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    Crítica | Corpus Christi


    Un soldado de Dios

    Crítica ★★★★☆ de «Corpus Christi», de Jan Komasa.

    Polonia-Francia, 2019. Título original: Boże Ciało. Dirección: Jan Komasa. Guion: Mateusz Pacewicz. Compañías productoras: Aurum Film, Canal +, Polska. Fotografía: Piotr Sobocinski Jr. Montaje: Przemyslaw Chruscielewski. Reparto: Bartosz Bielenia, Eliza Rycembel, Aleksandra Konieczna, Tomasz Zietek y Leszek Lichota. Duración: 116 minutos.

    La tercera ficción hasta la fecha del cineasta polaco Jan Komasa, que conecta de manera inesperada con su ópera prima, La sala de los suicidas (Sala samobójców, 2011), lo confirma como uno de los más interesantes pensadores fílmicos de las contradicciones, cuitas y añoranzas millennial. Pero a Corpus Christi podríamos además enmarcarla en otra tendencia del cine de los últimos años, dispuesta a revisar desde nuevas sensibilidades el credo católico y la evolución en nuestro tiempo de la religiosidad. Apartándose del misticismo laxo y sincrético que representa la cultura spiritual but non religious, producciones magníficas como Silencio (Silence, 2016) y, sobre todo, Calvary (John Michael McDonagh, 2014) o El creyente (La prière, 2018), se preguntan no solo por los retos que afronta el catolicismo hoy, sino asimismo por la dificultad de enraizar un sentido profundo de la espiritualidad en una sociedad donde la religión es, cada vez más, un conjunto de tradiciones vaciadas de contenido. La película de Komasa tiene mucho de las dos últimas mencionadas, filmes acerca del perdón, pero también de la necesidad de autocompasión. En Calvary, el padre Lavelle (Brendan Gleeson) sufría en sus propias carnes el crepúsculo de la inocencia en la relación entre iglesia y colectividad: tras una conversación casual y amable con una niña, el progenitor de esta le propinaría al atribulado sacerdote una paliza. El creyente, por su parte, devolvía el peso moral de tener que tomar una decisión al horizonte de una generación que se ha habituado a no elegir. Aunando sin planteárselo las búsquedas de ambas, Corpus Christi vuelve al tema de la inocencia comunitaria a través de la redención, y a su vez celebra el valor que otorga a nuestras vidas la responsabilidad.

    Lo que Jan Komasa ha conseguido alcanzar con Corpus Christi está más allá de lo concreto de su temática. Es, en el fondo, un trabajo acerca de la asunción de un compromiso afectuoso con uno mismo y con quienes lo rodean como la más noble actitud que nos es dado alcanzar en esta vida. En una época donde gestos como los de Daniel (Bartosz Bielenia) son tomados como un modo de servilismo, de alienación autoconsciente, el largometraje se erige en una suerte de ejercicio punk. El realizador está siempre a la altura, gracias al equilibrio ingrávido de una cámara que consigue transfigurar lo naturalista en una epopeya de orden místico, con la fluidez de un artista pleno en recursos cinematográficos. Junto al director de fotografía Piotr Sobocinski Jr., Komasa traza un puñado de memorables estampas entre la asfixiante gelidez azul de la luz exterior y la calidez amenazada de los interiores. El encuentro frontal del protagonista con la muerte, y la belleza insoportable que en ella se repliega, se resuelve en siete brevísimos planos cuya sencillez esencial es proporcional a la emoción que desprenden. Uno de los muchos ejemplos de dominio técnico y depuración expresiva que recorren Corpus Christi, una obra que apenas flaquea cuando cede minutos a subtramas incapaces de aportar matiz alguno al conflicto central.

    Boże Ciało, Jan Komasa.
    Nominada al Oscar a mejor película internacional.


    «El realizador está siempre a la altura, gracias al equilibrio ingrávido de una cámara que consigue transfigurar lo naturalista en una epopeya de orden místico, con la fluidez de un artista pleno en recursos cinematográficos».


    Aunque se ha querido comparar al filme, en términos de relato, con Pickpocket (Robert Bresson, 1959), lo cierto es que si aquel era la crónica de una conversión, este lo es de una entrega. Ambos, en todo caso, narran a su manera una senda personal hacia la desnudez del alma. En la escena que abre Corpus Christi, Daniel vigila, en un taller del reformatorio, que ningún interno se acerque mientras sus compañeros golpean y humillan a un chico. Por eso impresiona tanto que, unos minutos después, el mismo Daniel preste su voz para cantar alabanzas a Dios durante una homilía. A diferencia de lo que estamos habituados a presenciar en otras narrativas en torno a «hombres díscolos» que se acercan a los Evangelios, aquí no hay un tránsito desde el pecado hasta la salvación. El delincuente y el soldado del Señor son una misma persona. La contradicción es la fuerza que talla el espíritu humano, y no por indeseable resulta más evitable. La progresiva aceptación de esa condición esquizofrénica por parte de Daniel facilitará que, a su llegada al lugar en que estaba destinado para trabajar como parte del proceso de reinserción, conecte con los lugareños en un grado improbable para alguien constreñido por los muchos peajes y barreras que impone la institución eclesiástica. De hecho, Daniel terminará por desvelar que la radicalidad de su discurso, crecientemente incómodo para las autoridades y muchos habitantes de la localidad, no es más que una ejecución pura de la doctrina del perdón. No podía ser de otra manera: él, que en su intimidad lucha por aprender a disculparse a sí mismo cada día, no tiene reparos en hacer lo propio con los demás.

    La hipocresía de los vecinos, asiduos asistentes a la misa de cada domingo, está ligada a la pérdida de trascendencia real de la religión; es decir, de lo que esta podía aportar como reforzadora —cuando no fundadora— de los lazos comunitarios, ya del todo fracturados, y de su llamada a la batalla individual por la paz del ánima. El papel del vicario a quien releva Daniel es el de mantener intacto un simulacro de cohesión bajo el amparo de unos determinados hábitos, que son ya menos religiosos que sociales. El título del largometraje apunta, de hecho, a la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, una fiesta eucarística donde la presencia de Jesucristo entre los creyentes pretende refrescar y renovar su fe. Sin embargo, el Corpus Christi de Komasa confluye con una celebración netamente institucional, donde no faltan ni el alcalde, ni el jefe de policía, filmada por el director con una calculada austeridad, solo quebrada por la performance desestabilizadora de Daniel, único de los concurrentes dispuesto a hacer honor a la dimensión espiritual del evento. Pero el verdadero Corpus Christi, descubriremos, es el que llega al final de la cinta, antes de que Daniel sea «sacrificado» mediante el regreso al redil del que huyó. El contrapicado de su torso desnudo, de espaldas, proyectándose con un fulgor nuevo hacia la nave central del recinto, se sitúa en las antípodas de la escena recién comentada. La identificación de Daniel con Jesús ha culminado. Pero al gesto elevado que afirma la planificación le seguirá un (aparente) descenso. Porque en la caída, en la derrota, en la pérdida de toda esperanza se cifra la vía para la libertad interior y, con ella, la definitiva ascensión | ★★★★☆


    Ignacio Pablo Rico Guastavino |
    © Revista EAM / Madrid



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