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    Crítica | Possessor


    Marioneta sin consciencia

    Crítica ★★★★☆ de «Possessor», de Brandon Cronenberg.

    Canadá, 2020. Título original: Possessor. Director: Brandon Cronenberg. Guion: Brandon Cronenberg. Productores: Fraser Ash, Niv Fichman, Kevin Krikst, Andrew Starke. Productoras: Coproducción Canadá-Reino Unido; Rhombus Media, Rook Films, Particular Crowd. Fotografía: Karim Hussain. Música: Jim Williams. Montaje: Matthew Hannam. Reparto: Christopher Abbott, Andrea Riseborough, Jennifer Jason Leigh, Sean Bean, Tuppence Middleton, Rossif Sutherland, Christopher Jacot, Gage Graham-Arbuthnot, Raoul Bhaneja, Kaniehtiio Horn.

    Apellidarse Cronenberg puede ser un arma de doble filo para alguien que aspira a labrarse una sólida carrera como director. Eso es algo que sabe muy bien Brandon, sobre quien estuvieron puestas todas las miradas cuando, hace ya ocho largos años, estrenaba su primera película como cineasta, la provocativa y muy interesante Antiviral (2012), y pese a que el saldo artístico fue más que favorable, alcanzando triunfos en Sitges y Toronto como mejor ópera prima, las (siempre odiosas) comparaciones con el cine de su padre, el gran David Cronenberg, fueron inevitables. Aquella fábula futurista en la que la obsesión de la sociedad hacia las celebridades llevaba a clínicas especializadas a replicar enfermedades de los famosos para que sus fans puedan sentirse más cerca de ellos inoculándoselas en su propia sangre, acumulaba en su relato todas las obsesiones y temas recurrentes de la obra del director de Cosmópolis (2012). Las atmósferas enfermizas, las infecciones, el horror corporal y quirúrgico, con transformaciones y grotescas imágenes de degradación física, estuvieron muy presentes en la carta de presentación del joven Brandon Cronenberg, dejando entrever a un tipo ambicioso, muy dotado para la creación de ambientes y con poco miedo a herir susceptibilidades llevando su valiente propuesta al extremo. Como es habitual, la verdadera prueba de fuego para este nuevo realizador viene con el estreno de su segundo trabajo, aquel que debería demostrar que los aciertos del debut no fueron fruto de un golpe de suerte. Possessor ha salido triunfante de la última edición de Sitges, de la que ha arrancado las condecoraciones a mejor película y director, así que el reto ha quedado ampliamente superado de nuevo. Una vez más, la sombra de David Cronenberg vuelve a ser alargada y su espíritu sobrevuela sobre todo el metraje de la cinta, pero, en esta ocasión, su vástago y discípulo va un paso más allá en su cruzada por encontrar una voz propia dentro del panorama actual de cine fantástico. Comparte con Antiviral género, la ciencia ficción en la vertiente de futurismo distópico con pretensiones de mostrar una sociedad enferma y alienada, habitado por criaturas que buscan abstraerse de sus vacías existencias, ya sea a través de sofisticados juegos de realidad virtual, el uso de drogas.

