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    Crítica | La caja

    Los pensares de Pandora

    Crítica ★★★★☆ de «La caja», de Lorenzo Vigas.

    México, 2021. Título original: «La caja». Dirección: Lorenzo Vigas. Guion: Paula Markovitch, Lorenzo Vigas. Productores: Michel Franco, Lorenzo Vigas, Jorge Hernández Aldana. Productoras: Ivanhoe Pictures, Teorema Films. Fotografía: Sergio Armstrong. Montaje: Pablo Barbirieri Carrera, Isabela Monteiro de Castro. Reparto: Hernán Mendoza, Hatzín Navarrete, Cristina Zulueta. Duración: 92 minutos.

    Agitadora, incluso un poco chulesca, la anterior película del venezolano Lorenzo Vigas cultivaba los campos del realismo psicológico para desencajarnos en pleno dilema: ¿aprobábamos –paladeen las sílabas con la tosquedad de un espíritu moralizador algo básico– la relación entre el anciano interpretado por Alfredo Castro (él, siempre tan provocateur) y su prostituto, un jovencísimo pandillero recién arrancado del armario? Desde allá (2015) colocaba en su centro de gravedad una diatriba punzante, de trazo grueso y mano incendiaria, y orquestaba a su servicio una galaxia de expresiones del deseo masculino. Ganaba entonces el León de Oro, gracias al jurado que capitaneaba Alfonso Cuarón. Seis años más tarde, el cineasta cambia el orden de sus cartas: ya no son las fuerzas invisibles del deseo masculino las que mueven los engranajes de una premisa incómoda, sino que es sobre una base –intuida, que nunca explícita– fundamentalmente problemática que se exploran los vastos territorios del recuerdo, de la imaginación y, sobre todo, del anhelo.

    La virtualidad es una hacienda bien labrada en México. Entre 2006 y 2020, allí se registraron 80.517 denuncias de personas desaparecidas, víctimas colaterales de los eternos rifirrafes entre mafias. Los fantasmas pueblan el desierto mexicano y la mente de Hatzín (Hatzín Navarrete), un postadolescente en busca de su padre, al que solo conoce por el ADN de unos restos humanos recién identificados en una fosa común. Junto al cadáver encontraron un carné de identidad, nada más que una cara y un nombre sin sentido que Hatzín hereda con la urna que contiene los restos. El joven estudia el carné con detenimiento, fantasea… Quizás por ello, de camino a casa creerá identificar en un transeúnte cualquiera el rostro a quien pertenece la fotografía impresa en el carné. Alerta flechazo, pues su padre podría ser él o cualquier otro. No importa: con el tiempo el hombre (Hernán Mendoza) acaba por acoger a Hatzín como aprendiz y, luego, prácticamente como un hijo no-biológico. El joven recupera a papá, la fantasía se vuelve realidad –aquí Zizek se relame– y, giros de guion mediante, nos es devuelta como toda fantasía realizada, es decir, regurgitada bajo la forma de una pesadilla.

    La caja se desarrolla en un páramo bien irrigado de fantasmas, sí, pero ni proyectados en el vacío del desierto lograremos distinguir sus voces. Sombras, ensoñaciones, dobles mentales… recuerdo cómo Hollywood ha sido incapaz de mantener a los mundos interiores de sus personajes en el mutismo que por naturaleza les acompaña. Al sur de la frontera, la nube que plana sobre Hatzín es tan discreta como infranqueable. La superficie de la urna que acarrea brilla completamente opaca, tampoco el polvo en su interior admitirá nombre o adjetivo alguno. Yace entre sus manos, en realidad, como extensión natural del paisaje que acompaña aquel que la lleva: un mundo frío, yermo, lleno de fábricas. Quisiéramos proteger las fantasías interiores del muchacho como las guardara en su interior. Dentro de la caja descansan los huesos de su presunto padre o, lo que es lo mismo, una genealogía y un sentido recién recuperados. Sin embargo, también allí podrían caber todas las desgracias de la Humanidad. En la película de Vigas, lo íntimo pronto se vuelve público, político.

    El futuro se avecina tormentoso: Mario, el hombre que acoge al protagonista, oculta negocios sucios y pronto el joven va a encontrarse ante un mundo monstruoso, liderado por hombres sin escrúpulos y sembrado de crueldad impune. Aun así, y por paradójico que parezca, la paleta del director de fotografía Sergio Armstrong (DOP de Larraín) no admite ningún negro puro, que en su lugar sustituye por el azul o el marrón muy oscuros. Tampoco Hatzín se enfrentará realmente a su nueva familia, tal es su necesidad de verse arropado de nuevo, de forma que va a seguir el juego del padre que viene de recuperar con relativo conformismo. Al fin y al cabo, Mario lo reconoce, lo cuida, lo trata como un legítimo heredero. Convierte, en su camino, las atrocidades que acomete en pequeños retos, pruebas de vida.

    Es 2021 y en México el número de personas desaparecidas acaba de superar los 82 mil. ¿Cuánto pesan 82 millares de cuerpos? ¿Es posible conciliar el sueño en un mundo sin color negro?


    Mariona Borrull Zapata |
    © Revista EAM / 78ª edición de la Mostra de Venecia


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