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    Crítica | Never Rarely Sometimes Always

    Ser adolescente es una mierda

    Crítica ★★★★☆ de «Never Rarely Sometimes Always», de Eliza Hittman.

    USA, 2020. Dirección: Eliza Hittman. Guion: Eliza Hittman. Intérpretes: Sidney Flanigan, Talia Ryder, Théodore Pellerin, Ryan Eggold, Sharon Van Etten. Productoras: Adele Romanski, Sara Murphy. Música: Julia Holter. Edición: Scott Cummings. Fotografía: Hélène Louvart. Diseño de producción: Meredith Lippincott. Vestuario: Olga Mill. Duración: 101 min.

    Abre la cinta un breve montaje en plano general de abigarradas actuaciones en un fin de curso escolar. El evento parece fuera de su tiempo, siendo su estética de brilli brilli más cercana a una América estereotipada al estilo años cincuenta que a un contexto contemporáneo. Tras un par de terribles performances circences, el mismo plano general nos sitúa ante una chica, Autumn (Sidney Flanigan), que canta, acompañada solo por su guitarra, una desgarradora versión de la popera «He’s Got The Power» de The Exciters, transformada de himno religioso a letanía por una relación romántica evidentemente tóxica. Es muy triste; el púber que entendemos es el mismo «He» de la canción la interrumpe para llamarla puta. No es el lugar para cantar esto, algo que subraya la planificación, en ese congelado plano general que la deja a ella desnuda bajo todos los focos y, por lo tanto, sola ante nuestra mirada. El escenario-de gimnasio-de instituto nos traslada directamente al trillado camino de lo adolescente en pantalla: un imaginario ya conquistado, bien parcelado, el de una edad que dolió tanto que no podemos sino mirarla incluso con simpatía. Nuestros prejuicios de lo teen se encargarán de poner a esa chica y su apabullante despliegue emocional «en su sitio»… hasta que, tras una breve sucesión de contraplanos (su agresor, el auditorio), la cámara se posiciona y, como es un filme de Hittman, sabemos que estos tropos van a complicarse. Autumn retoma su canción, dolida pero reafirmada, en un plano medio que nos situará cerca y a su altura, listos –lo estemos o no– para apartar el cliché y mirarla directamente a los ojos.

    Este reencuadre es vital para analizar el punto de vista narrativo de la cámara y, en definitiva, el esqueleto de su particular puesta en escena. Más tarde, Hittman cargará las tintas de la planificación, colocándonos, en un sencillo ejercicio de focalización y escala de plano, directamente tras la mirada de la joven, alternándola con la de su compañera Skylar (Talia Ryder). No obstante, serán las percepciones de Autumn las que movilizarán el relato, y solo suya será la realidad que se nos muestre: áspera, confusa, pero, sobre todo, personal y dolorosa. Así, aunque su madre (la cantante y actriz Sharon Van Etten) no sea capaz de mantener a raya ni los crueles comentarios de un padrastro despótico, cada mañana realizará el mismo gesto diligente de poner la chaqueta a sus hermanos pequeños… y al cruel paterfamilias, en un paralelismo que, a ojos de la chica, no dice nada bueno de ella. En un aparte, quizás la madre encuentre su propia voz en ese «Seventeen» que encumbró a Van Etten como referente femenino del post-punk y que forma parte de todos los tráilers de la cinta: «You'll crumble it up just to see / Afraid that you'll be just like me». En la pantalla, sin embargo, no hay apoyo maternal para Autumn, que vive en un mundo dominado por machos. Ellos van a ser los grandes antagonistas de la cinta de Hittman, aquellos que van a maltratar, acosar y abusar cada vez que se les presente una oportunidad, a veces (es el caso del personaje de Théodore Pellerin) sin apenas darse cuenta. No hay, eso sí, ningún ataque a los hombres fuera de la pantalla, solo una realidad incómoda; un reflejo de lo que alguna vez hemos sentido todas las chicas adolescentes al salir a la calle. Según un estudio de la organización estadounidense Stop Street Harrassment, en 2019, un 81% de las mujeres se había sentido acosada al salir a la calle. «¿Alguna vez has deseado ser un tío?», pregunta Skylar a su prima, a lo que esta responde: «Todo el rato»; la que dirigió It felt like love sabe bien que ser una chica joven es una mierda.

