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    Crítica | Sole


    Días sin sol

    Crítica ★★★☆☆ de «Sole», de Carlo Sironi.

    Italia, 2019. Título original: Sole. Director: Carlo Sironi. Guion: Antonio Manca, Giulia Moriggi, Carlo Sironi. Productores: Luca Legnani, Maurizio Milo, Giovanni Pompili, Agnieszka Wasiak. Productoras: Kino Produzioni, Lava Films, Polski Instytut Sztuki Filmowej. Fotografía: Gergely Pohárnok. Montaje: Andrea Maguolo. Reparto: Barbara Ronchi, Claudio Segaluscio, Sandra Drzymalska, Vitaliano Trevisan, Bruno Buzzi, Marco Felli.

    Rastreando anteriores proyectos del italiano Carlo Sironi se puede entender de dónde provienen ciertas inquietudes de las temáticas principales que figuran en el que es su debut en el largometraje, Sole. En cortos como Valparaiso o Cargo, el director mostraba un claro interés en explorar conceptos como las aspiraciones (o la falta de ellas) de maternidad, realidades de juventudes precarias y conexiones humanas complejas. Todos esos discursos quedan claramente vehiculados en Sole. Presentada en la sección Orizzonti del Festival de Venecia de 2019, la opera prima del realizador italiano narra la mínima historia de Lena y Ermanno, dos jóvenes apagados, apáticos, que se encuentran envueltos en un incómodo negocio. Ella, una joven polaca en su tercer trimestre de embarazo, es una recién llegada a Italia que, una vez nacida la criatura, la venderá a una adinerada pareja infértil. Él, desapasionado pariente del potencial comprador, es encomendado con la tarea de convivir con la chica hasta el nacimiento del bebé, haciéndose pasar por el padre para facilitar la tarea de reasignación de tutela. Sironi ampara a sus protagonistas en un envoltorio austero pero cuidado de escurridizos paisajes marítimos y espacios cerrados.

    El tono, frío y desapegado, se mimetiza con las actitudes de los jóvenes, para los que cualquier adjetivo (¿desesperanzados?, ¿desmoralizados?, ¿abatidos?) resulta demasiado dinámico como descripción de la energía que desprenden. Su forma de habitar el mundo parece, esencialmente, la conjunción de dos grandes vacíos, movidos por una inexplicable inercia. Tanto en el caso de Lena, interpretada por Sandra Drzymalska, como el del muchacho al que encarna Claudio Segaluscio, las motivaciones finales se reducirían al mero hecho de cobrar por el trabajo. Para ella, el dinero significa poder irse a Alemania a vivir; para él, más fuelle en su inestable modus vivendi, a caballo entre la ludopatía y el callejear sin rumbo. La visión que tiene el director de esta juventud desubicada contrasta con la falta de dramatismo con que dota su obra. El enfoque es el de alguien que conoce la verdadera gravedad de lo que está contando, y sabe que ello no radica en el subrayado fácil, sino en el propio contexto y, en este caso, deja que sea la propia deriva existencial de la pareja de jóvenes la que muestre los verdaderos colores de la película.

    A priori, el término sole (sol en italiano) podría referirse a esa claridad diurna raramente permanente en la película, o incluso aludir a la falta de luz como representación de la carencia de una esperanza en un futuro con sentido para los protagonistas. En el tramo final descubriremos que Sole es en realidad el gran fuera de campo del filme: esa niña que nacerá y traerá consigo el inesperado despertar de un cierto impulso vital en Ermanno y Lena. Estos gestos, sin embargo, se empezarán a mostrar a 30 minutos del desenlace así que, en la mayor parte del largometraje, Carlo Sironi está enfrentando al espectador a las superficies de los personajes. Siguiendo una estela bressoniana se desapegan de cualquier carga dramática y, en este aspecto, la obra se arriesga a perder el interés, moviéndose por una cuerda floja de delicados matices. Entre la indiferencia y la emoción hipodérmica, con el tono hermético que el italiano escoge para contar su historia, esta puede, por momentos, llegar a ser algo saturante. Sin embargo, la apuesta se muestra finalmente fructífera cuando, a través de los casi imperceptibles gestos de Ermanno y las miradas de Lena, inconcretas y secretamente anhelantes, ofrece un ligero cambio de dinámica que impactará casi a modo de lente de aumento. A través del continuo contacto (aunque sea uno de reticente) del uno con el otro durante el transcurso del embarazo así como con la posterior obligación de convivir unas semanas con la bebé, se plantan las semillas de ese empuje vital que despertará, de forma inaudita, en ellos. Estos estímulos culminan en el estallido finalísimo de la película, pero la tensión lleva gestándose desde la revolucionaria declaración de Lena: “e bello cambiare”, que llega inesperadamente y de forma bastante prematura.

    Finalmente, con todo, no hay que olvidar que se trata de una película cuyo objetivo es esencialmente contener una serie de denuncias en términos sociales, apelando a una tendencia muy en boga en un cierto cine europeo contemporáneo. En ese tono observacional e ineludiblemente realista, de lo que habla es de esas maternidades subrogadas cuyo debate está especialmente candente en los últimos años. A pesar de que Sironi no evidencia en ningún momento su postura al respecto, escudándose en gran parte por la aparente neutralidad de Lena y un retrato humanizante de los padres “compradores”, no deja que olvides de lo que se está hablando realmente. Al final, se juega con situaciones vitales muy límite en las que se ensañan con aquella que se encuentra en la situación más precaria, y que, sin las estructuras emocionales ni de apoyo suficientes, no sabrá cómo hacer frente a la mella que ello le causará. Como acto de resistencia, resaltar el momento en el que la joven polaca le habla en su idioma al bebé, en un gesto tierno que, muy probablemente, quede olvidado en la mente de su hija al crecer pero es algo que a Lena no le podrán quitar.


    Júlia Gaitano Mendizábal |
    © Revista EAM / Barcelona


    A media voz

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