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    Crítica: Furia

    El hombre tranquilo

    Crítica ★★★★☆ de «Furia», de Olivier Abbou.

    Francia, Bélgica. Título original: Furie. Dirección: Olivier Abbou. Guion: Olivier Abbou, Aurélien Molas (Historia: Aurélien Molas). Compañías: 22h22, CNC, Chaocorp production, Nexus Factory, Ciné+, Umedia, Canal+, SofiTVciné 6, uFund. Fotografía: Laurent Tangy. Reparto: Adama Niane, Stéphane Caillard, Paul Hamy, Eddy Leduc, Hubert Delattre, Leila Amara, Coline Beal, Carine Bouquillon, Marie Bourin, Christopher Fataki, Charlotte Geiger, François Godart, Jacques Herlin, Matthieu Kacou, Carole Le Sone, Saverio Maligno, Florence Masure, Alioune Badara Mbay, Emmanuel Plovier, Emmanuel Rausenberger, Mickaël Sabah, Jean-Maximilien Sobocinski, Alice Taurand, Bruno Tuchszer, Coralie Wesolowski, Emilie Wiest, Yacine Benaouda, Naëlle Triplet, Victoria Wabelawa. Duración: 97 minutos.

    Hace diez años, el cineasta Olivier Abbou estrenaba su primer largometraje, Territories (Territoires, 2010), en un momento propicio en el fantástico y terror galos para una obra de sus características. Una década punteada por títulos deseosos de transgredir códigos de representación e imaginarios consensuados —con independencia de su filiación con los géneros cinematográficos—, tales como Fóllame (Baise-Moi, Virginie Despentes y Coralie Trin Thi, 2000), Irreversible (Gaspar Noé, 2002), Pasiones secretas (Choses secrètes, Jean-Claude Brisseau, 2002), Alta tensión (Haute tension, Alexandre Aja, 2003), Frontière[s] (Xavier Gens, 2007), Martyrs (Pascal Laugier, 2008) o Nuestro día llegará (Notre jour viendra, Romain Gavras, 2010). La recreación, a menudo de tintes epatantes, en la crueldad sobre el cuerpo y en una expresión de la sexualidad ajena a lo normativo, dinamitaba las barreras del «buen gusto» y, con ello, aspiraba a explorar el porqué de los límites que nos hemos impuesto culturalmente. Pero como nos enseñó el auge y caída del giallo —y sus derivados estéticos—, estos períodos en los que el cine se embebe de una fiereza física y audiovisual revulsiva no pueden durar eternamente: es la marea alta, que se va tal como ha llegado. En el mejor de los casos, su impronta se incorpora —así sucedió en lo referente al torture porn— en las sucesivas mutaciones del mainstream.

    Los citados filmes de Aja, Brisseau, Noé o Gavras atravesaban una crisis cultural con múltiples frentes, condensada en un clima de tensión social que sumaba factores, por ejemplo, como la progresiva visibilización de la violencia de género —propiciada por la pionera encuesta ENVEFF (Enquête Nationale sur les Violences Envers les Femmes en France) en el 2000—, o las problemáticas políticas migratorias y de integración de las administraciones de Jacques Chirac y Nicolas Sarkozy. Todo ello dio pie a un auge de movimientos populares —y rabiosas revueltas— y, a la vez, al renacimiento urbano de la ultraderecha. Furia exprime el terror y el thriller psicológico que por entonces generaba tanto debate y actualiza, con ánimo perturbador, sus mejores esencias. Así, Abbou recoge el testigo de vertientes diversas aquel cine para proyectarlas en su mirada sobre una Francia trabajadora cuyo descontento se ha visto reflejado en la presencia creciente de la reaccionaria Agrupación Nacional de Marine Le Pen.

