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    Estíbaliz Urresola Solaguren
    Estíbaliz Urresola Solaguren

    El pasado viernes, Estibaliz Urresola abría la sección Zinemira del SSIFF con 20.000 especies de abejas, mirada brillante a una infancia trans. Emocionada por presentar su ópera prima en el Kursaal tras su paso por festivales y salas, hablamos con ella sobre su proceso y los temas que explora la cinta.


    Entrevista a Estíbaliz Urresola Solaguren
    Texto de Kevin Rodrigo Pérez | | San Sebastián | Foto: Laia Lluch.


    La película bascula entre un fuerte compromiso con el punto de vista de Lucía y la mirada de Ane, que es nuestro punto de entrada. ¿Cómo te planteas esta dualidad?

    En la escritura del guion, muchas voces me decían que me centrara única y exclusivamente en el viaje de Lucía. Pero a mí una de las cosas que más me emocionaba de los relatos de estas familias que había entrevistado era cómo contaban que no eran tanto los niños y niñas quienes habían hecho un tránsito, sino que había transitado la familia al completo. Si había cambiado algo, era la mirada de los demás respecto a ellos. Creo que esto nos interpela a todos, porque no es que estas personas tengan un problema, sino que parece ser que lo tiene el entorno que les rodea o la sociedad que les mira. Para muchas de estas familias, transitar había sido sanador para los vínculos familiares, y era importante resaltarlo en la peli. Se ha hablado muchísimo de los aspectos más dramáticos y conflictivos de las realidades trans y no tanto de lo que pueden aportar. Me interesaba mostrar la oportunidad que representan para el colectivo, sea la sociedad o la familia, de aprender a parar, a mirarnos, comprendernos y respetarnos de una forma nueva.

    ¿Qué ha supuesto mantener esa decisión?

    Es una transformación del grupo, y eso implicaba balancear mucho los pesos. Ha sido mi mayor desafío en cuanto al guion: estar realmente segura de que todos los personajes me permitían hablar de lo mismo desde distintos ángulos, que aportaban al debate y hacían un recorrido significativo en relación al de Lucía. Con todo el miedo del mundo a estar errando y provocando que el espectador no se identifique ni se emocione con nadie. Pero creo que todo ese trabajo ha hecho su efecto, creo que está equilibrado.

    ¿Cómo ha sido trasladar esa doble vertiente a la imagen?

    He querido sintetizar esta transformación familiar en la relación madre-hija. Ambas son protagonistas de la historia y quería retratarlas de forma distinta. La película comienza más próxima a Lucía, y la madre va conquistando el primer plano a medida que transita por sus pruebas y descubrimientos. En cambio, Lucía lo va perdiendo conforme el entorno la asimila, con el precio que tiene que pagar por ello. Hacen un camino inverso y se cruzan de alguna forma. Con Lucía, apostamos por bajar la cámara a la altura de su mirada y que predominaran los entornos naturales, usar luz natural al máximo para vivir desde su punto de vista el descubrimiento del mundo. Sin embargo, al interactuar más seriamente con su entorno, esa mirada pasa a ser la del adulto; es mirada, leída, juzgada. Me interesaba reflejar la tensión entre individuo y grupo, esa intersubjetividad. El primer plano que vives con un personaje y su fuera de campo, y los planos conjuntos en los que ese personaje es mucho más pequeño y tienes que decidir a quién mirar en esa suerte de coreografía.

    Esta visión de la familia como un organismo en el que encajar atraviesa tu cine.

    Pienso mucho en cómo nos convertimos en quiénes somos, cuánto de nuestra noción de identidad puede ser entendida como algo autónomo que nos pertenece solo a nosotros, y hasta dónde está interferido por la mirada del otro. Esa mirada en primera instancia sucede en la familia y nos construye de forma inequívoca. Cómo somos vistos por nuestros padres, madres y hermanos, qué lugar ocupamos y cuánto margen nos deja ese rol para poder ser todo lo que somos en realidad, que excede siempre cualquier preconcepción.

    En 20.000 especies, el lenguaje, el nombre sobre todo, es el elemento que permite abrir una negociación entre el individuo y la familia.

