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    Crítica (II) | Tenet / Movistar+

    El futuro ya pasó

    Crítica ★★★★☆ de «Tenet», de Christopher Nolan.

    Reino Unido, 2020. Título original: Tenet. Dirección: Christopher Nolan. Guion: Christopher Nolan. Productores: Christopher Nolan, Emma Thomas, Andy Thompson. Productoras: Coproducción Reino Unido-Estados Unidos; Syncopy Production, Warner Bros. Distribuidora: Warner Bros. Fotografía: Hoyte van Hoytema. Música: Ludwig Göransson. Montaje: Jennifer Lame. Reparto: John David Washington, Robert Pattinson, Elizabeth Debicki, Kenneth Branagh, Dimple Kapadia, Aaron Taylor-Johnson, Michael Caine, Clémence Poésy, Martin Donovan. Duración: 150 minutos.

    Desde que debutara en 1998 con la obra independiente Following, la carrera de Christopher Nolan parece ser un constante «más difícil todavía» en el que cada nuevo trabajo trata de superar al anterior en ambición y capacidad de sorprender al espectador. Esta calidad de autor comercial le ha hecho ganarse una buena legión de seguidores, pero también una ruidosa corriente de detractores que atacan sin piedad la supuesta megalomanía e ínfulas de trascendencia de un director “tramposo”. Después del aplauso unánime de la crítica y las dos nominaciones a los Oscars (guion original y montaje) de la fascinante Memento (2000), Nolan pasó de rodearse de grandes estrellas –aquel duelo interpretativo de alto voltaje entre Al Pacino y Robin Williams en Insomnio–, a recibir la confianza de Warner y DC para llevar las riendas de blockbusters superheroicos –su trilogía sobre El caballero oscuro no solo llevó al género a otra dimensión jamás alcanzada por otra cinta similar, sino que convirtió las aventuras de Batman (perfecto Christian Bale, con o sin máscara de murciélago) en un apasionante thriller en tres actos, cuya apuesta por el realismo se alejaba totalmente del barroquismo ofrecido por Tim Burton o los excesos kitsch de Joel Schumacher. Tuvo tiempo de relajarse con un brillante pasatiempo de época sobre magos enfrentados, El truco final (2006), antes de entrar en esa etapa más ambiciosa y madura de su carrera (y la que más haters le granjearía) con la imprescindible Origen (2010). Aquella apasionante historia de espionaje industrial en la que sus protagonistas se adentraban en lo más profundo del subconsciente y la memoria de sus objetivos –fue magistral el dominio del tiempo (una de las constantes de su cine, donde Nolan se ha revelado como un maestro a la hora de plegarlo o dilatarlo a su antojo, siempre en beneficio de sus historias) en los distintos niveles del sueño–, supuso el inicio de una trilogía de ciencia ficción que completarían Interstellar (2014) –posiblemente, la aventura espacial más profunda que ha visto una gran pantalla desde los tiempos de 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), aunque su calado emocional sea bastante mayor que el de aquella mucho más cerebral obra maestra– y esta Tenet (2020) que nos ocupa.

    La última superproducción de Nolan, cuyo presupuesto se estima en 200 millones de dólares, llegó a las salas de cine tres años después de su aclamada incursión en el género bélico con Dunkerque (2017), en el momento más delicado que ha vivido la industria en toda su historia. El covid había cerrado los cines y nadie se atrevía a estrenar esa primera gran película que pudiera ser capaz de convencer a la aún asustada audiencia para pagar el precio de una entrada para volver a disfrutar de un espectáculo de primer orden en una gran pantalla. Finalmente, tras haber sido pospuesto su estreno varias veces, Tenet aterrizó en los cines durante el verano de 2020, siendo el primer blockbuster hollywoodiense post-pandemia, algo que fue recibido con relativo entusiasmo por el público, aunque no lo suficiente para hacer de ella el éxito comercial que, en circunstancias normales, se esperaría de su realizador. 365 millones de dólares de recaudación fueron un botín poco gratificante para Warner, aunque siempre se aplaudirá la valentía de Nolan al estrenar su filme en ese preciso momento de crisis, devolviendo la esperanza de que el cine podría volver a recuperar, poco a poco, la normalidad. Hay que avisar de que bajo su apariencia deslumbrante de artefacto altamente comercial, Tenet es, de lejos, la obra más argumentalmente confusa que su director ha entregado hasta la fecha. Más incluso que aquella compleja trama sobre agujeros negros y agujeros de gusano de Interstellar. Hay una línea de diálogo en la historia en la que un personaje secundario aconseja al protagonista (un John David Washington muy cumplidor, heredero del carisma como héroe de acción de su padre Denzel Washington) sobre cómo entender las particularísimas circunstancias en las que tiene que lidiar con un tiempo extrañamente manipulado en su lucha para evitar una fututa Tercera Guerra Mundial que desembocaría en desastre global. «No trates de entenderlo. Siéntelo» es lo que le viene a decir y también es el mejor consejo que el espectador puede tomar si quiere disfrutar al máximo del imponente espectáculo visual –asombrosa labor de Hoyte van Hoytema en la fotografía– y sonoro (los acordes de la banda sonora de Ludwig Göransson son fundamentales para hacer que vibremos en nuestras butacas) que el nuevo juguete fantástico de Nolan ofrece.

