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    Crítica | Yo, él y Raquel

    Me and Earl and The Dying Girl

    Respect the research

    crítica de Yo, él y Raquel (Me & Earl & the dying girl, Alfonso Gomez Rejon, 2015).

    La muerte es la única fase del ciclo vital a la que todavía no nos hemos acostumbrado. Es parte de nosotros desde el inicio de la existencia y, sin embargo, no conseguimos aceptarla como el final inevitable de nuestras vidas. Posiblemente, cuando el momento llegue, todos terminaremos por asumir el ineludible destino; no obstante, es la muerte de los otros con la que más reticencias mostramos. Y no nos engañemos, no es por preocupación, ni por un sentimiento de lástima hacia el moribundo, sino por simple egoísmo. El hecho de que una persona cercana deje de existir nos afecta de tal modo que los servicios —o el papel, si no queremos sonar tan mercantilistas— con los que dicho amigo o familiar nos proveía de manera regular, ya sean prácticos (un pertinente cambio de aceite en el coche, una esporádica y fructuosa conversación filosófica, un tarro de deliciosa mermelada casera…) o afectivos (un beso de buenas noches, una mirada incapaz de ver un solo defecto, una sonrisa en la que refugiarnos cuando todo en derredor es gris…), todos sin excepción, son interrumpidos con efecto inmediato y permanente. Y entonces somos conscientes de que no podemos vivir sin esa persona, o sin sus desinteresadas acciones para con nosotros. Nos entristecemos porque no volveremos a saborear la tan rica mermelada, o porque nunca nos sentiremos tan queridos… no echamos de menos a la persona, sino a la interacción que esa persona tenía con nosotros. En cualquier caso, la muerte no debería de ser un motivo de preocupación para un adolescente que apenas está empezando a adaptarse a la vida. Alguien como Greg, un joven que defiende su privilegiada situación camaleónica en el último año de instituto, ya tiene bastantes problemas y responsabilidades como para además preocuparse por posibles fallecimientos ajenos. Pese a ello, Greg es un buen chico, y cuando su madre le pide que se encargue de entretener a Rachel, una vecina de su edad que acaba de ser diagnosticada con leucemia, hará todo lo posible por animar a su compañera con su torpemente carismática personalidad.

    Así comienza Me and Earl and The Dying Girl (Yo, él y Raquel), con la perfecta relación entre una adolescente en un estado bastante avanzado de depresión, y un amigo a la fuerza (o niñera), cuyo perfeccionamiento en el arte de la ubicuidad, mejorado hasta el punto de convertirlo en todo lo contrario: una pertinaz invisibilidad absoluta muy útil para evitar conflictos con cualquiera de los misteriosos personajes que vagan por el instituto, lo convierte en un compañero perfecto a prueba de hipocresías piadosas. Greg ha trabajado duro durante el período estudiantil para ser inmune a la empatía; su misión consiste en hacerse visible el tiempo justo para pasar inadvertido, que nadie lo eche de menos por su constante ausencia, ni de más por su excesiva presencia. Casi siempre lo encontramos en compañía de su profesor de Historia, un exaltado amante de los tatuajes y con una exagerada obsesión por la investigación académica. Junto a él encontramos a Earl, su inseparable “no-amigo”. Greg y Earl se conocen desde la más tierna infancia aunque, según ellos, su relación se basa en la simple colaboración laboral. El protagonista ha estado expuesto, desde que tiene uso de razón, a las cinefilias de su padre, un amante de las aventuras coloniales de Werner Herzog. Esta influencia ha llevado al propio Greg a la dirección de sus propias adaptaciones de los grandes clásicos, empresa para la cual tuvo que recurrir a Earl como actor principal. Éste vive en su mismo vecindario (aunque en una zona mucho más peligrosa), y tiene un hermano mayor y un perro, que parece haberla tomado con el pobre Greg pues no deja de ladrarle cada vez que asoma su “cara de marmota” por la puerta —el perro tampoco le demuestra mucho aprecio—. Así es precisamente como se afianza un buen compañerismo entre socios, compartiendo almuerzo a diario, trabajando juntos por las tardes para la creación de su extensa filmografía (hasta 42 remakes realizados), y relajándose con un esporádico helado tras el esfuerzo realizado a lo largo del largo día. Al fin y al cabo, ¿Quién decide de qué se compone una amistad? Todo cambiará inexorablemente cuando Rachel entre en sus vidas. Greg pasará de inmediato de la habitual condescendencia impostada con la que trata a todo el mundo, a una empatía afectiva genuina que lo volverá más torpe en su elaborada coartada. De esta manera perderá su preciada invisibilidad y comenzarán a lloverle enemigos irreconciliables, al tiempo que da inicio un nuevo episodio de su vida: La amistad condenada.

