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    Crítica | Good bye, Dragon Inn (不散, Tsai Ming-liang, 2003)

    Hace mucho que nadie viene al cine

    Crítica ★★★★★ de «Good bye, Dragon Inn», de Tsai Ming-liang.

    Taiwán, 2003. Título original: «不散» / «Bú sàn». Dirección: Tsai Ming-liang. Guión: Tsai Ming-liang, Hsi Sung. Productores: Chu An Lai, Andrew Wang, Liang Hung. Fotografía: Liao Peng Jung. Edición: Chen Sheng Chang. Sonido: Tu Duu Chih. Intérpretes: Lee Kang Sheng, Chen Shiang Chyi, Kinoyobu Mitamura, Tien Miao, Chun Shih. Compañía productora: Homegreen films. Duración: 82 minutos.

    Premonitorio o no, visionario, o simplemente realista, la frase que uno de los viejos actores de Dragon Inn pronuncia al salir de la última proyección del cine de Taipei donde se sitúa la película de Tsai Ming-liang, señala el futuro que le esperaba a las proyecciones en salas comerciales, algo plenamente confirmado por la realidad 20 años después. Unos datos a vuela pluma, en España se ha pasado de 952 salas de cine en el año 1999 a 723 en 2019 (no hay datos pero lo que se supone que han sido 2020 y 2021 para la continuidad del negocio puede ser demoledor), paradójicamente las pantallas crecieron, de 2197 a 3593, producto del consumo en multicines de centros comerciales, pero así y todo, en 2003, fecha de la película de Ming Liang los locales eran 974 y las pantallas 3769. Sólo un 5,8% de los municipios españoles tenían salas de cine y sólo un 63 % de la población podía acceder a una sala en su localidad en 2019. Estos datos son fríos y responden a estadísticas, la obra de Ming-Liang todo lo contrario, puro sentimiento y puro homenaje. La película de Ming-liang no habla de la muerte del cine, es imposible que desaparezca, es imposible que se destruya, es imposible que los amantes de este arte lo abandonen de golpe; pero lo que es evidente es que el cine como espectáculo de masas y con centenares de personas simultáneamente viendo la misma película en un mismo espacio ha desaparecido. El cine sigue, pero diferente, por eso cada plano de Goodbye Dragon Inn es intencionalmente dirigido a transmitir una historia del cine como espectador. Una gran sala de las que frecuentábamos en nuestra infancia o adolescencia aparece abarrotada en las escenas iniciales de la película. Una gran sala de espectadores en silencio pendientes de la pantalla y de la primera escena de Dragon Inn de King Hu, uno de los más destacados directores de wuxia taiwanés (el director de la afamada A touch of zen). Lo que a partir de esa escena ocurre, que simultanea el comienzo de la película de Hu y la presentación de los malvados con la de Ming-liang, es el progresivo vaciamiento de la sala. El cine ha dejado de ser un acto colectivo para convertirse en una experiencia individual, primero dentro de la misma sala y ahora en la intimidad de las pantallas domésticas individuales o familiares.

    El cinéfilo impenitente continúa hasta el final empeñado en sostener un modelo del pasado y se resiste a que el espacio comunitario se evapore. Para ello ha de soportar un sinfín de incomodidades añadidas al mero acto heroico de resistirse a aceptar la nueva realidad. Ming-liang recoge unas cuantas y no todas, el ruido de quien come dentro de la sala como si estuviera en un abrevadero, quien come pipas y deja la sala como un estercolero, quien planta sus pies en la butaca de delante sin pensar en el resto de espectadores, quien habla sin callar durante toda la proyección. Cuando Ming-liang filma Good bye Dragon Inn los móviles con internet no habían proliferado o eran antieconómicos, de haber sido así en ese catálogo de tortura ciudadana, lleno de mala educación y nulo respeto, habría añadido ese instrumento como otro elemento más del fín del cine, de la obscena ostentación de desprecio de los no espectadores hacia quienes asistimos al espectáculo de la imagen como un camino para entender mejor a la sociedad o enfrentarnos a problemas morales y personales que nos obliguen a pensar. El infantilismo del espectador se ha multiplicado hacia el infinito desde la fecha de esta excelente muestra de cinefilia procedente de Taiwán. Lo avisó Bobbio y no se equivocaba; «mediante la comunicación de masas, incluso el arte, que debería ser lo más irrepetible y creativo, se convierte en un producto como todos los demás, infinitamente reproducible, consumible, una mercancía que el público compra o es inducido a comprar con la misma falta de gusto personal con la que compra una pastilla de jabón o un par de zapatos. Frente al producto de la industria cultural, el individuo no tiene que hacer trabajar su cabeza, dicho producto se vende terminado y listo para su uso. El individuo no ha de pensar sino en divertirse, no debe estar preocupado, sobresaltado, atormentado, sino que ha de distraerse, amansarse, congraciarse consigo mismo y con la sociedad. El efecto es un embotamiento general, una nivelación de gustos y aspiraciones, una completa e incruenta despersonalización, la eliminación de la silenciosa intimidad por una impúdica y ruidosa publicitación».