    Tenet, Christopher Nolan.
    ► Disponible en Movistar+.

    «Aunque la mayor sorpresa llega con Robert Pattinson, desbordante de carisma y presencia (Washington desaparece ante él en las escenas que comparten) en un personaje de ayudante del protagonista del que pocos detalles se conocen, siendo uno de los grandes enigmas de una película rico en ellos».


    Pararse a asimilar toda esa densidad de información que su guion acumula (física cuántica, inversión temporal –el tiempo corre hacia atrás y los términos causa y efecto intercambian sus significados–, sus consecuentes paradojas, entropía, algoritmos empleados con fines catastróficos, la existencia o no del libre albedrío...) puede resultar un acto que sature a un público que únicamente busque dos horas de buen entretenimiento con el que evadirse de la realidad, por lo que lo aconsejable es dejarse arrastrar por su catarata de impresionantes set pieces de acción, comenzando por ese portentoso prólogo en una enorme sala de conciertos de Ucrania que es asaltada por un grupo terrorista. Los efectos especiales están puestos al servicio de su (caprichosa) historia, plasmando en imágenes cómo las leyes de la física y el tiempo se distorsionan para hacer que balas que han sido disparadas por un arma vuelvan a su recámara o automóviles que han sido accidentados consigan rehacerse para volver a circular hacia atrás. Bajo toda esta aparatosa parafernalia estética, la historia podría reducirse a algo mucho más sencillo (y mil veces visto en otras películas): una enésima historia de espionaje, no demasiado alejada de las peripecias del agente 007, movida por el plan de un villano megalómano para acabar con el mundo, y la peligrosa misión de los héroes para evitarlo. En un producto más preocupado en saciar las ansias del público de gran espectáculo, con unos alucinantes efectos especiales que fueron justamente premiados con el Oscar, se agradece la entrega de unos actores que están, en todo momento, por encima de sus personajes. Así, mientras que Kenneth Branagh disfruta como hace tiempo que no se le veía en su temible rol del ruso Andrei Sator, Elizabeth Debicki confiere al papel de la esposa de este de una ambigüedad que consigue que dudemos si estamos ante una femme fatale de manual con apariencia vulnerable o ante una víctima de las manipulaciones de su marido. Aunque la mayor sorpresa llega con Robert Pattinson, desbordante de carisma y presencia (Washington desaparece ante él en las escenas que comparten) en un personaje de ayudante del protagonista del que pocos detalles se conocen, siendo uno de los grandes enigmas de una película rico en ellos. Conviene no hablar mucho más de Tenet y sus secretos. Lo suyo es dejarse embaucar una vez más por el maestro Nolan, que, pese a que no logra estar a la altura de Origen o Interstellar (el ritmo irregular y un guion que peca de farragoso impiden que sea tan redonda como ellas), hace lo que se espera siempre de él: regalarnos un espléndido exponente de cine de evasión, ejecutado con (mucho) más cerebro que emoción, capaz de contentar por igual a quienes exijan algo de inteligencia y originalidad en su historia, bastante más sólida de lo que pueda parecer, y a quienes se conformen con dos horas y media de apabullante acción, algo que ofrece en cantidades generosas.


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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