    Me and Earl and The Dying Girl

    «El planteamiento narrativo de la cinta sigue la lógica utópica de las relaciones hilarantemente-disparatadas propias del cine indie. Su enorme valor se lo otorga la realista composición del adolescente protagonista: un sagaz e inseguro artista».


    La película queda pues estructurada a modo de diario personal por medio de una división episódica, explícitamente delimitada gracias a la intervención de unos oportunos rótulos, en función de las diferentes etapas en las que se segmentó ese último año de instituto en la vida del protagonista. Asimismo se llevará una cuenta de los días transcurridos desde el inicio de esa “amistad condenada”. El planteamiento narrativo de la cinta sigue la lógica utópica de las relaciones hilarantemente-disparatadas propias del cine indie. Pese a que las idílicas situaciones de comprensión entre padres e hijos, o entre amigos, tienen ese aire cómico-absurdo basado en una completa falta de parecido respecto a un escenario similar en condiciones reales, el cinismo del guion resulta muy agradecido a la hora de plantear el mensaje tragicómico. No hay que olvidar que, pese a la constante carcajada presente durante los dos primeros tercios de metraje, una de las protagonistas del filme padece una enfermedad terminal. Pero como decíamos, eso no puede ser un motivo de preocupación dentro de una etapa de descubrimiento como es la adolescencia, así que nos quedamos más tranquilos con la optimista lectura del narrador en primera persona quien, ahora que hemos podido llegar a conocerlo mejor, gracias a su sincera relación con Rachel, nos damos cuenta de que, aparte de ser un sagaz artista, es una persona extremadamente insegura y con un elevado grado de autocrítica, rayando en el auto-compadecimiento constante. 

    Me and Earl and The Dying Girl

    «Un emotivo homenaje al séptimo arte».


    Y por fin entramos en el último tercio de metraje, donde todo se precipita hacia el desenlace de manera sorprendente y dramática. Las relaciones entre personajes son puestas a prueba al tiempo que aflora ese egoísmo del que hablábamos al comienzo. Este dramatismo argumental no sólo es paliado por los constantes guiños humorísticos del guion, sino también por el rápido transcurrir de los acontecimientos. Una lente muy ágil se las ingenia para dinamizar cada encuadre, tanto estático, gracias al enfoque de un elemento protagonista en primer plano y la ocurrencia de diversas acciones secundarias en el fondo, como dinámico, con el uso de un gran abanico de recursos entre los que destacan la multitud de barridos horizontales y contrapicados aberrantes que nos ofrecen una perspectiva muy personal de la historia. Una historia en la que se realiza un emotivo homenaje al séptimo arte, y no únicamente al cine como medio de representación artística, gracias al amor incondicional que Greg siente por los clásicos y a su afición por recrearlos a su manera, dando como resultados títulos tan simpáticos como “The Seven Seals” o “2:48 PM Cowboy” entre otras 40 cintas; el verdadero homenaje llegará de la interpretación de ese mensaje que queda inmortalizado gracias a una obra. El artista, incapaz de expresarse y defender su creación a perpetuidad, dejará ciertas pistas sobre sí mismo en cada fotograma filmado, párrafo escrito o, simplemente, en el dibujo de una ardilla recorriendo un bosque de papel. Una ardilla que será la responsable de guiarnos en un nuevo proceso de descubrimiento de ese “artista” a quien no habíamos llegado a conocer por culpa de nuestro inmovilismo, esa zona de confort en la que nos establecemos al margen de posibles contratiempos o sorpresas y que, tarde o temprano, nos veremos obligados a abandonar por la fuerza y de la manera más dolorosa posible. | ★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Dublín


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2015. Título original: Me & Earl & the Dying Girl. Director: Alfonso Gomez-Rejon. Guion: Jesse Andrews. Fotografía: Chung-hoon Chung. Música: Brian Eno, Nico Muhly. Duración: 105 minutos. Productora: Fox Searchlight Pictures / Indian Paintbrush. Montaje: David Trachtenberg. Diseño de producción: Gerald Sullivan. Diseño de vestuario: Jennifer Eve. Intérpretes: Thomas Mann, Olivia Cooke, RJ Cyler, Nick Offerman, Connie Britton, Molly Shannon, Jon Bernthal, Katherine C. Hughes, Matt Bennett, Masam Holden, Bobb'e J. Thompson, Chelsea T. Zhang, Gavin Dietz, Edward DeBruce III, Natalie Marchelletta. Presentación official: Festival de cine de Sundance 2015 (Ganador).

    Póster: Me and Earl and The Dying Girl
    El fulgor efímero

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