    Damos por hecho el nombre. Las personas cis, para quienes nuestro nombre no es un impedimento ni nos genera violencia, no nos damos cuenta de cuántas veces al día somos nombrados en lo social, en lo familiar, en lo institucional. Constantemente. Una persona trans me dijo en Berlín que, gracias a la película, creía que alguien cis podría darse cuenta de lo que representa este nombramiento externo cuando es violento para el sujeto. No solo por el nombre, sino por la lectura que hacen de ti. Hay una voluntad de retratar situaciones en las que las personas cis no repararíamos, algo tan naif como el acceso a unas piscinas, un carnet que te identifica, ese nombre o ese sexo que segrega el espacio público. Cuando comulgas con ese aparato social, son cuestiones a las que no otorgas importancia, pero a nada que haya una disidencia estás constantemente dándote con barreras en cualquier ámbito de tu día a día. Quería preguntarme cuánta libertad tenemos de establecer las normas de ese contrato.

    De alguna forma, tomas prestadas imágenes o ritos de la religión, la fe es un gran tema en la película. Me impactó la escena del «bautizo» de Lucía.

    El bautismo me servía para conectar esas cosmovisiones que representan la abuela y la tía abuela, que para mí son como las dos caras del País Vasco. La abuela representa esa tradición ligada a la Iglesia, a la religión cristiana. Y la tía abuela es esa tradición más cercana a la tierra, a los ritos precristianos o a la lengua, a la cultura y a los ancestros. Dentro de ese ámbito, está el episodio que ella relata de cómo había que presentar a las abejas cualquier novedad que sucediera en la familia, si llegaba un ser nuevo se les presentaba. Eso sucedía antes en el País Vasco. El símbolo del bautismo como bienvenida a la comunidad tenía estos dos reflejos, el religioso y el pagano. Al personaje de Lucía todo le vale, todo lo que le ayude a ganar confianza para presentarse en la familia como es. Ella transita por esos universos que le presentan estas dos figuras femeninas tan distintas y va cogiendo elementos de ambos para construir su propia cosmovisión, su propia fe en sí misma. Solo la mirada de un niño nos permite revisar lo que para nosotros está cargado de significado, y también de opinión y prejuicio, como puede ser la religión cristiana con sus símbolos y pasajes. Ella utiliza lo que puede, y si no le funciona seguirá buscando, pero su determinación está detrás de todo.

    En tu cine, la ficción es una herramienta de conocimiento que te permite buscar algo en la realidad. Tú, que también has trabajado en documental y formatos híbridos, ¿cómo afrontas ese enigma de lo real?

    No lo sé. Pero es algo que me obsesiona bastante. Mis anteriores cortometrajes, tanto Cuerdas como Las declinaciones (Nor, nori, nork), empiezan con un proceso de documentación muy fuerte con la comunidad. De forma orgánica, yo voy tejiendo una ficción a partir de sus relatos, pero establezco tal vínculo que no puedo dejar de pensar en ellos para interpretar a esos personajes que he escrito. De hecho, las mujeres de Cuerdas hacen un cameo en la película como las señoras del banco, y el abuelo de Niko es el apicultor real con el que yo hice mi investigación durante dos años. De alguna manera, esa realidad acaba trascendiendo el dispositivo de ficción. Aunque haya un guion, hay algo que es de verdad; ahí pasan cosas. En Cuerdas, al juntar a las mujeres reales con actores profesionales, surgía un código que me gustó y que he buscado en 20.000 especies, no tanto porque no fueran actores profesionales, sino por ser niños o niñas que actuaban por primera vez en cámara. Y no es que esté improvisado, no está nada improvisado, pero hay algo que no es del todo obtenido de la realidad ni del todo impostado. Ese espacio intermedio me interesa mucho.


    por Kevin Rodrigo Pérez
    septiembre 26, 2023

    Entrevista a Estíbaliz Urresola Solaguren, directora de «20.000 especies de abejas»

    por Kevin Rodrigo Pérez | septiembre 26, 2023
    || Críticas | Berlinale 2023 | ★★★★☆
    20.000 especies de abejas
    Estíbaliz Urresola
    La expedición del yo


