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    Crítica | Corn Island

    Corn Island

    La isla de Babel

    crítica de Corn Island (Simindis kundzuli, George Ovashvili, 2014).

    El Festival de Karlovy Vary es uno de los más tradicionales del viejo continente. Ubicado en un lujoso balneario checo, al que solían veranear las élites burocráticas de la Unión Soviética y donde ahora resulta patente el nuevo capitalismo de la zona, el mencionado certamen reúne cada año a principios de julio una cosecha interesante de cine de autor de Europa central y del este, además de recuperar en secciones paralelas títulos más reconocibles presentados antes en Cannes, Berlín o Sundance. Pero precisamente el hecho de que este festival venga casi a remolque de los anteriores, y teniendo en cuenta también su enfoque limitado, conlleva que la apuntada Sección Oficial no suela ofrecer cine especialmente llamativo. Se presentan películas casi siempre interesantes, pero les suele faltar la ambición o la trascendencia necesarias para llegar a un público más amplio y ser recordadas más allá de la clausura del evento. Pues bien, una clara excepción a esta tendencia sería la ganadora indiscutible de la última edición, que tras alzarse con su Globo de Cristal, ha recorrido durante el pasado año multitud de certámenes menores de todo el mundo, donde igualmente ha sido galardonada. Sólo le ha faltado aparecer en la terna final de las candidatas a mejor cinta extranjera en los Óscar. En cualquier caso, este viernes llega por fin a nuestra cartelera.

    Titulada Corn Island, sin traducción, estamos ante una amplia coproducción europea, en que participa la propia República Checa, aunque la historia y su director, George Ovashvili, son naturales de Georgia. En concreto Ovashvili nos sitúa en el río Enguri, que traza la frontera entre dicho país y la República de Abjasia, en el contexto de un conflicto bélico que se prolonga desde la guerra civil georgiana de 1992. En la zona concurren por tanto ambas nacionalidades, al igual que soldados rusos que intervendrían asimismo en la citada guerra. Toda la película transcurre pues en el islote que le da título, pero a la vez sirve de escenario multicultural, e incluso podría decirse que representativo de la humanidad a secas. De esta manera cobra especial significado el que dicho título se haya dejado en inglés al estrenarse el filme en España. Al margen de los militares que hacen acto de presencia en contadas ocasiones, recorriendo el río en lanchas de motor, los personajes son sólo dos: un abuelo y su nieta. Él encarna la experiencia del agricultor tradicional, profundamente apegado a su hogar y oficio; y ella la esperanza de una nueva forma de vida, aunque aún mantenga sus lazos familiares y patrióticos. Así, el pasado y el futuro, en la piel de un hombre y una mujer sin nombre propio ni rasgos específicos, se unen en un retrato de decidida vocación universal.

    Corn Island

    Corn Island

    Corn Island

    En este marco, de ambos protagonistas apenas se nos revela nada a lo largo del metraje, salvo en una conversación en la que, con tres o cuatro diálogos, queda dicho en realidad todo lo que debemos saber de ellos. La niña ha terminado la escuela pero le queda un año más para obtener su diploma, y el viejo confía en poder asistir al evento, ya que sus padres están ausentes. Aprendemos pues que la nieta es huérfana y le cuida su abuelo, razón por la cual ambos deben convivir y trabajar juntos en esa pequeña isla recién formada en el agua. En los créditos iniciales se nos informa de que tal efímero montículo resulta especialmente fértil para cultivar maíz, y a ello asistimos durante el resto de la narración, desde la llegada del abuelo a la tierra virgen hasta la resultante plantación final, pasando por el labrado, la siembra o la construcción de la casa de madera y paja en la que van a habitar mientras estén allí. Tal evolución se nos muestra en pantalla con detalle y paciencia, sucediéndose los días mediante elipsis invisibles, trabajando ambos personajes en armonía aunque sin apenas intercambiar palabra. Más allá de la antes citada conversación, las frases que pronuncian entre ellos o con los soldados esporádicos se limitan a cuatro o cinco intercambios muy breves, pero que aportan datos significativos, en especial sobre la susodicha mezcla de ciudadanías, a lo largo de toda la película.

