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    Crítica: Todo pasa en Tel Aviv

    La trampa de las expectativas

    Crítica ★★★☆☆ de «Todo pasa en Tel Aviv», de Sameh Zoabi.

    Luxemburgo-Bélgica-IsraelFrancia, 2018. Título original: Tel Aviv on Fire. Dirección: Sameh Zoabi. Guion: Dan Kleinman, Sameh Zoabi. Compañías productoras: Samsa Film, TS Productions, Artemis Productions, Lama Films. Fotografía: Laurent Brunet. Montaje: Catherine Schwartz. Música: André Dziezuk. Reparto: Kais Nashif, Lubna Azabal, Yaniv Biton, Maisa Abd Elhadi, Nadim Sawalha, Salim Dau, Yousef 'Joe' Sweid. Duración: 100 minutos.

    En su tercer largometraje hasta la fecha, el realizador de origen palestino Sameh Zoabi abunda una vez más en los conflictos derivados de la ocupación israelí y, como ya sucediera en Téléphone arabe (2010) o Under the Same Sun (2013), opta por eludir la gravedad del asunto a través de una doble estrategia: la lectura alegórica y un jovial sentido del humor. Todo pasa en Tel Aviv reivindica la capacidad de la comedia popular —una coproducción que no disimula su carácter de feel good movie con ánimo comercial— para hacerse eco de los problemas del presente sin apartar la mirada. Precisamente, esta idea se halla en perfecta sintonía con el gran tema del filme: todo artefacto cultural es, en el fondo, un artefacto político. Incluso un culebrón como Arde Tel Aviv, en torno a cuyo rodaje orbita esta obra, centrado en el triángulo amoroso entre Rachel, una espía palestina, Marwan, un apasionado guerrillero árabe, y Yehuda, circunspecto militar israelí, en el 1967 de la Guerra de los Seis Días.

    La ficción, menos inocente de lo que se les antoja a miles de espectadores emocionados con los apasionados amoríos, confunde sus contornos con la realidad: la primera vez que Salam, ayudante de producción, pasa por el control del comandante Assi, la copia del guion que transporta con él lo pondrá en peligro. El título de la serie y la cantidad de nombres de cargos militares reflejados se prestan a un terrible malentendido. Mientras que, en tanto producto pop, Arde Tel Aviv entretiene a un público creciente árabe y judío, la escritura de la serie se convierte en un campo de batalla ideológico: Assi opina que la visión de la soldadesca israelí está cargada de estereotipos; Bassam, el director del programa, se inclina por un final trágico susceptible de reflejar el sufrimiento y dignidad del pueblo palestino; y Salam comienza a comprender, poco a poco, el potencial expresivo de un modesto producto para todos los públicos que, sin embargo, oculta una fuerza si bien no transformadora, sí capaz de desglosar las claves de un panorama sociopolítico complejo.

    «Todo pasa en Tel Aviv supone un soplo de aire fresco dentro de los acercamientos audiovisuales a un conflicto territorial cruento e interminable. Aunque en ocasiones patine en el resbaladizo terreno de la metáfora, nos hallamos ante un trabajo honesto en sus planteamientos, de grácil ligereza».


    Todo pasa en Tel Aviv es en el fondo una película sobre las expectativas protagonizada por un Salam que, al menos en un principio, carece completamente de ellas. Cada uno de los personajes —desde Mariam, el gran amor del héroe, hasta el mentado Assi, un sionista de tomo y lomo, pasando por los espectadores del show— espera constantemente algo de los otros; esperanzas que no se basan en la realidad y lo que esta ofrece sino en convicciones a menudo equivocadas sobre el rol que cada uno tiene —o quisiera tener— en ella. En este sentido, es la historia de un hombre sin atributos aparentes que descubre la posibilidad, como individuo y parte de un colectivo, de intervenir en la narrativa que configura el mundo que habitamos. Todo pasa en Tel Aviv no ofrece soluciones quiméricas ni se adentra en la naturaleza de las interminables fricciones israelí-palestinas; más bien, se erige en meditación acerca de la necesidad de honrar nuestro presente con los cuentos que (nos) contamos.

    En definitiva, Todo pasa en Tel Aviv supone un soplo de aire fresco dentro de los acercamientos audiovisuales a un conflicto territorial cruento e interminable. Aunque en ocasiones patine en el resbaladizo terreno de la metáfora, nos hallamos ante un trabajo honesto en sus planteamientos, de grácil ligereza hasta los últimos minutos, y cuyo discurso acerca de la alienación de las ficciones mainstream trasciende las fronteras del convulso entorno en el que se desarrolla y lanza, sin innecesarios aspavientos, un mensaje desafiante al público: dejamos de ser narradores cuando, simplemente, nos rendimos | ★★★☆☆


    Ignacio Pablo Rico Guastavino |
    © Revista EAM / Madrid


    Tel Aviv on Fire, Sameh Zoabi.
    Comedia de autor de amplio espectro.

    Nuestras derrotas

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