    Luis Enrique Forero Varela
    73ª Berlinale |

    ficha técnica:
    España, 2023. Título original: «20.000 especies de abejas». Dirección: Estíbaliz Urresola Solaguren. Guion: Estíbaliz Urresola Solaguren. Compañías productoras: Gariza Films, Inicia Films, ETB, ICAA, Movistar Plus+, RTVE. Fotografía: Gina Ferrer. Intérpretes: Sofía Otero, Patricia López Arnaiz, Ane Gabaraín, Itziar Lazkano, Martxelo Rubio, Sara Cózar, Miguel Garcés, Unax Hayden, Andere Garabieta. Duración: 129 minutos.


    anexo| Cobertura de la Berlinale 2023


    La directora vasca Estíbaliz Urresola Solaguren (Bilbao, 1984) ha decidido atreverse, para su debut en el largometraje, con una película ambiciosa en contenido, como toda primera obra, pero con una mirada muy personal y con un sorprendente manejo de la los matices emocionales, demostrando cómo su buen uso de los recursos cinematográficos no solo se debe a su experiencia —premiada— en el campo del cortometraje, sino, desde luego, a un talento indiscutible. 20.000 especies de abejas, presentada a competición en la 73ª Berlinale, es una historia intimista sobre la identidad, sobre la identidad propia y también aquella proyectada o presupuesta por el entorno que nos rodea. Cuando estas dos no se alinean o simplemente difieren una de la otra, se produce inevitablemente un conflicto desolador, dado que la imagen de aquella persona que nosotros somos para los ojos de los demás, aun siendo externa, tiene tanta capacidad de influencia, que puede llegar incluso a perturbar la nuestra propia, distorsionándola y sumiéndonos en un estado perpetuo de incertidumbre. Aitor (Sofía Otero) tiene ocho años y un mundo interior vasto. Su madre, Ane (Patricia López Arnaiz), sospecha que hay algo que le aqueja, tal vez algo difícil de explicar verbalmente, pero no alcanza a comprender del todo la situación. Aitor tampoco. Sus tribulaciones exceden lo que se presupondría —equivocadamente— de un niño, una niña, y son tan intensas que sobrepasan cualquier circunstancia. De modo que, la excursión veraniega hacia el pequeño pueblo vasco en el que creció su madre no desvanece en absoluto esta marea emocional, sino que, muy al contrario, la agita y potencia; porque un viaje es siempre un espacio para el cambio y el descubrimiento.

    En esta región montañosa y opulenta, donde no todos los vecinos conocen su existencia, pronto repara en que puede ser quien quiera. Aitor decide utilizar el apodo «Coco», que en otro contexto le causaría incomodidad, para externalizar su viaje interior. Ni masculino, ni femenino, con este nombre se presenta en una noche de San Juan, festividad a medio camino entre lo religioso y lo profano. A partir de aquí se hace patente la mayor virtud de Urresola Solaguren a la hora de retratar esta búsqueda del Yo: la sensibilidad. La cámara de Gina Ferrer García se mantiene cerca de los pequeños rituales colectivos, las conversaciones y juegos infantiles, prestando atención con detalle a cómo Coco se define frente a quienes acaba de conocer, mediante pronombres como herramientas de autoafirmación, no sin evitar la presencia del conflicto interior del que hablábamos un poco más arriba. Coco se enfada cuando los mayores se acercan a pedirle un beso, un abrazo. Rehúye con incomodidad el contacto físico, pues hay algo en ese cuerpo suyo que, cada vez tiene más seguridad, no representa de un modo exacto quién se siente, quién es. Situaciones como la piscina municipal, en la que ve su pequeño cuerpo expuesto a la comparación y el inevitable escrutinio de sus semejantes, o el cuarto de baño público, donde la decisión acerca de cuál, de ambos géneros, es el apropiado, le causan una ansiedad profundamente dolorosa que no es capaz o teme confesar a su madre, a pesar de los esfuerzos de esta por estar ahí, por escuchar y amar a Coco sin condiciones, incluso por encima de los propios defectos de Ane, que no son más que un reflejo de la relación maternofilial forjada en este mismo pueblo, años atrás. Porque Lita (Itziar Lazkano), la madre de Ane parece satisfecha en una constante actitud de reproche y crueldad como única herramienta de comunicación.