    La economía narrativa aparece por tanto como uno de los muchos logros de la misma. Renunciando prácticamente al habla, el drama se centra en la acción que rodea la agricultura, pero también en los gestos y miradas que cruzan ambos protagonistas, y que resultan sorprendentemente reveladores del sufrimiento y la soledad que acumulan. En esta línea es igualmente magistral el modo en que Ovashvili y director de fotografía Elemér Ragályi alternan los planos generales para localizar, con vocación casi documental, el paisaje y su transformación tanto natural como artificial; con los primeros planos de los personajes, que en su quietud y su emoción contenida nos recuerdan incluso a las grandes producciones del cine mudo. La progresión técnica desde un punto de vista puramente visual, usando recursos como las sombras de los actores proyectadas en su entorno o los movimientos de cámara para desvelar su cambio de situación desde el plano anterior, permite que la fluidez narrativa sea óptima. Y la riqueza de la planificación sortea de paso el carácter repetitivo en que podría caer la historia, dedicando el tiempo justo a cada una de las fases de la plantación y los acontecimientos bélicos que cobran mayor relevancia en la segunda parte del metraje.

    Corn Island

    Corn Island

    Corn Island

    «Corn Island es una obra maestra.»


    Pero volviendo a las cualidades técnicas de la cinta, si las mismas son admirables en cuanto al trabajo de la imagen y el montaje, la música y el sonido no se quedan atrás. La primera, a cargo de Iosif Bardanashvili, acentúa el componente poético del conjunto, huyendo con todo del clasicismo más obvio para ajustarse a un relato que podría considerarse exótico, dada la ausencia total de civilización urbana y la esencia cultural y geográfica en la que se desarrolla. Una escena particularmente bella al respecto es aquella en la que se introduce a la nieta, y con ella la banda sonora, plasmando como es a través de este personaje por el que efectivamente surge la posibilidad de una vida más abierta. Por su parte, el sonido de ambiente dota de presencia propia a los elementos de la naturaleza que confluyen en tal lugar, como son lógicamente el agua y la tierra, pero también la lluvia, el viento o el fuego. De hecho, la flora y la fauna cuentan con una dosis de protagonismo que manifiesta el mencionado alcance universal de la historia, a la vez que adelanta un cierto componente bíblico y simbólico que por definición va más allá de lo humano. El núcleo del drama no es otro que el trabajo persistente del hombre sobre la tierra, momento al que la literatura europea dieciochesca y decimonónica ha rastreado en varias ocasiones el origen de la sociedad.

    Estaríamos pues ante una especie de estado de la naturaleza que, con todo, lleva en él una violencia latente e inminente. En este caso la misma queda claramente ilustrada por la lucha armada, pero también por sus consecuencias indirectas, como la escena nocturna en que unos soldados matan a un ciervo que se había refugiado en el islote. Luego lo arrastran por los brotes verdes para cargarlo en su bote, dejando en la plantación rastros de sangre que a la mañana siguiente la nieta descubre, más desconsolada por este detalle visible de la muerte que por el parcial estropicio causado a la plantación. Mientras tanto, sin embargo, el abuelo confía en poder terminar su labor y cosechar sus frutos. Y la meticulosidad que le dedica, de la que se nos hace directamente partícipes, permite que sintamos verdadero desasosiego cuando, inevitablemente, la empresa fracasa. Lo hace en un clímax portentoso, que en una tempestad implacable culmina y resuelve los distintos frentes del drama, desde el apuntado contraste entre los protagonistas hasta su subtexto metafísico. A ello sigue aún una escena final que marca la estructura simétrica de Corn Island, reflejando el propio ciclo de la naturaleza. Se trata de un detalle que refuerza más si cabe el desgarrador humanismo de una película que no podemos sino calificar de obra maestra. | ★★★★★ |

    Ignacio Navarro
    Redacción Madrid


    Ficha técnica
    Georgia, Alemania, Francia, República Checa, Kazajistán & Hungría, 2014. Título original: Simindis kundzuli. Presentación: Karlovy Vary 2014. Dirección: George Ovashvili. Guion: George Ovashvili, Roelof Jan Minneboo & Nugzar Shataidze. Producción: 42film / Alamdary Films / Arizona Films / The Kino Company / Axman Productions / Focus – Fox Studio. Fotografía: Elemér Ragályi. Música: Iosif Bardanashvili. Montaje: Sun-min Kim. Intérpretes: Ilyas Salman, Mariam Buturishvili, Irakli Samushia, Tamer Levent. Lectura complementaria: Crítica de Emilio Luna desde el Festival de Karlovy Vary.


    Póster: Corn Island
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