    Si el cine en salas ha ido derivando hacia un predominio de productos banales dirigidos a un público homogéneo, Tsai Ming-liang resulta uno de los ejemplos de resistencia más notable hacia esa deriva. Sin duda, por ello, su paso por las salas comerciales españolas es intermitente y fugaz, pero no deja de animar que una nueva distribuidora acepte el riesgo de comercializar su última Rizi, igualmente interesante, y su mítica Good bye Dragon Inn, un resumen excelente, por otra parte, de las esencias identitarias de su cine, obras ambas, aunque aquí toque escribir sobre la de 2003, donde la máxima «más vale una imagen que mil palabras» alcanza pleno esplendor. ¿Cuántas palabras pueden llegar a pronunciar los actores a lo largo del metraje? Escasamente en dos breves escenas, porque escuchamos en más ocasiones la banda de sonido de la película de Hu que a los actores de Ming-liang, y en una de ellas, además, un perdido espectador japonés se dirige a un espectador taiwanés en lo que, seguramente, es un monólogo incomprensible para el segundo. La imagen, ese elemento imprescindible en la composición de las historias de Ming-liang, de un anciano guiando a un niño por los pasillos del cine conduce inevitablemente a la idea del nuevo y el viejo cine, a que el nuevo cine, o el nuevo espectador de verdad, no podrá seguir adelante sin conocer la historia de un arte joven pero de un caudal de producción inabarcable en su poco más de un siglo de existencia. La historia del arte, y por obligación, la del cine, es una sucesión constante de épocas y autores que progresan por acumulación; y en la repetición y asunción de lenguajes previos dan origen a nuevas propuestas. Lo nuevo no puede eliminar a lo viejo, y lo viejo necesita a lo nuevo para seguir justificándose, apoyarse en lo anterior para proyectarse, proyectarse hacia el futuro para permanecer. Un abuelo y un nieto abandonan, en silencio, con parsimonia, con melancolía, el espacio de los sueños para concluir con esa lapidatoria expresión «hace tiempo que nadie viene al cine».

    不散, Tsai Ming Liang.
    Obra capital del cineasta taiwanés.

    «Si el cine en salas ha ido derivando hacia un predominio de productos banales dirigidos a un público homogéneo, Tsai Ming-liang resulta uno de los ejemplos de resistencia más notable hacia esa deriva. Sin duda, por ello, su paso por las salas comerciales españolas es intermitente y fugaz, pero no deja de animar que una nueva distribuidora acepte el riesgo de comercializar su última Rizi, igualmente interesante, y su mítica Good bye Dragon Inn, un resumen excelente, por otra parte, de las esencias identitarias de su cine».


