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    Crítica | Despierta la furia

    Asalto al furgón blindado

    Crítica ★★★☆☆ de «Despierta la furia», de Guy Ritchie.

    Estados Unidos, 2021. Título original: «Wrath of Man». Director: Guy Ritchie. Guion: Guy Ritchie, Ivan Atkinson, Marn Davies, Remake: Nicolas Boukhrief, Eric Besnard. Productores: Ivan Atkinson, Bill Block, Guy Ritchie. Productoras: Coproducción Estados Unidos-Reino Unido; Miramax, Metro-Goldwyn-Mayer, CAA Media Finance, Flic Films UK, Toff Guy Films. Distribuidora: United Artists Releasing. Fotografía: Alan Stewart. Música: Christopher Benstead. Montaje: James Herbert. Reparto: Jason Statham, Holt McCallany, Scott Eastwood, Eddie Marsan, Rocci Williams, Josh Harnett, Jeffrey Donovan, Andy García, Niamh Algar, Raúl Castillo, Laz Alonso, Deobia Oparei, Chris Reilly.

    Han pasado 23 años desde que Lock & Stock (1998) irrumpiera en los cines de todo el mundo, descubriendo un nuevo talento para la dirección, el de Guy Ritchie. Una ópera prima atrevida, dotada de una gran originalidad que trascendía de lo que podría haber sido una muestra más de cine negro británico, para funcionar como algo nunca antes visto. Ya allí quedaron patentes las particulares señas de identidad de su autor, saludado en sus comienzos como el Tarantino británico: un esperpéntico sentido del humor, ritmo endiablado, alambicadas historias y personajes sacados de los bajos fondos de la sociedad, que se entrecruzan de manera caprichosa, diálogos ingeniosos y callejeros, y un montaje rompedor que huía de cualquier linealidad. También supuso aquella película el debut de un actor que apuntaba maneras como ese nuevo calvo carismático que podría desbancar a Bruce Willis como futuro tipo duro de moda. Su nombre: Jason Statham. Desde ese instante, Ritchie le convirtió en uno de sus actores fetiche, otorgándole uno de los personajes protagonistas, el de El Turco, de Snatch: Cerdos y diamantes (2000), la cinta que confirmó al cineasta como uno de los nombres destinados a revolucionar el cine del siglo XXI. El éxito en taquilla (83 millones de dólares) y las entusiastas críticas –incluso para un sorprendente Brad Pitt desprovisto de todo glamour, gracias a una caracterización cochambrosa, en su rol del gitano Mickey O'Neil– hicieron de la cinta una obra de culto instantáneo. Revólver (2005), la tercera colaboración entre Ritchie y Statham no corrió la misma suerte de las anteriores, siendo considerado un thriller fallido. El nuevo niño mimado del cine británico tampoco era infalible y, a lo largo de su carrera, ha rodado, desde bodrios incomprensibles –Barridos por la marea (2002), a mayor gloria de Madonna; Rey Arturo: La leyenda de Excalibur (2017)– a trabajos de encargo, claramente comerciales –Sherlock Holmes (2009) y su secuela, con Robert Downey Jr. y Jude Law metiéndose en las gabardinas de Holmes y su ayudante Watson; Operación U.N.C.L.E. (2015); la versión en carne y hueso de Aladdin (2019), que rindió jugosos beneficios para Disney–, pasando por puntuales recordatorios del mejor Ritchie, como los de RocknRolla (2008) y The Gentlemen: Los señores de la mafia (2019).

