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    Gijón 2019
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    Ars longa, Vita... lina

    Crónica + palmarés del 57 Festival Internacional de Cine de Gijón.

    No podía haber otro final. Tras otorgar sus dos anteriores premios principales a sendos gigantes del cine contemporáneo como Eugène Green y Hong Sang-soo, esta vez Gijón ha dado sus laureles a Pedro Costa. Con Vitalina Varela, que ya ganó el Leopardo de Oro en Locarno, el cineasta portugués ha levantado un monumento cinematográfico, nueva entrega de su trabajo sostenido a lo largo de casi tres décadas con la comunidad caboverdiana del barrio de Fontainhas (Lisboa). Con una metodología de trabajo propia del documental pero una construcción puramente ficcional, Costa nos ha deslumbrado con sus juegos de sombras, sus logros con las texturas de cine digital y su tratamiento en clave fordiana de los elementos naturales. Pero, sobre todo, con la enorme reverencia con la que sus cuadros contemplan a Vitalina, una protagonista que ya se dejaba ver en algunas escenas de Caballo dinero, y el resto del elenco, marginados del sistema a los que las imágenes restituyen su dignidad. En un coloquio con el público, Costa expresó su resistencia ante los modos de producción dominantes y su fe en que el hacer películas pueda ser balsámico para sus actores. El premio, más que un reconocimiento que ya tiene ganado, supone una ayuda económica para que el portugués pueda seguir trabajando con estas convicciones. De paso, nos deja una de las grandes películas de lo que llevamos de siglo y —para el que suscribe— la cumbre de su filmografía.

    El entorchado a Costa, además, entraña una coherencia con la línea programática del festival, muy centrada este año en la relación entre el cine y las desigualdades sociales —o al menos, la línea que podemos reconstruir desde nuestra experiencia parcial, puesto que nuestra cobertura se ha limitado a cinco días y no hemos visto todas las películas de la sección oficial—. Del diálogo entre el pasado y el presente de la izquierda, por ejemplo, se nutren dos documentales como El trabajo, o a quién le pertenece el mundo de la directora asturiana Elisa Cepedal y Santiago, Italia del veterano Nanni Moretti. Con la primera, el certamen ha dado espacio a uno de los temas locales candentes: los movimientos de protesta de los mineros. La mirada de Cepedal no es nada complaciente con esa combatividad tan característica del principado. Su película, mezcla de ensayo historiográfico, collage fílmico y convivencia con las actividades sindicales de los mineros, se enfrenta a preguntas inevitables. ¿Los mecanismos de negociación y presión callejera de la izquierda tradicional han dejado de tener validez en una sociedad posindustrial? ¿Son válidas las luchas de los mineros cuando hay algo tan ineludible como que la demanda de su materia prima —el carbón— ha caído por las nuevas políticas ecológicas? ¿Hasta qué punto puede ser vista de forma elegiaca la desaparición del paisaje de chimeneas humeantes y moles de hormigón que este sistema de producción ha dejado en el campo asturiano? Cepedal sugiere todas estas cuestiones a la vez que diversifica las fuentes del filme para dar una dimensión histórica a las contradicciones que plantea. En esta línea, por ejemplo, funciona la larga inserción de una película alemana de los años treinta a la que sigue una escena en la que los vecinos de la cuenca minera la ven en un cine. Su documental, pues, no se limita a registrar el presente o recuperar las imágenes del pasado. Sino que busca por nuevas vías sus puntos de encuentro.

    Moretti, a su vez, dibuja una comunidad de antiguos exiliados chilenos del régimen de Pinochet que llegaron como refugiados a Italia en los años setenta. Santiago, Italia plantea un recorrido que va de la elección de Salvador Allende a un presente italiano en el que, sin mencionarlo, se palpa la oscura sombra de Matteo Salvini. El cineasta italiano saca un enorme partido de los modos más convencionales del documental, nutriéndose básicamente de entrevistas de busto parlante e imágenes de archivo. El relato que construye va trazando, de forma sutil pero reveladora, que los testigos que prestan su voz a la cámara siguen formando una comunidad estrecha en el país transalpino. Y que evocan la solidaridad y la calidez que los italianos les dedicaron a su llegada al país, en contraste sangrante con la actualidad del país. El relato es abierta y orgullosamente parcial, como el propio Moretti reconoce en una entrevista con un antiguo torturador de la dictadura chilena.

    por Miguel Muñoz Garnica
    noviembre 24, 2019

    Crónica + palmarés + top del 57º Festival Internacional de Cine de Gijón

    por Miguel Muñoz Garnica | noviembre 24, 2019

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