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    Crítica | Augas abisais (Xacio Baño, 2020)

    Bucear en la memoria

    Crítica ★★★★☆ de «Augas abisais», de Xacio Baño.

    España, 2020. Título original: «Augas abisais». Dirección y guión: Xacio Baño. Empresa productora: Rebordelos. Producción: Xacio Baño, Tamara Canosa. Fotografía: Lucía C. Pan. Edición: Xacio Baño. Sonido: David Machado. Arte: María Lolo. Efectos especiales: Leticia T. Blanco. Música: Xavier Bértolo. Duración: 25 minutos.

    Para adentrarse en la oscuridad no es necesario descender a 3.300 metros de profundidad en el Atlántico; ni tan siquiera necesitamos apagar la luz de una habitación en medio de la noche. Mucha gente vive en la oscuridad de su propia ignorancia haciendo alarde de ello aunque se consideren muy libres; a otros no les queda más remedio que refugiarse en la oscuridad para tratar de eliminar el dolor del recuerdo, dejar que éste se pudra, o sea carcomido por los insectos hasta borrar el rostro de quien marchó y nunca más pudo volver. El regreso de Baño al cortometraje demuestra su maestría en este tipo de formato, donde nada sobra, nada es reiterativo, nada se muestra superfluo o gratuito. Los animales que pueblan las profundidades se alimentan de nuestras basuras, incluso de nuestros propios cuerpos transformados en residuos perdidos en el mar. Lo que vale para quien se ahoga en alta mar y su cuerpo desaparece vale para los recuerdos de cuerpos que, enterrados sin identificar o sin saber dónde, van uniéndose al terreno que los contiene hasta formar una unidad indisociable.

    Para iniciar una exploración no se necesita viajar miles de kilómetros, en ocasiones la oscuridad que hay que hacer desaparecer empieza entre los pasillos y habitaciones de nuestra casa donde hay que moverse a tientas, avanzando penosamente bajo la penumbra de una pequeña bombilla frente a la que desfilan los fantasmas que se encontraban cómodamente instalados en umbrales nunca removidos. La cámara de Baño une el insondable misterio de esa casa familiar en la provincia de Lugo, los restos del frente de Teruel y los enigmas que esconde el fondo marino para diseñar un camino, siempre lleno de dudas, oscuridades, luces indirectas, en el que el recuerdo del soldado desaparecido se mantiene en la memoria familiar, y donde la imaginación del espectador viene obligada a suplir la falta de información, entre otras cosas porque hay pistas que ya es imposible recuperar, y donde esa misma imaginación permite lanzar redes invisibles hacia otras realidades del presente; desplazados, fugitivos, asilados; hacia los que el fondo de la película no mira directamente, pero hacia los que es fácil interrogarse con las imágenes y las cartas.

    Como el pez abisal que da pie a la introducción de la película y que, recurrentemente, es analizado a lo largo del cortometraje, nos convertimos, gracias a la cámara subjetiva del cineasta, en exploradores del pasado con la ayuda mínima de una luz insuficiente. Al pez su anatomía le permite distinguir las presas y atraerlas hacia su apéndice luminoso. A nosotros la técnica nos permite adentrarnos en pasajes ignorados, barrancos inaccesibles, simas profundísimas donde se han ido depositando décadas de olvido, perdón y rencor reconcentrados. El camino del pez y el nuestro siguen recorridos paralelos, descubrir la identidad es desenterrar a los muertos, como descubrir la anatomía de ese pez implica su muerte para su estudio. El biólogo y el antropólogo se convierten en profesiones gemelas destinadas a desenterrar lo que no es visible a primera vista. Las redes lanzadas hacia la tenebrosidad hacen emerger seres desconocidos hasta que se estudian. Las redes del antropólogo, con pico, pala, espátula y cepillo, o el del mero aficionado con un móvil y una libreta de apuntes, sacan a la luz lo que permanece escondido, consiguiendo ambos elaborar una historia a partir de un objeto, un resto, una partícula de ADN.

    La película de Xacio Baño habla del particular viaje de una familia pasadas más de ocho décadas, las que separan el reclutamiento de un joven soldado de 17 años y la búsqueda de sus restos al morir en la batalla de Teruel peleando en el bando de los sublevados. Esto último es una anécdota, pero en un cine centrado en las víctimas de la represión no es usual encontrarse con la idea del dolor en el bando de los vencedores, de sus pérdidas, de sus ausencias. Filmada con el tono íntimo con el que Baño articula sus obras, la película consigue sembrar de fantasmas todo el recorrido desde que se da lectura a las cartas con las que el hijo se comunicaba con sus padres hasta que la cámara se traslada al lugar de la batalla, dejando nota de los símbolos persistentes, los restos y evidencias de la destrucción, los recuerdos recogidos en el frente, de aquellas fotografías tomadas en esos días de muerte gratuita donde los rostros de todos aquellos jóvenes se confunden con la memoria del espectro en que todos ellos se han convertido; muchos pasando a ser una mera anotación fría y aséptica de su nombre, apellidos, edad, unidad y fecha de su muerte; como si de la hoja ictiológica de la especie que ilumina el camino se tratara.


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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