    ¿Podríamos imaginar a Tsai Ming-liang leyendo a Juan Marsé? Quién sabe, nada es imposible, pero en Goodbye dragón inn hay tanto de la novela Los fantasmas del cine Roxy que la conexión funciona en modo piloto automático. Los fantasmas de los actores se apoderan del espacio del extinto cine Roxy, y en la película de Ming-liang podría decirse otro tanto, quizás ampliado a los propios espectadores que usan las instalaciones del cine como entidades carentes de autonomía propia y vinculados, de manera exclusiva, al espacio donde disfrutaron de vidas inalcanzables pero que, durante dos horas, les permitieron soñar. Ese perdido turista japonés ¿pudo salir de una película de Kiyoshi Kurosawa y quedarse atrapado en los sótanos del cine? ¿la enigmática comedora de pipas no podría corresponder con los personajes aterradores de las sagas de cine asiático donde los fantasmas no sólo asustan, sino que se apoderan de sus víctimas? En medio estaría ese cinéfilo que cambia de butaca buscando tranquilidad y soledad, y que antes de desaparecer de la escena, sigue manteniendo su capacidad de admiración cuando comprueba que, a su lado, está sentado uno de los actores de la película proyectada pero con treinta años más. Quizás uno de los mensajes de Ming-liang sea que sin admiración, sin asombro, sin empatía hacia los que trabajan en el cine éste termina resultando ineficaz, mero artificio sin sentido si no capaz de transmitir el sentimiento de respeto que la obra ajena merece y que, expulsada de las grandes salas, se convierte en un experimento fútil dirigido a un sector muy concreto, los bautizados como «kidult» (de kid, chico, y adult) o «adultescents», eso que Adorno advertía, y no anteayer precisamente, cuando escribió que «la industria cultural ha creado pérfidamente al hombre como ser genérico. Cada uno no es más que eso que puede ser sustituido por otro; es fungible, un ejemplar». Si el espectador es sustituible por un recambio otro tanto puede decirse del propio producto cultural, justo lo contrario de lo que el cine de Ming-liang representa.

    Concluyo, y dejo para el final lo que todavía me parece lo mejor de una película sobresaliente como Good bye Dragon Inn; la inconclusa y pendiente historia de amor entre la taquillera y el proyeccionista. Si en el año 2000 Wong Kar Wai brindó al espectador la experiencia inagotable de Deseando amar, donde el amor reprimido entre el Sr. Chow y la Sra. Chan llenaba dos horas de miradas que eran gritos y encuentros en los que se rehuía el roce pese al deseo, en 2003 Ming-liang crea su particular visión del amor imposible no correspondido entre la taquillera coja, que lentamente se desplaza por los pasillos y dependencias del viejo cine en una tarde noche de lluvia torrencial que termina filtrándose por las viejas instalaciones, y el proyeccionista que asiste, aparentemente impasible, a los regalos de comida que la mujer le va dejando en su ausencia; hasta concluir en esos arrebatadores planos finales de una tartera dejada en la garita como último regalo que el hombre recoge antes de cerrar definitivamente la verja de la sala cinematográfica, mientras nuestra protagonista del presente camina pesadamente, bajo la lluvia y con el paraguas abierto, con destino incierto cargado de profunda melancolía. Este personaje femenino, en su deambular lento, fatigoso, dificultado por el continuo subir y bajar escaleras, se acerca al monje budista de rumbo fijo pero no revelado con el que Ming-liang ha ido creando su serie de Journey to the west, en la que el protagonista enfundado en su túnica naranja, en medio de cualquier espacio o situación cotidiana, atraviesa la ciudad a un paso extremadamente parsimonioso, ajeno al mundo que le rodea, a la curiosidad de los peatones o a la indiferencia de la mayoría. Este personaje, transmutado en mujer, aporta el elemento onírico y sentimental más fuerte a una película de por sí muy potente en ambos planos, esa mujer bajo la lluvia, que abandona el plano por la derecha para dar paso a la canción que suena «recuerdo, bajo la luna, recuerdo antes de las flores, todo lo que el pasado pesa en mi corazón», es el broche final a una película refulgente alrededor de un cine que ha muerto para dar paso a lo que sea en el futuro, un epílogo sobre el pasado y los fantasmas del séptimo arte que, de manera automática, me identifica a este personaje cojeando con la figura de Chaplin, con sus andares desmadejados y su bastón, interpretando a Charlot. Será eso lo que hace grande al cine de los grandes, que terminas encontrando referencias entre todos ellos.


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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