    Los días de Coco discurren en este agitado viaje constante. La amistad que Coco forja con la vecina de casa de su abuela llega con la inocencia, sin los prejuicios adultos ni la pesada carga del miedo a lo desconocido, al rechazo a la otredad, y simplemente ocurre como un proceso espontáneo de aceptación mutua, convirtiéndose en el lugar donde Coco puede expresarse con absoluta libertad y sinceridad. Y esta sensación de aceptación, de pertenencia, pronto va otorgándole un poquito más de seguridad para continuar su búsqueda de identidad. Al contrario que la abuela, Lourdes (Ane Gabarain), su tía abuela y tía de Ane, muestra un lado mucho más comprensivo, escuchando a Coco hablar sobre sí en pequeños juegos metafóricos referidos a la cría de abejas, tradición ancestral en la familia. Coco se refiere a sí misma como la reina, y su tía, la cuidadora. Y la mujer la acepta sin fisuras, por encima de sus propios prejuicios correspondientes a la edad, y le narra una hermosa historia: décadas atrás, cuando un bebé llegaba al mundo, sus ancestros se acercaban a la colmena, la golpeaban delicadamente varias veces con un palo, y pedían a las abejas el regalo de la miel, el alimento, como celebración de la nueva vida. Al otro lado del espectro, cuando alguien en la familia fallecía, el ritual se repetía, llamando gentilmente a la puerta de los insectos, para solicitarles cera con la que confeccionar cirios funerarios. La colisión en el interior de Coco, quien ha encontrado un nombre que le sienta bien, Lucía, y su familia, su padre (Martxelo Rubio), su abuela, su madre —cuya presencia constante y quizás un poco torpe preocupación le causa en ocasiones asfixia—, resulta lamentablemente inevitable. Chocan estas dos percepciones, la exterior, impuesta, y la interior, autodescubierta, que sumen a la niña en un melancólico estado de culpa, preguntándose entre lágrimas por qué nació con un cuerpo que no es el suyo, que no la define, un cuerpo como una cárcel, por qué ha de sufrir tanto a una edad tan corta. Aquí destaca por encima del conjunto la soberbia actuación de Sofía Otero, cuyo talento es parte esencial del notable acabado final del filme.

    20.000 especies de abejas es una película valiente, capaz de exhibir en pantalla el paisaje emocional de la infancia de manera tierna y honesta, sin quitarle un ápice de importancia, sin trivializar la intensa lucha identitaria ni recurrir a elementos manidos o recursos fáciles para potenciar el drama. Quizás su único error tiene que ver con la ambición de Urresola Solaguren en esta ópera prima. Alrededor de la historia de Aitor-Coco-Lucía orbitan otros marcos dramáticos, como la compleja relación de Ane con su madre, con su padre; la cercana posibilidad de un divorcio entre Ane y Gorka, su marido y padre de los niños, y los intentos de esta por ocultar la situación; la presencia del catolicismo y el concepto de la fe —el clímax de la película ocurre tras un bautizo al que Lucía decide acudir de la manera que se siente más ella misma, encontrándose no con el rechazo sino con la incomprensión de su familia—. Estos meandros narrativos, a pesar de ser relativamente relevantes para el desarrollo general, acaban, en opinión de quien escribe estas letras, restándole la fuerza y la intimidad a la exploración interior de su protagonista. En cualquier caso, más allá de algunas licencias, lo que está claro es que esta ópera prima exhibe una enorme sensibilidad y destreza fílmica, y su destacable conjunto final merece la ovación a su directora, cuyo talento artístico queda fuera de toda duda. Otro triunfo del nuevo cine (independiente) español.


    por Luis Enrique Forero Varela
    abril 22, 2023

    Crítica | 20.000 especies de abejas

    por Luis Enrique Forero Varela | abril 22, 2023

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