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    Crítica | Y llovieron pájaros

    La vejez es una masacre

    Crítica ★★☆☆☆ de «Y llovieron pájaros» de Louise Archambault.

    Canadá, 2019. Título original: Il pleuvait des oiseaux. Dirección: Louise Archambault. Guion: Louise Archambault (de la novela de Jocelyne Saucier). Intérpretes: Kenneth Welsh, Andrée Lachapelle, Gilbert Sicotte, Rémy Girard, Ève Landry, Éric Robidoux. Productoras: Nathalie Bissonnette, Ginette Petit. Música: Andrea Belanger, David Ratté. Edición: Richard Comeau. Sonido: Sylvain Bellemare. Compañías productoras: Les films outsiders. Duración: 124 min. Presentación oficial en el Festival de Toronto 2019.

    Hay un tipo de cine del que te basta una escena, o dos en el mejor de los casos, para presumir que nada te va a sorprender, que va a discurrir por cauces tranquilos, relajados, con las convenientes dosis de humor y drama. Todo muy calculado, todo muy diseñado, todo muy manoseado, todo muy previsible. Y llovieron pájaros, tercer largometraje de la directora canadiense Louise Archambault (conocida, en España por Gabrielle, película que se mueve por las mismas coordenadas), peca de todo aquello que el cine que pretende ser mayoritario utiliza para que la experiencia pueda ser agradable, de la misma manera que termina siendo intrascendente. Desde el momento en que aparece la comunidad de hombres ancianos uno sospecha todo lo que puede ocurrir a continuación, y pocos tópicos quedarán sin revelarse, algo para lo que algún subrayado visual eliminará las dudas antes de que suceda el acontecimiento guionizado. En lo técnico apenas puede hacerse reproche, en lo interpretativo se mantiene un más que aceptable nivel en los actores de más edad, pero son el argumento y la realización, fruto de ese diseño previo destinado a contentar a la mayoría, lo que hacen del recuerdo de la película algo tan fugaz como el vuelo de una golondrina. Parafraseando a Philipp Roth en su novela Elegía, la vejez no es una batalla, es una masacre, y cualquier intento cinematográfico de endulzar ese momento vital termina pareciendo impostado, y por eso Y llovieron pájaros tiene una melodía llena de trucos de prestidigitador que no funcionan y cansan al cuarto de hora.

    Resulta creíble, y prometedora, la existencia de una comunidad diseminada en los bosques canadienses que ha decidido borrarse de todo tipo de registros y vivir en plena libertad sin someterse a ningún tipo de convención ni atadura social; una serie de personas que, tras una catástrofe (a la que hace referencia el título como consecuencia de un devastador incendio forestal), abandonan trabajos, familia, amistades y, como nuevos eremitas de la contemporaneidad, se refugian en los antecedentes de Thoreau para comenzar una nueva vida en el bosque, comprometiéndose a poner fin a la misma cuando les parezca oportuno porque el cuerpo ya no responda. Como idea resulta válida y atractiva; personas que alrededor de los 50 lo abandonaron todo y mantienen su independencia absoluta sin que nadie les moleste. Los años han pasado y la vejez hace asomar la necesidad de plantearse elegir el momento de la muerte, y sin embargo el guion, en vez de trabajarse desde esa interesante propuesta, que, probablemente haría del relato algo muy amargo y triste, se empeña en introducir personajes secundarios innecesarios y que eliminan la importancia del núcleo central, transformando a los aislados en seres necesitados de la civilización de manera constante.

    Il pleuvait des oiseaux, Louise Archambault.
    Sección oficial del Festival de San Sebastián.


    «Es una película amable, educada, que no compromete al espectador para que se sienta incómodo, aunque su posición ante la eutanasia no deja de ser dudosa y ésta es presentada de manera cuestionable».


    Esto obliga a la historia a introducir una pareja joven, una fotógrafa que va retratando a los supervivientes de aquel incendio y recogiendo testimonios, en el que un nombre y una historia de amor inconclusa captan su atención, y que consigue, de manera muy fácil, contactar con la única persona que mantiene relación con el grupo de septuagenarios, y que, a su vez, compromete al grupo a aceptar a una nueva miembro entre ellos. La idea del “buen salvaje”, del aislamiento vital, desaparece cuando advertimos que ese grupo de ancianos no sobrevive por sus medios, sino que depende de ese joven para recibir sus suministros. ¿Progresa algo la historia por la introducción de esa pareja joven? Realmente no, y su innecesaridad, como la de esa improbable intimidad que se fragua desde la primera noche entre ellos, arrastra consigo gran parte del atractivo del conjunto. Si al grupo de ancianos, al que se sumará una mujer llevada allí huyendo de una existencia secuestrada que le ha robado la vida, se le presumen ciertos lugares comunes y conflictos previsibles, las esporádicas apariciones de la joven pareja no hacen sino introducir un elemento de distorsión que restan eficacia a la idea de aislamiento y vivir en, y de, la naturaleza, que termina convirtiéndose en una experiencia hippie con un pie en el bosque y otro en la civilización más cercana.

    Es una pena que, al best-seller en el que se basa el libro, no se le haya añadido algo del nihilismo sociópata de otro escritor canadiense que ambienta sus obras en espacios donde la naturaleza está tan presente como en esta Y llovieron pájaros. Haber seguido la estela de David Vann habría eliminado el alcanfor y la naftalina de una historia que, progresivamente, va cayendo en una sucesión de tópicos y lugares comunes que ha de concluir con el necesario romance para vender un producto. Que cualquier edad es perfecta para cualquier cosa, desde bañarse desnudo en un lago hasta cultivar marihuana, desde enamorarse hasta formar un nuevo hogar de vuelta a la sociedad renunciando a ideas que parecían muy sólidas por amor. Es una película amable, educada, que no compromete al espectador para que se sienta incómodo, aunque su posición ante la eutanasia no deja de ser dudosa y ésta es presentada de manera cuestionable. En el fondo hay bonitos paisajes, músicas de hoguera nocturna, borracheras y marihuana, cielos estrellados, lagos de postal rodeados de enormes abetos, sexo fugaz para los jóvenes y enamoramiento juvenil perdurable para los ancianos. Un mundo feliz de presente urgente que, una vez visto, se olvida con mayor facilidad que asistir a sus dos interminables horas que, sinceramente, parecen cine pensado para la televisión de sobremesa | ★★☆☆☆


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid



    La familia Samuni

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