    También está el caso de la protagonista, habituada a sumergirse en lo más profundo de la mente de otras personas para empujarlas a cometer actos criminales y, posteriormente, empujarlas al suicidio como manera de completar, de manera limpia, su misión. Esta labor la realiza Tasya Vos para una organización secreta: poseyendo las voluntades(y a través de ellas, el movimiento de sus cuerpos) de sus víctimas, denominadas huéspedes, mientras se encuentra acostada en una cama con una máquina conectada a su cabeza –no quedan muy lejos las tecnologías virtuales vistas en otras fantasías como Matrix (Lilly Wachowski, Lana Wachowski, 1999) u Origen (Christopher Nolan, 2010), historia de espionaje en la que los protagonistas utilizaban el estado de sueño para penetrar en el subconsciente de sus objetivos–. La trama de Possessor se centra en uno de los trabajos de Tasya como asesina a sueldo en la sombra, introducida en la cabeza de Colin, el yerno de un poderoso hombre de negocios con el propósito de que este acabe con la vida de su novia y el padre de esta y así hacerse con una importante empresa. Trabajo que se complica cuando el huésped comienza a presentar resistencia a este particular tipo de “posesión”, tratando de recuperar el control de sus actos en una lucha psicológica sin cuartel contra Tasya. Esta premisa posibilita un fascinante juego de espejos entre ambos personajes protagonistas, el de la agente fría y algo hastiada de su trabajo, en pleno proceso de acercamiento a la familia que rompió, y el de su marioneta, un tipo gris que se siente humillado por su familia política, ocupando un puesto laboral muy bajo en la empresa de su cruel suegro. Andrea Riseborough, una de las actrices más singulares de la actualidad, tanto por su físico particular como por su versatilidad –aún está fresco en la memoria cinéfila su icónico papel en la extravagante Mandy (Panos Cosmatos, 2018)–, y Christopher Abbott, en los papeles de Tasya y Colin, realizan unos trabajos deslumbrantes, mostrándose plenamente compenetrados en unos roles muy difíciles, ya que comparten cuerpo siendo de géneros sexuales distintos. Brandon Cronenberg, que en su ópera prima entregó una puesta en escena minimalista y aséptica, en la que el blanco era el color dominante de la fotografía de Karim Hussain, se destapa aquí como un cineasta mucho más ambicioso en el plano visual.


    «Brandon Cronenberg sabe manejar con brillantez el horror corporal, mostrando hacia sus personajes un distanciamiento cerebral que dificulta la identificación del espectador con ellos. Aquí no hay buenos ni malos. La línea que separa lo correcto de lo moralmente decadente queda tan difuminada que lo que prevalece es un espectáculo, entre genial y grotesco, que se regodea sin prejuicios, con la libertad propia de un producto concebido a espaldas del Mainstream de Hollywood, en el morbo y la sangre».


    Con unos encuadres más elaborados y una paleta de colores más espectacular que toca el cielo cuando la pantalla se tiñe de rojo en las escenas de violencia (física y psicológica) más impactante, la cinta se revela como un artefacto más sofisticado y complejo que su precedente. David Cronenberg debería estar orgulloso del segundo largometraje de su hijo, ya que reconocería una visión muy similar a la suya sobre la violencia, la carne, la sangre y el sexo. Es imposible no recordar algunas de sus mejores obras enmarcadas en la ciencia ficción –Scanners (1981), Videodrome (1983) y, sobre todo, eXistenZ (1999), con la que Possessor comparte la presencia, siempre turbadora, de Jennifer Jason Leigh– mientras se asiste al generoso festín de mutilaciones y apuñalamientos regalado por Brandon. El gore se adueña de la pantalla, compartiendo protagonismo con alguna escena sexual retorcida, también marca de la casa, que casi podría retrotraernos al sadismo de Crash (1996), en una espiral de asesinatos que va in crescendo al mismo tiempo que la película va abandonando su piel de thriller cibernético (y bastante paranoico) para decantarse por el género de terror más cerebral, en el que la degradación mental (representada, también, a través de aberrantes imágenes de una violencia explícita perturbadora) de sus enfrentados personajes explota en un tramo final impactante y muy efectista. Al igual que su padre, Brandon Cronenberg sabe manejar con brillantez el horror corporal, mostrando hacia sus personajes un distanciamiento cerebral que dificulta la identificación del espectador con ellos. Aquí no hay buenos ni malos. La línea que separa lo correcto de lo moralmente decadente queda tan difuminada que lo que prevalece es un espectáculo, entre genial y grotesco, que se regodea sin prejuicios, con la libertad propia de un producto concebido a espaldas del Mainstream de Hollywood, en el morbo y la sangre. Los inicios de David Cronenberg fueron igual de atrevidos –ahí está la inolvidable Vinieron de dentro de... (1975)–y, ni en sus incursiones en un cine más comercial –La mosca (1986)–, traicionó su marcada personalidad, por lo que cabe confiar en que su heredero natural continúe dando grandes momentos de formidable cine en los próximos años. Y es que Possessor, al igual que antes lo fue Antiviral, se coloca como instantáneo título de culto, valiente y rompedor, que, repitiendo temas conocidos, consigue transitar por caminos novedosos y muy sugestivos | ★★★★☆


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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