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    Crítica | ¡Al abordaje!

    Piratas de agua dulce

    Crítica ★★★★☆ de «¡Al abordaje», de Guillaume Brac.

    Francia, 2020. Título original: À l'abordage!. Dirección: Guillaume Brac. Guion: Guillaume Brac, Catherine Paillé. Compañías productoras: Geko Films, ARTE. Fotografía: Alan Guichaoua. Montaje: Héloïse Pelloquet. Diseño de producción: Marine Galliano. Sonido: Emmanuel Bonnat, Vincent Vatoux, Vincent Verdoux. Producción: Grégoire Debailly. Reparto: Eric Nantchouang, Salif Cissé, Édouard Sulpice, Asma Messaoudene, Ana Blagojevic, Lucie Gallo, Martin Mesnier, Nicolas Pietri, Cécile Feuillet, Jordan Rezgui. Duración: 95 minutos.

    Cuando de niños jugábamos —si me permiten incluirles en el plural— a piratas, el grito «¡al abordaje!» era el meollo de todo. Porque, antes que el auténtico pirata, nuestra fuente de conocimiento era el pirata lúdico. Está claro que, desde la visión infantil habitual, un pirata nunca se percibe como el producto de una compleja geopolítica entre las potencias coloniales del siglo XVI. Tampoco como un tipo con aliento a cazalla, dientes picados de escorbuto o una cicatriz desagradable tras el parche en el ojo. No, hablamos de una figura que trasiega un ron sin resacas, que maneja espadas que no pinchan y que surca un mar que no ahoga. Que se define, sobre todo, por el horizonte de posibilidades que abre el tomar nuevas naves. ¿Qué nos queda tras el abordaje, sea exitoso o fallido? Sin más remedio, disponernos para el siguiente. Y así hasta que llegue el momento, siempre precipitado, de poner fin al juego. Nos debería decir mucho, entonces, que la película de Guillaume Brac que nos ocupa tome por título el grito de guerra que no define tanto a la figura del pirata como al juego infantil a su costa. Más aun si observamos la escena en la que el título se menciona expresamente. Una saltimbanqui callejera asalta una y otra vez un barco imaginario, a la voz de «¡al abordaje!», para invariablemente darse un porrazo contra el suelo y volver a la carga. Lo que resulta el perfecto resumen de la trama que motiva la película: Félix (Éric Nantchouang) viaja de París a un camping fluvial para dar una sorpresa a la chica de la que se ha enamorado, y encontrarse con las sucesivas negativas de la afectada. Abordaje y trompazo.

    Ahora bien, sucede, como en todo juego infantil, que la trama principal no es más que una excusa para dejarse perder en las bifurcaciones. Así, por ejemplo, el capitán de la primera nave que abordan los protagonistas —el coche de Édouard (Édouard Sulpice)— deviene en aliado de sus futuros asaltos. O Chérif (Salif Cissé), en principio el segundo de a bordo, termina por conseguir la mayor conquista del viaje. Al abordaje se ha comparado, quizá en exceso, con el cine de Éric Rohmer, pero al menos en su estructura narrativa hay un gusto compartido por la comedia de enredo: acotar un espacio, definir unos pocos personajes y entrecruzar sus conexiones afectivas. Para ello interviene otro elemento capital en parte del cine del maestro francés. El verano y el estado vacacional como una circunstancia que permite desdibujar los atributos sociales. La cinta de Brac tiene mucho que decir acerca de cuestiones raciales o de clase, pero, al mismo tiempo, opta por no decir nada. Resulta evidente el contraste entre el niño bien Édouard y los banlieusards Féliz y Chérif, literalmente el contraste entre blanco y negro(s). Y resulta evidente que Brac obtiene buena parte de su comicidad en el mero juntar a dos extracciones sociales tan dispares. Pero, en última instancia, que percibamos humor en su choque no viene dado por los significados que la película (no) construye, sino por los que recoge de su espectador. El mecanismo de la comedia de enredo parte del choque, pero —y he aquí la grandeza de Al abordaje— resulta aún más efectivo cuando logra diluir las fronteras que crean tal choque. O, poniéndolo en términos más concretos, cuando encuentra su corazón emocional en una escena de camaradería en un karaoke.

    À l'abordage!, Guillaume Brac.
    Presentada en la Berlinale 2020.


    «Muy sutilmente se cuela la posibilidad de que ese trasfondo documental al que Brac deja abiertos sus planos asalte espontáneamente el nivel ficcional de la película. Como si la luz hubiera decidido intervenir al grito de ¡al abordaje!».


    La escritura narrativa del filme, en fin, nos devuelve la placentera noción de que al cine le basta a veces con ser un juego de niños. Un abordaje de las tensiones sociales francesas que las transfiere a un espacio lúdico, liberándolas felizmente del discurso político plomizo al que tiende parte del cine de autor actual —poca broma en que el único personaje que hable abiertamente de política, para acusar a alguien de derechista, sea el más antipático de toda la película—. El abordaje, cabe añadir, alcanza a la relación de la cámara con el mundo. Brac se abona a los planos secuencia, el movimiento inquieto y el rodaje en las localizaciones auténticas para añadir un fondo documental a la ficción que ocupa el primer término. Fijémonos, por ejemplo, en el largo plano —unos tres minutos sin cortes— que Brac dedica a mostrar la llamada de Félix a su enamorada una vez ha llegado a su destino y se dispone a darle la sorpresa. En principio, hablamos de un sencillo plano medio corto de Félix al teléfono, sin variaciones de escala y movimiento de cámara en mano justificado por el seguimiento del personaje. Tampoco destaca por una composición ostentosa: él en primer término, detrás unos arbustos, al fondo y fuera de foco el río con sus bañistas, cuyo jolgorio nos llega cual rumor. Lo llamativo ocurre cuando la llamada avanza y Félix va descubriendo que su sorpresa no va a ser tan bien recibida como esperaba. El gesto del joven cambia del entusiasmo a la evidente decepción cuando cuelga, pero este proceso se filtra por medios más sutiles que su rostro cercano a nuestros ojos. Los chillidos y el chapoteo que oímos de fondo acaban por crear un contraste que no estaba ahí al comienzo del plano. De pronto, asalta al cuadro la noción de un verano fallido, de un protagonista que queda al margen de sus rituales y su algarabía. Pero, sobre todo, esta noción se ve amplificada por el oscurecimiento progresivo del espacio, evidente si comparamos dos fotogramas del comienzo y el final del plano —sobre estas líneas—, pero apenas perceptible si lo experimentamos en toda su duración. Ahí, lo que muy sutilmente se cuela es la posibilidad de que ese trasfondo documental al que Brac deja abiertos sus planos asalte espontáneamente el nivel ficcional de la película. Como si la luz hubiera decidido intervenir al grito de «¡al abordaje!».


    Miguel Muñoz Garnica |
    © Revista EAM / Granada


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