración. Así, mientras Phil Connors trataba de cambiar pequeñas piezas de ese puzle incompleto de su condena diaria, con el fin de lograr que la chica siguiera en su cama a la mañana siguiente, Paterson trata de evitar la alteración de cualquier pauta de movimiento, puesto que él siempre vive en el mejor día de su vida y, temeroso de perderlo, se esfuerza por recordar el patrón que lo conduce cada mañana a dar un beso cariñoso a su adorable Laura. Sin embargo, esa rutina se verá un día alterada cuando, como en una pesadilla, Laura no amanezca a su lado y su idílica existencia se desmorone. Todas estas maniobras de persuasión, la ansiedad por preservar lo bueno y el instinto de rechazar lo pernicioso, son las herramientas principales utilizadas por el realizador para mantenernos en contacto continuo y directo con sus personajes. Jarmusch antepone la personalidad a los acontecimientos, sin embargo, siempre mantiene una distancia prudencial con sus personajes; evita analizarlos por temor a incurrir en juicios y prejuicios. De hecho, si el espectador decidiera permanecer en un plano contemplativo, no conocería ningún detalle de los protagonistas que no haya sido revelado en los primeros minutos de metraje. Afortunadamente, la película es asumida como una evidente invitación a la implicación cognitiva, a descubrir por iniciativa propia la excepcionalidad individual de cada personaje, hecho que se acentúa gracias al fuerte contraste que se produce entre la aparente mesura que transmiten las imágenes y las sorprendentes personalidades de los protagonistas que aparecen en ellas.

    Paterson

    «Con los versos de Padgett y la veneración a la figura de William Carlos Williams, conocemos la última de las tres facetas de nuestro personaje: Paterson, ciudadano de Paterson, un sujeto culturalmente inquieto a quien podríamos tachar de conformista, cuando en realidad es una persona que alberga los mejores deseos para aquellos a quienes conoce».


    Estados Unidos no ha vivido la edad de oro de la poesía. Sus poetas nacieron con todo el trabajo hecho y editado; crecieron recitando los sonetos de Shakespeare, Marlowe, Wyatt, incluso las traducciones de Quevedo, Lope o Cervantes. Conscientes de que llegaban tarde a una empresa consolidada, tuvieron que aprender a cambiar los códigos métricos y expresivos, reinventar el concepto poético partiendo de una posición de resignación; resignación al asumir que la poesía del siglo XIX y XX estaba condenada a ser una nota al pie de todo lo anterior. ¿Y quién diablos es Ron Padgett? Pues precisamente es el resultado viviente de este inconformismo reformista, un discípulo de la contracultura norteamericana del verso libre visceral de la “Beat Generation” y el trascendentalismo dogmático de Walt Whitman. Y así, con los versos de Padgett y la veneración a la figura de William Carlos Williams, conocemos la última de las tres facetas de nuestro personaje: Paterson, ciudadano de Paterson, un sujeto culturalmente inquieto a quien podríamos tachar de conformista, cuando en realidad es una persona que alberga los mejores deseos para aquellos a quienes conoce. Un hombre que posee una envidiable bondad congénita y la aplica hacia todos aquellos que tratan de cumplir sus sueños, aunque sean tan excéntricos como los de su novia, una impulsiva artista obsesionada con el monocromatismo conceptual.

    Paterson

    «¿Cuántos poetas se necesitan para elogiar una ciudad? Jarmusch garantiza que con uno de ellos es más que suficiente, pero ha de ser uno que consiga emocionarnos escribiendo un poema de amor a una cerilla, un autor que, con el paso del tiempo, consiga hacer olvidar a la gente qué vino primero, si las calles de Paterson, o los versos de Paterson».


    En la rutina inalterable del héroe no hay sitio para smartphones, ni para ordenadores portátiles, Paterson pertenece a esa especie en vías de extinción que prefiere disfrutar de la compañía física de otras personas, y la de su perro Marvin, un bulldog tan acomodado en sus costumbres recurrentes como su propio dueño, a pasar las tardes ejercitando sus pulgares entre la multitudinaria soledad del WhatsApp o las redes sociales. Las nuevas relaciones virtuales son demasiado complicadas para un hombre que disfruta de la simplicidad naturalista y la humildad de las personas. Ni tan siquiera, cuando esas rutinas se rompan y el protagonista quede enfrentado a la incertidumbre del azar, la película optará por tomar un giro dramático o sorprendente, todo seguirá con la apacible calma que transmite la tragicómica figura de Adam Driver interpretando el que es, muy probablemente, el mejor papel de su prometedora carrera. Los contratiempos serán asumidos con aceptación y tolerancia; las exorbitadas reacciones melodramáticas y apocalípticas tan extendidas en la sociedad ultraconsumista son sustituidas por una lección de sabia resignación. Al mal tiempo, buena cara y, sobre todo, el consuelo de pensar que lo importante sigue a nuestro lado. Laura, tan idealizada como la del propio Petrarca, siempre aparece como una figura resplandeciente capaz de hacer olvidar al protagonista cualquier mal día en el trabajo o cualquier problema de inspiración o frustración. El artista, tradicionalmente, ha estado perseguido por el eco de una pregunta tortuosa: ¿Qué escribirá la historia sobre mí? La inmortalidad artística surge como una vanidosa recompensa a una vida de completa entrega, pero, ¿Cómo de importante sería La Gioconda si se hubiera quemado en un incendio? Pessoa reflexionaba en sus desasosiegos acerca de la revalorización al alza de una obra cuando sólo está disponible en nuestro recuerdo. ¿Cuán importante sería hoy Paterson, o Padgett, si su poemario hubiera desaparecido a causa de un incidente desafortunadamente cómico? ¿Y Paterson?, la orgullosa ciudad que presume de sus ídolos autóctonos, ¿Habría incluido en ese caso al propio Paterson como parte de su acervo cultural? ¿Cuántos poetas se necesitan para elogiar una ciudad? Jarmusch garantiza que con uno de ellos es más que suficiente, pero ha de ser uno que consiga emocionarnos escribiendo un poema de amor a una cerilla, un autor que, con el paso del tiempo, consiga hacer olvidar a la gente qué vino primero, si las calles de Paterson, o los versos de Paterson. | ★★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / 69º Festival de Cannes


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2016. Título original: Paterson. Director: Jim Jarmusch. Guion: Jim Jarmusch. Fotografía: Frederick Elmes. Duración: 113 minutos. Productora: Amazon Studios / Animal Kingdom / K5 Film. Montaje: Affonso Gonçalves. Diseño de producción: Mark Friedberg. Diseño de vestuario: Catherine George. Intérpretes: Adam Driver, Kara Hayward, Golshifteh Farahani, Sterling Jerins, Luis Da Silva Jr., Frank Harts, William Jackson Harper, Jorge Vega, Trevor Parham, Masatoshi Nagase, Owen Asztalos, Jaden Michael, Chasten Harmon, Brian McCarthyPresentación oficial: Festival de Cannes 2016.

    Paterson poster
    Feelmakers

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