    Hittman focaliza la narración de forma precisa, constante. Observamos el espacio vivencial de la joven, a menudo compartido tácitamente con la figura clave, capital, de Skylar (cuyo sometimiento voluntario a la dominación patriarcal podría protagonizar sin problemas la próxima película de la realizadora), y será la voluntad de tangibilizar este universo de gestos y miradas la que suture toda la película. Al principio de la cinta, Autumn visitará la pequeña clínica de su pueblo natal en Pensilvania para someterse a un sonograma. Sucede que lo que la matrona anti-abortos describe como «el sonido más mágico que podría oír nunca», ese bajo crepitar semialienígena que produce el corazón del feto al ser escaneado, se convierte en el epítome de una lenta sesión de tortura a partir de un sencillo movimiento de cámara, que sigue de cerca los ojos de Autumn mientras se apartan de la pantalla que contiene la viva imagen de su sufrimiento callado, casi en cámara lenta. Hittman se mantendrá siempre en primer plano, permitiendo que sea la interpretación de Sidney Flanigan la que guíe las secuencias, buscando el gesto en clave baja como protagonista absoluto de su acercamiento visual. Por ello, sacrificará cualquier cierre narrativo a través de la profundidad de campo, negándonos una concepción abierta al espacio de la escena como elemento con el que jugar; en ocasiones, incluso renunciará a encuadrar la cara entera de las actrices para tener un mejor encuadre a un detalle de su rostro y, sobre todo, de sus ojos.

    Never Rarely Sometimes Always, Eliza Hittman.
    Gran Premio del Jurado de la 70ª edición de la Berlinale.


    «Si la adolescencia es el proceso de conquista de los espacios, en el cine será el camino a incorporarnos a ese plano general que representa la vida adulta, por muy desagradable que esta sea. Crecer –ahí quede la metáfora– es aprender a trajinar una maleta pesada, sin ruedecillas en un mundo sin rampas».


    Nos encontramos ante una evidente fascinación por la expresividad facial, parecida a la que Béla Balázs hacía referencia al hablar del poder del primer plano como lengua franca para una cierta idea de «verdad» en el cine. Es curioso, porque el mismo Balázs considera a los niños y a los animales máximos exponentes de la autenticidad delante de la cámara, pues su otredad ingobernable descubre un modo de significación expresiva desatado, mucho más cercano a un estado de conciencia natural que a una gramática social impuesta por la convención. Animales, niños, ¿no tienen los adolescentes un poco de cada? En todo caso, las teorías de Balázs nos sirven de leyenda para la exploración que Hittman realiza alrededor de la vivencia adolescente. En una de las escenas más importantes de la cinta, Autumn debe responder a unas preguntas particularmente íntimas sobre sus relaciones con chicos. La asistenta social que se las plantea lo hace para asegurarse de que está a salvo, y motivo no le falta, pues por las escuetas respuestas que la joven esgrime entendemos que ha sido víctima de maltratos y abuso. No sabemos más, no es necesario: la emoción es lo que interesa a la realizadora, no las circunstancias de lo que fuera que pasó. Es la devastación emocional, las consecuencias y cómo afrontarlas, lo que tendría que ir por delante. Soraya Nadia McDonald escribía en el número de noviembre-diciembre de Film Comment un brillante análisis de Test Pattern (Shatara Michelle Ford, 2019) como respuesta devastadora a la cómo juzgamos aquellas víctimas de la violación, y creo que la de Hittman puede funcionar como continuación práctica de sus conclusiones. Ni cómo vestía, ni lo que ella hizo o no: no hay justificación alguna para un abuso sexual. Porque la rotura emocional, el trauma, no admite peros.

    Dejamos a las chicas de vuelta a casa, con plena consciencia de haber compartido con ellas un episodio perdurable en su memoria. ¿Es esto una película de maduración? Nueva York queda en la lejanía como un espacio aislado, enmarcado por dos trayectos de autobús que parecen vivir en un tiempo flotante, suspendidos en un analógico luminoso. El viaje de ida tiene forma de pregunta, de reto; un lindar para entrar en un mundo incierto. El viaje de vuelta será el de hacer las paces con una misma. Si la adolescencia es el proceso de conquista de los espacios, en el cine será el camino a incorporarnos a ese plano general que representa la vida adulta, por muy desagradable que esta sea. Crecer –ahí quede la metáfora– es aprender a trajinar una maleta pesada, sin ruedecillas en un mundo sin rampas | ★★★★☆


    Mariona Borrull Zapata |
    © Revista EAM / 70ª edición de la Berlinale


    La familia Samuni

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