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    Crítica | A Land Imagined

    Poética de la desubicación

    Crítica ★★★★☆ de «A Land Imagined», por Yeo Siew Hua.

    Singapur-Francia-Holanda, 2018. Título original: 幻土/A Land Imagined. Dirección: Yeo Siew Hua. Guion: Yeo Siew Hua. Compañías productoras: Akanga Film Asia, Films de Force Majeure, Volya Films. Fotografía: Hideho Urata. Montaje: Fran Borgia. Reparto: Peter Yu, Luna Kwok, Xiaoyi Liu, Jack Tan y Ishtiaque Zico. Duración: 95 minutos.

    La enorme relevancia histórica del archipiélago de Singapur, proclamado como nación hace poco más de medio siglo, ha encontrado una inesperada continuidad en los debates generados a propósito de sus vertiginosas mutaciones en las últimas décadas. Esta potencia económica, uno de los grandes focos de inversión internacional, se ha convertido en un importante campo de batalla dentro del debate en torno a los éxitos y fracasos del capitalismo tardío. Desde una perspectiva netamente liberal, el economista Juan Ramón Rallo esgrime que el crecimiento singapureño se debe a la «seguridad jurídica, impuestos bajos, estabilidad monetaria y regulaciones moderadas» , defendiendo a la república del sudeste asiático como perfecto microclima socioeconómico para el desarrollo empresarial. En su segunda ficción tras In the House of Straw (2009), el realizador y guionista Yeo Siew Hua se distancia —física y espiritualmente— del centro financiero de la capital para relatar una alucinada crónica noir que tiene lugar en los márgenes del sistema. Y como toda gran pieza de cine negro —da lo mismo si hablamos de Robert Siodmak, Fritz Lang, Jean-Pierre Melville o Michael Mann—, A Land Imagined consigue transmutar un drama de carácter humano y social en toda una tragedia de tintes existenciales

    Las monumentales grúas, las toneladas inagotables de gravilla o las playas artificialmente geométricas que se extienden hacia el infinito son los signos más representativos del paisaje en permanente expansión que habita Wang, un obrero chino que está a punto de desaparecer enigmáticamente. En ese mundo donde ni siquiera la intimidad procura un refugio emocional —Wang se abstrae a duras penas en un locutorio matando las horas con un shooter, mientras mantiene una relación indiscernible con alguien «al otro lado»— , y en el que el deseo es una añoranza melancólica de sí mismo —como manifiesta la tentativa de romance que mantienen el protagonista y la lacónica Mindy—, se abre con un horizonte de luces distantes, desenfocadas, la posibilidad material de una vida mejor y el ansia metafísica de ser otro. Tanto los inmigrantes ilegales que cargan sobre sus hombros con la edificación del «paraíso» como esa tierra donde viven, mueren y trabajan, se han visto sometidos por el capital a un proceso de aculturación que ha arrasado con sus códigos identitarios. Wang y Mindy nadan en el mar y contra la lejana costa para, de repente, desaparecer de nuestra vista. Una desconcertante elipsis nos lleva de golpe hasta sus cuerpos jadeantes, acostados sobre una arena que, descubriremos, ha sido importada de Malasia. El Singapur de A Land Imagined emerge así como territorio dislocado, un limbo que sacrifica la dignidad del hombre en el altar de los intereses corporativos y estatales.

    幻土, Yeo Siew Hua.
    Leopardo de Oro del Festival de Locarno.

    «El realizador y guionista Yeo Siew Hua se distancia —física y espiritualmente— del centro financiero de la capital para relatar una alucinada crónica noir que tiene lugar en los márgenes del sistema. Y como toda gran pieza de cine negro —da lo mismo si hablamos de Robert Siodmak, Fritz Lang, Jean-Pierre Melville o Michael Mann—, A Land Imagined consigue transmutar un drama de carácter humano y social en toda una tragedia de tintes existenciales».


    La tierra imaginada a la que hace referencia el título del filme hace alusión evidente, por un lado, al país en el que se desarrolla la acción; pero asimismo apunta a los escenarios soñados, tal vez inalcanzables, en los que quisieran perderse Wang y el detective Lok. De modo persistente, Yeo Siew Hua recurre a meta-encuadres que, dentro del plano —cinematográfico, pero también del plano de «lo real»—, enmarcan a los personajes en ventanas hacia otros lugares, embriagándolos con el anhelo de ser una persona distinta en un sitio diferente. A veces, estos meta-encuadres acaban inundando por completo el plano, suplantando el cosmos asfixiante y acotado de Wang y Lok: la pintura de un bosque que adorna las paredes de una casa o, especialmente, ese videojuego que, entre disparos y explosiones, hace más llevaderas las noches. En uno de los pasajes más elocuentes de A Land Imagined, un bug permite que atisbemos el juego más allá de sus hechuras, sumergiéndonos en una breve travesía en primera persona por las entrañas del mismo; así, la sólida ficción interactiva permite entrever una disfuncionalidad elemental en su diégesis particular. ¿Es acaso más «real» esta tierra imaginada que aquella por la que discurre Wang? En esa misma pantalla, casi al culminar el metraje, reaparecerá una versión virtual, pixelada, del rostro de Wang, por primera vez situado frente al de Lok. Se miran sin verse a los ojos desde dimensiones dispares de la existencia, reflejo de un abismo mucho más que físico entre uno y otro.

    Yeo Siew Hua pone sus muchos recursos audiovisuales al servicio de la invocación de una poética de la desubicación, donde el tiempo no fluye de manera lineal ni los espacios son, como hemos escrito, lo que parecen; o, más precisamente, lo que pretenden ser. Lok sueña que es Wang, y Wang, a su vez, evoca en una pesadilla la irrupción de Lok, encargado de investigar la desaparición de Wang, que aún no ha sucedido. En su extraña peripecia, transitan un sendero hacia la des-encarnación; cuando Ajit sueña consigo mismo y con su amigo Wang, asegurará que sentía como si ambos fueran desconocidos. Un velo de nocturnidad se despliega sobre A Land Imagined, incluso cuando las escenas tienen lugar a la luz del día. Sobre la piel de Wang y Lok, figuras insomnes y atónitas, se proyecta la escritura volátil de los neones, que, al variar sus colores, cambian asimismo el de ellos. En este Singapur, para el director una alegoría del mundo globalizado, quienes se ven obligados a abjurar de su individualidad y sobrevivir a la sombra del desarrollo económico no se hallan, esencialmente, lejos del ciudadano medio, condenado al exilio existencial que imponen entornos donde la brutalidad se reproduce al amparo de las leyes. En los compases últimos del largometraje entenderemos, al fin, que el policía, al pretender averiguar el destino del emigrante, está en el fondo intentando aprehender su propia razón de ser. Solo desvelando al otro, quizás uno se desvele a sí mismo. | ★★★★☆


    Ignacio Pablo Rico Guastavino |
    © Revista EAM / Madrid


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