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  • Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | El debut

    || Críticas | 74SSIFF | ★☆☆☆☆
    El debut
    Jesse Eisenberg
    El sueño de Norman Rockwell


    Rubén Téllez Brotons
    San Sebastián |

    ficha técnica:
    Estados Unidos, 2026. Título original: «The Debut». Dirección: Jesse Eisenberg. Guion: Jesse Eisenberg. Compañías productoras: A24, Fruit Tree, First Look, Rego Park. Presentación oficial: 74.º Festival Internacional de Cine de San Sebastián 2026. Fotografía: Drew Daniels. Montaje: Robert Nassau. Música: Emile Mosseri. Reparto: Julianne Moore, Paul Giamatti, Jesse Eisenberg, Halle Bailey, Cara Buono, Craig Bierko, Bernadette Peters, Eldar Isgandarov, Colton Ryan, Havana Rose Liu. Duración: 105 minutos.

    El debut comienza con un primer plano de una mujer que está haciendo una prueba para un musical. Un foco de luz la separa de la oscuridad del escenario mientras canta. Cuando termina, el director de la obra le da las gracias y ella se va; entonces la cámara hace un travelling a su alrededor y la sigue desde detrás mientras recorre la parte de la tramoya primero y los pasillos del edificio después. En ese plano está cifrado el supuesto conflicto de la película: la tensión entre la ficción y la realidad que la sustenta. Supuesto, porque Jesse Eisenberg no deja de reproducir a lo largo del metraje los mismos códigos que su protagonista intenta romper debido, precisamente, a que ella misma es un producto de dichos códigos. En pocas palabras: El debut no es un musical, sino una obra sobre cómo se hace un musical que, sin embargo, reproduce su filosofía fundacional. De ahí que el contraste realidad-ficción parezca una parodia inconsciente de la propia película antes que una reflexión que tomar en serio.

    El musical busca, desde sus orígenes, ofrecer una imagen sublimada del capitalismo estadounidense. Estetizar la vida cotidiana sembrando en ella la semilla de la sorpresa: en cualquier momento el mundo puede ponerse a cantar y a girar a tu alrededor y, mientras esperas a que suceda, los brillantes colores de la ropa, los edificios y los muebles harán de la cotidianeidad un atractivo objeto que contemplar acríticamente. Pues bien, Eisenberg utiliza, literalmente, esos mismos preceptos para construir su película. No los toma como punto de partida ni los usa como base, tampoco los desnuda ni intenta desmontarlos: los reproduce con gusto como si estuviese filmando en el Hollywood de los años cincuenta. Mona, la protagonista, es un modelo de la ama de casa promovida por el sueño americano: ingenua y sonriente pese a la infelicidad que le provoca el aburrimiento de su día a día. Su marido trabaja, sus hijos ya van a la universidad y ella no tiene nada que hacer en todo el día. Pese a eso, la sonrisa de oreja a oreja nunca se le borra.

    Un día, decide presentarse a la audición de un musical. Su única experiencia cantando delante de la gente fue en el coro de la iglesia cuando era una niña, pero eso no le impide salir en busca de su sueño. Sorprendentemente, todo el mundo la recibe con una sonrisa en el casting. Todos, menos el propio director, que tendrá que esperar al final de la película para aprender el valor de la bondad. Los planos de El debut son calcos de los cuadros de Norman Rockwell: una felicidad impostada oculta bajo las máscaras de carne y hueso de los actores una realidad que siempre permanecerá en fuera de campo. En un principio, Mona no consigue el papel en la obra, pero como es la protagonista de la película de su vida, el azar se conjura en su favor, haciendo que la actriz originalmente escogida abandone la función y deje libre una vacante que ella ocupará ante la ausencia de más candidatas. Eisenberg se asegura de que los espectadores entiendan que Mona es el centro de la película, lo que equivale a decir que también es el centro del mundo. Escena tras escena, unos zooms caricaturescos se encargan de aislarla de su entorno para dejar en evidencia su condición de elegida. Cuando el director de la obra la llama para comunicarle que el papel es suyo, Eisenberg filma su carrera hacia el teléfono como si de una secuencia de acción se tratase: cortes rápidos, travellings frenéticos; en este mundo perfecto, lo pequeño se convierte en una gran aventura.

    Y lo grande no deja de verse amplificado por unos movimientos de cámara ligeros, volátiles, que siguen la coreografía de cuerpos durante los ensayos del musical con delectación. Todo muy calculado, todo muy preciso y artificioso. Los colores son tan brillantes como las voluntades. El carácter ficticio de los personajes se aprecia en la ingenuidad infantil de su personalidad. Y, pese a ello, Eisenberg sigue empeñado en reproducir las formas del musical sin ningún tipo de cuestionamiento. Hay, por tanto, una doble ficción dentro de El debut: por un lado, está el engaño que vive Mona y que consiste en convencerse de que actuando en la obra borra cualquier rastro del dolor que le produce su situación vital; por otro, está la mentira que la película intenta exportar por el mundo y que no es otra que la felicidad absoluta que sienten todos aquellos que viven el sueño americano. Sin embargo, lo más problemático llega en la segunda mitad, cuando el director de la obra lleva a Mona a un barrio pobre para que pueda conocer de primera mano “la realidad del personaje al que interpreta”. Ese barrio pobre es el prejuicio de clase hecho imagen. Callejones oscuros, sonido de murciélagos, gente desnuda corriendo y robando coches, edificios en los que el crimen es norma, etc. Es abyecto que se presente así un barrio obrero, pero lo es más que Eisenberg filme a Mona “jugando” a trabajar como fontanera desde una óptica cómica. Es justo en este momento en el que la película intenta convertirse en una reflexión sobre la fricción realidad-ficción que articula el arte. Pero partiendo de la base de que aquello que la protagonista —y la película— considera como realidad no es más que otra mentira, el mero hecho de plantear esa discusión parece una tomadura de pelo. ♦


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