    La vuelta de tuerca de Abbou opera a niveles varios. Para empezar, Furia recupera del «cine extremo francés» un ideal de la imagen como objeto de contusión; aspecto revelado por una artillería técnica y formal desbocada, dispuesta a eviscerar una realidad política compleja y contradictoria donde no tienen cabida el esquematismo ideológico o la polarización pueril. Hablamos de un largo incómodo, tanto en sus modos como en sus discursos. De partida, Furia propone un viraje inteligente a los postulados del home invasion, subgénero en el que el héroe defiende la última trinchera entre el mundo y su cuerpo: el hogar. Aquí, sin embargo, Paul, profesor de Historia y padre de familia afrodescendiente, asiste desconcertado a la pérdida legal de su flamante casa familiar, «ocupada» por dos conocidos. En una de las primeras escenas, un dilatado plano secuencia —sin que la cámara traspase nunca la verja de entrada al lugar, filmando al protagonista desde una significativa distancia— nos muestra cómo Paul es detenido al intentar entrar en el espacio al que siempre ha pertenecido. Nada ya puede ser dado por hecho: ni siquiera la pertenencia a un sitio. El comienzo de una interminable pugna legal por recuperar lo que le han quitado discurrirá paralela a la autodestrucción de alguien incapaz de cumplir con el rol «alfa» que se le exige. «Un hombre toma lo que quiere», le espeta Mickey, perversa figura mefistofélica y amoral que lo arrastrará por sórdidas aventuras hedonistas llamadas a despertar a la bestia masculina agazapada en su interior.

    Furie, Olivier Abbou.
    Una de las joyas del catálogo de Netflix.

    «Hay en Furia poderosas advertencias ante el rumbo de una clase obrera que no ha aprendido a canalizar su (comprensible) resentimiento, ácidas consideraciones acerca del mezquino doble filo de los discursos victimistas y, sobre todo, una meditación inquietante a propósito del precario estatuto de los hijos y nietos de emigrantes africanos en una Europa que sigue mirándolos como a extraños».


    Cuando uno de sus alumnos lo insulte usando el término «oreo» —cuerpo negro, alma blanca—, Paul se sumirá en una vorágine que, en última instancia, casi destruirá la relación con Chloé, su mujer, y con el hijo de ambos. El cineasta aprovecha este traumático viaje a los abismos del espíritu para llevar a cabo una triple deconstrucción: la clase, la raza y el género como pilares de una arquitectura individual que ordena, expectativas sociales mediante, nuestro papel en la comunidad. De una manera muy brillante, Furia bien podría ser entendida como un exploit de Perros de paja (Straw Dogs, Sam Peckinpah, 1971), en el que Paul recorre el camino inverso al David Sumner que encarnaba Dustin Hoffman. Si en la película de Peckinpah, un sombrío tratado antropológico, el matemático pacifista huía del enconado ambiente de Estados Unidos para renacer como máquina de matar, el antihéroe imaginado por Abbou y la coguionista Aurélien Molas ha de aceptar que no puede —ni nadie que lo aprecie espera esto de él— convertirse en el tipo violento y posesivo que jamás ha sido.

    Obligado finalmente a empuñar un cuchillo, no lo hará sino tomando partido ante una situación de mimbres alegóricos; es decir, aliándose con los inquilinos de su antigua casa, un matrimonio desahuciado, para enfrentar a la horda de hombres-cerdo que intentan acabar con ellos. La Amy de Perros de paja encuentra asimismo su contrapunto en Chloé: la primera no puede resistir su debilidad ante el «macho» brutal que la toma por la fuerza, mientras que la segunda afronta audaz su programación previa de «hembra» que desea ser dominada. Hay en Furia poderosas advertencias ante el rumbo de una clase obrera que no ha aprendido a canalizar su (comprensible) resentimiento, ácidas consideraciones acerca del mezquino doble filo de los discursos victimistas —véase el tramo en que Paul «vende» el sufrimiento de su hijo para conseguir su objetivo— y, sobre todo, una meditación inquietante a propósito del precario estatuto de los hijos y nietos de emigrantes africanos en una Europa que sigue mirándolos como a extraños. No obstante, aunque Furia incida en los rasgos psicológicos de sus protagonistas para sacar a la luz pulsiones colectivas soterradas, su conclusión ofrece matices luminosos: en el ser humano se halla la tentación de abrazarse al caos y la destrucción, nos dice Abbou, pero este no es necesariamente el rasgo más distintivo de nuestra naturaleza | ★★★★☆


    Ignacio Pablo Rico Guastavino |
    © Revista EAM / Madrid


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