Ópera NeobaRock
Crítica ★★★★ de Baby Driver (Edgar Wright, Reino Unido, 2017).
La música ha pasado a ocupar una posición protagonista en las rutinas del ser humano contemporáneo, y no sólo como divertimento o complemento relajante, sino también como un inestimable ritual de preparación al trabajo físico o mental por medio de estímulos psíquicos condicionantes de nuestro rendimiento. De hecho, existen estudios que subrayan lo pernicioso de llevar esta práctica al extremo, sobre todo en el ámbito deportivo, pues podría inducir a la persona a sobrepasar su límite fisiológico de tolerancia al esfuerzo. No es de extrañar que en la mayoría de competiciones deportivas oficiales, el uso de dispositivos portátiles de música sea considerado como dopaje. Pese a ello, cada vez son más los
runners que buscan emular a los atletas profesionales ajustando su lista de reproducción con melodías de un elevado ritmo, para tratar de adecuar su zancada al BPM de la música; una práctica popularizada por el medallista olímpico Haile Gebrselassie, quien confesó que usaba la canción
Skatman como estímulo para mantener un ritmo de carrera constante a, nada menos que 135 BPM. El director de cine Edgar Wright presenta, con su película
Baby Driver, un curioso ejemplo de cómo la música puede influir en la destreza de una persona, tomando como ejemplo a Baby, un joven con un problema de audición que utiliza diferentes canciones, organizadas en varios reproductores mp3, para sincronizar todos sus movimientos con una precisión milimétrica y, además, utiliza la cadencia armónica como regla mnemotécnica para recordar cualquier información que le sea dada. Lo que a simple vista puede parecer una curiosidad sin ningún tipo de aplicación real a la vida diaria, se convierte en manos de Baby en uno de los superpoderes más
cool de todos los héroes posmodernos aunque, como era de esperar, una habilidad de estas características en un adolescente supone un inevitable descenso a los bajos fondos de la criminalidad; así, el protagonista ha conseguido hacerse un hueco en el mundo de bandidos y atracadores como el mejor conductor de fugas en atracos.
Wright prosigue con su adecuación de la cultura posmoderna a los cánones estéticos de un cine en constante evolución, premisa que llevará a cabo mediante la yuxtaposición sistemática de elementos de hibridación genéricos y habituales de las tradiciones clásica y moderna, desarrollando de esa manera un producto de gran trascendencia irónica en el que la participación del consumidor tendrá una importancia prioritaria en la interpretación exegética definitiva, pues habrá de afrontar una serie de signos y esquemas semánticos que, o bien son asumidos con superficialidad —lector puramente receptivo para quien están destinadas las numerosas escenas de acción—, o se indaga conceptualmente en ellos —lector cognitivo que disfrutará más con la asociación intertextual—. Aunque es evidente que la aproximación multicultural llevada a cabo en la película es afrontada principalmente con fines expositivos, parece acertado separar de forma individual algunas piezas causales cuya presencia nos podrían llevar a un análisis posmoderno de un texto que, en principio, se presenta como mero entretenimiento adrenalínico. La principal estrategia que
Baby Driver efectúa para que podamos incluirla dentro de este heterogéneo y selecto grupo de piezas posmodernas, consiste en la resemantización del clásico por medio de la superposición de factores modernos y la asociación facultativa con otros textos y, por supuesto, con otras formas de expresión artística, como resulta evidente en el empleo de la música.