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    Crítica | Mad God

    El arte del alma fea

    Crítica ★★★★☆ de «Mad God», de Phil Tippett.

    EE.UU., 2021. Título original: Mad God. Director: Phil Tippett. Guion: Phil Tippett. Productores: Phil Tippett, Sanjay Das, Colin Geddes, Katarina Gligorijevic, Jack Morrissey, Gary Mundell, Jules Roman, Joshua Sobel. Productora: Tippett Studio: Fotografía: Chris Morley y Phil Tippett. Música: Dan Wool. Montaje: Michael Cavanaugh y Ken Rogerson. Reparto: Alex Cox, Niketa Roman, Satish Ratakonda, Harper Taylor, Brynn Taylor. Duración: 83 minutos.

    Entre 2014 y 2018 Phil Tippett fue dando pistas pistas de lo que finalmente se ha convertido en Mad God. En ese periodo de tiempo el director presentó tres cortos de título homónimo en festivales dedicados al fantástico, que anticipaban la historia y el tono del que sin duda es su gran proyecto como creador. Un mundo en ruinas, criaturas mutantes, científicos locos, un niño larva, el último hombre vivo y ese dios loco en sentido figurado al que alude el título anticipaban entonces un imaginario enfermizo que se ha desplegado ahora en todo su esplendor viscoso. Paranoia en stop-motion, Mad God propone un viaje alucinante a la mente de Phil Tippett en el que la historia, leve, es una mera excusa para visitar los territorios prohibidos de su psique, aquellos que no pudieron aflorar en sus trabajos comerciales para Paul Verhoeven, George Lucas o Steven Spielberg. En este sentido la película se erige ante todo en un ejercicio de catarsis y autoafirmación creativa extrema, el último grito quizá del mejor artesano de efectos visuales que ha dado Hollywood después de Douglas Trumbull. Una oda a la forma, al signo, al código y a la (re)presentación audiovisual; a la escritura con imágenes, en definitiva, como manera de ser, estar y reivindicarse.

    Hay muchos calificativos para referirse a Mad God desde el punto de vista estético y sensorial, pues estamos ante un filme que debe verse con ojos no de espectador sino de testigo. Hablamos líneas atrás de viscosidad, pero igualmente válidos serían purulento, supurante, mucoso, repugnante, grotesco, insidioso, sucio, mugriento, tumoroso, crudo, maligno… El diccionario entero del feísmo, de la A a la Z, encaja en la descripción de esta obra calculada al milímetro –Tippett ha empleado tres décadas en terminarla– que no le resultará nueva a los seguidores de su trayectoria como director, pero sí sustancial como summa artis de una sensibilidad única en la industria. En cada fotograma se nota el empeño de Tippet por demostrar su pericia técnica y sabiduría expresiva, lo que le lleva a mezclar con acierto inventarios visuales tan disímiles como la vanguardia artística polaca, la animación checa, el teatro de sombras, los títeres de polichinela, los muñecos de plastilina, la poesía mutante de los surrealistas, la nueva carne cronenbergiana, la escultura de Giacometti y la pintura de Bacon.

    Esa hormigonera de referentes produce una pasta densa y humeante, orgullosamente pútrida en su esencia, con la que Tippett moldea un golem cinematográfico irrepetible, no apto para quienes entienden la animación en su vertiente escapista. Es inútil e innecesario buscarle sentido al argumento, siquiera seguir la historia a partir de una mínima lógica narrativa. No, Mad God es un escenario distópico por el que el público debe dejarse llevar y sorprender hasta las últimas consecuencias; de ahí esa condición testimonial que exige a quienes se acerquen a ella. Como el Resnais de Noche y niebla (Nuit et bruillard, 1955), Tippett sitúa al público en un lugar inconcreto de la cuarta pared para asomarle al horror a la distancia conveniente, ni muy lejos ni muy cerca, la justa para que huela la putrefacción antes de verla. Lo consigue como aquél, con travelling laterales y un montaje brusco que evocan una sensación de descenso constante, de bajada a los infiernos de la noche. Se ha mencionado a Dante en algunos comentarios sobre la película, pero la iconografía y la puesta en escena guardan una relación más estrecha con Milton y las fantasías apocalípticas típicas del anime noventero. Mad God es un grano lleno de pus que explota ante nuestros ojos, infectándolos de dolor y pena por la humanidad en descomposición que retratan sus virulentas imágenes. Esa desesperanza no se encuentra en el autor de La divina comedia.

    Mad God, Phil Tippett.
    Oficial Fantàstic Competición del Festival de Sitges.

    «El cine tiene la facultad de devolver las pesadillas al campo de los sueños, al inconsciente reprimido, y el fantástico es su arma de destrucción masiva más poderosa para lograrlo».


    Fábula existencialista, pues, Mad God se sube a los hombros de Nietzsche para invocar en stop-motion uno de los pasajes más demoledores de Humano, demasiado humano: «Al igual que en las artes plásticas, hay en la música y en la poesía un arte del alma fea, junto al arte del alma bella; y ese arte es principalmente quien ha obtenido efectos más poderosos, quien ha quebrantado las almas, movido las piedras y convertido a los animales en hombres». Tippett nos arroja a la cara un filme molesto en el mejor sentido de la palabra y que probablemente no se estrenará jamás en salas de cine, o, si lo hace, durará en cartel un par de semanas. Para entonces su público natural ya la habrá visto, y el otro, el que necesita verla no querrá hacerlo porque es un espejo cóncavo. Entre las decenas de imágenes que nos arrojan desnudos a este territorio de sangre, vómito y semen, hay una, la del torno quirúrgico que taladra la cabeza del Asesino, ante la espantosa mirada de su único ojo, que resume de manera ejemplar el espíritu de Mad God. El cine tiene la facultad de devolver las pesadillas al campo de los sueños, al inconsciente reprimido, y el fantástico es su arma de destrucción masiva más poderosa para lograrlo.


    Raúl Álvarez |
    © Revista EAM / Sitges Film Festival


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