    Hacía 16 años que Statham no se ponía a las órdenes del director que le descubriera y, en este tiempo, se ha hecho un hueco en Hollywood como toda una institución en el cine de acción –Transporter, Crank, Los mercenarios o Fast & Furious son algunas de las sagas que han hecho de él un valor seguro para la taquilla–, por lo que llega a Despierta la furia (2021) con una categoría de estrella que, a diferencia de sus anteriores trabajos con Ritchie, no necesita del acompañamiento de un reparto coral para cargar sobre sus hombros con el peso de la película. Se trata del remake norteamericano de la una cinta francesa, Le convoyeur (Nicolas Boukhrief, 2004), tan atractiva como lo suficientemente poco popular como para evitar que se hagan excesivas comparaciones. Ritchie, en colaboración con Ivan Atkinson y Mam Davies llevan a su terreno la historia de un misterioso hombre que llega a una empresa de furgones blindados para trabajar como guardia de seguridad, después de que dos trabajadores de la misma sean asesinados por una banda de ladrones que buscaban el botín que transportaban. Este es un bombón de personaje para Statham, ya que incide en todas las características que han definido a su manera de actuar habitual: H es un tipo duro que, bajo su apariencia silenciosa y taciturna, esconde una máquina de matar, tan eficaz con un arma de fuego como con los puños. Poco se sabrá de él durante el primer tercio de película y, al igual que sus compañeros de trabajo, sorprendidos al descubrir unas sobrenaturales habilidades de defensa que le convierten en la estrella del equipo, el espectador se preguntará qué esconde de su pasado y cuáles son sus verdaderas motivaciones para entrar a trabajar ahí. Como no podía ser de otra manera, Despierta la furia es una historia de venganza más, de esas de justicieros al margen de la ley que tanto revisita el thriller contemporáneo, con éxitos como Venganza o John Wick como cabezas más visibles, y, al igual que los antihéroes presentados en ellos, H pertenece a esa estirpe de vengadores que no tienen ninguna piedad hacia quienes le han hecho daño. Se han topado con el hombre equivocado.

    Wrath of Man, Guy Ritchie.
    Ejercicio impersonal pero más que efectivo.

    «Despierta la furia es un thriller de acción potente y sólido, considerablemente superior a la media de calidad en su género, aunque huérfana de la personalidad única de su autor (salvo en ocasiones puntuales), esa que deja a este último trabajo varios escalones por debajo de la genialidad de sus primeros éxitos».


    La diferencia del filme de Ritchie radica en que se mueve más dentro de las coordenadas del cine negro y esos bajos fondos que tanto le agradan, un turbio submundo poblado de atracadores con planes perfectos, redes de prostitución y explotación infantil y agentes corruptos, que de la acción más física. Sorprende la apuesta del cineasta por una sobriedad visual y en un montaje más convencional y menos caótico de lo que acostumbra. Las secuencias de acción se presentan visualmente muy depuradas, acompañadas una coreografía de gran precisión que recuerda, por momentos, al cine de Christopher Nolan. Comienza la función por todo lo alto, con un prólogo sencillamente magistral de casi 5 minutos, que muestra un atraco al furgón blindado, desde el interior del mismo, valiéndose del fuera de campo para generar incertidumbre hacia un hecho que se volverá a repetir varias veces más a lo largo de la cinta, añadiendo nuevos puntos de vista y desvelando más detalles sobre lo que ocurrió aquel fatídico día. Además de estas secuencias, rodadas con gran virtuosismo (ese plano cenital del lugar del crimen), el director se reserva lo mejor para un clímax final apoteósico. Un explosivo cóctel de fuego y sangre en el que se intercalan las imágenes de la preparación del gran golpe con la violencia que se desencadena durante el mismo, en un excelente uso del montaje paralelo, jugando con el tiempo de manera muy curiosa (la sombra de Nolan, de nuevo, es alargada). Los tiroteos suenan y lucen en pantalla casi con la misma intensidad que en los mejores trabajos de Michael Mann –el de Heat (1995) sigue siendo, a día de hoy, insuperable–, y que el filme no abuse de estas explosiones de acción, dosificándolos con inteligencia durante el relato hasta llegar a este punto culminante, es todo un acierto. Se echa en falta, eso sí, más originalidad en la construcción de personajes (uno de los puntos fuertes de Ritchie), ya que los secundarios quedan un tanto desdibujados –Josh Harnett poco puede lucirse como guardia medroso– ante la arrolladora personalidad de Statham. Solo Scott Eastwood, caracterizado con cicatriz en el rostro por exigencias de guion, consigue destacar en sus apariciones, componiendo un rol oscuro que le sienta bien para desarrollar nuevas facetas interpretativas. En definitiva, Despierta la furia es un thriller de acción potente y sólido, considerablemente superior a la media de calidad en su género, aunque huérfana de la personalidad única de su autor (salvo en ocasiones puntuales), esa que deja a este último trabajo varios escalones por debajo de la genialidad de sus primeros éxitos.


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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