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    Crítica | El irlandés


    Reconstrucción gloriosa y crepuscular |

    Crítica ★★★★★ de «El irlandés», de Martin Scorsese.

    Estados Unidos, 2019. Título original: The Irishman. Presentación: Festival de Nueva York 2019. Dirección: Martin Scorsese. Guion: Steven Zaillian (basado en el libro de Charles Brandt). Productoras: Fábrica de Cine / STX Entertainment / Sikelia Productions / Tribeca Productions. Fotografía: Rodrigo Prieto. Montaje: Thelma Schoonmaker. Música: Robbie Robertson. Diseño de producción: Bob Shaw. Dirección artística: Laura Ballinger. Decorados: Regina Graves. Vestuario: Christopher Peterson y Sandy Powell. Reparto: Robert De Niro, Al Pacino, Joe Pesci, Bobby Cannavale, Ray Romano, Anna Paquin, Jesse Plemmons, Stephen Graham, Harvey Keitel. Duración: 209 minutos.

    Martin Scorsese. Robert De Niro. Joe Pesci. Al Pacino. Cuatro nombres que por sí solos han marcado en buena parte la historia del cine, y en especial lo han hecho en ese subgénero conocido como “cine de mafiosos”. Los tres primeros colaboraron en dos de sus hitos de los años 90: Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990) y Casino (1995), sin olvidar que ya lo habían hecho en Toro salvaje (Raging Bull, 1980). Desde entonces De Niro y Pesci también trabaron buena amistad y así el primero contó con el segundo para sus dos únicas incursiones como realizador, tras haber participado juntos igualmente en otra obra maestra: Érase una vez en América (Once Upon a Time in America, Sergio Leone, 1984). Por su parte, Al Pacino coincidió con De Niro en El padrino: Parte II (The Godfather: Part II, Francis Ford Coppola, 1974), antes y después de completar esta trilogía tan definitoria. Lo curioso es que, con todo este recorrido, hasta la fecha Pacino no había sido dirigido por Scorsese. Así cuando éste inició contactos con De Niro para adaptar el libro de Charles Brandt, I Heard You Paint Houses, pronto los dos vieron una oportunidad única para incorporar a Pacino al proyecto, que accedió encantado. Más costó convencer a Pesci, prácticamente retirado ya de la industria, aunque finalmente De Niro lo logró. Afortunadamente se mantuvo este contacto durante los largos años que precedieron a la producción, difícil de afrontar por la naturaleza histórica de la novela adaptada y por la edad ya avanzada de todos los implicados. Si quería mantenerse su protagonismo, era necesario rejuvenecerlos durante buena parte del metraje, para lo cual Scorsese decidió recurrir a una nueva tecnología de digitalización que ya había mostrado sus efectos más o menos convincentes en algunas secuencias cortas. El problema era que ahora debía extenderse durante muchos minutos, trabajo que alargó no solo la producción sino también la posproducción. Por ello hubo rumores de estreno ya en 2017, y más consistentes en 2018, pero por fin ha sido este año cuando la película ha llegado a nuestras salas… eso sí de forma muy limitada, pues debido a todo lo anterior ha sido Netflix quien ha acabado asumiendo su duración y coste, y como sabemos la política de esta plataforma impide una exhibición general en la cartelera.

    Puede sorprender que ninguno de los estudios tradicionales estuviera dispuesto a respaldar esta propuesta, dado todo su pedigrí. De hecho, como ha reconocido el propio Scorsese, habría sido imposible verla fructificada si no hubiera sido por el apoyo de Netflix. Hay una nota un tanto paradójica en que la obra cumbre de estos artistas que han dejado tan claramente su huella en el séptimo arte se aleje de las grandes pantallas, o al menos de quienes tradicionalmente las han impulsado. También es verdad que esto acentúa lo extraordinario del filme, siendo una oportunidad si cabe más única verlo a estas alturas en el cine. Y es el que mismo nos devuelve maravillosamente a un relato que creíamos ya propio del pasado. La novela de Brandt y el consiguiente guion de Steven Zaillian siguen las peripecias del irlandés del título (aunque el metraje conserva al principio y al final el título original del libro), un tal Frank Sheeran (De Niro), veterano de la Segunda Guerra Mundial que a su regreso a Estados Unidos se dedica a conducir camiones de reparto. Un día una avería del vehículo le obliga a parar en una gasolinera, donde conoce a Russell Bufalino (Pesci), capo de la mafia italoamericana, que a su vez le introduce luego a otros mandamases relacionados con el hampa, en particular los personajes interpretados por Bobby Cannavale y Harvey Keitel. De esta manera Sheeran acaba siguiendo sus órdenes, pasando rápidamente del mero transporte a la ejecución directa, esto es, matando a sangre fría a todo aquel que se interpone en los planes de sus nuevos jefes. En esta jerga criminal, “pintar casas” se refiere a llevar a cabo estos encargos, mientras que cuando uno añade que “realiza su propia carpintería”, es que es autor directo del asesinato. Así se lo hace saber Sheeran cuando por mediación de Buffalino conoce por teléfono a Jimmy Hoffa (Pacino), líder sindicalista que ante las constantes amenazas que sufre necesita protección cercana, que pronto cubre Sheeran. Y en esta unión se va forjando asimismo una amistad entre ambos, hasta el punto de que este último queda empleado en el propio sindicato como responsable de una de sus delegaciones. Estos son los principales puntos del grueso del relato, que abarca un par de décadas de mediados del siglo XX, incorporando con ello algunos de sus sucesos más conocidos, como la elección y muerte de Kennedy o la intervención en Cuba. Y es como adelantábamos en toda esta parte donde vemos a De Niro, Pesci y Pacino como si fueran algo más jóvenes.

    The Irishman, Martin Scorsese.
    La obra maestra de Martin Scorsese la estrena en España TriPictures previa a su exhibición en Netflix.

    «Hay una nota un tanto paradójica en que la obra cumbre de estos artistas que han dejado tan claramente su huella en el séptimo arte se aleje de las grandes pantallas, o al menos de quienes tradicionalmente las han impulsado. También es verdad que esto acentúa lo extraordinario del filme».


    Nuestra percepción puede tardar algo más en ajustarse en el caso de De Niro, porque es el que vemos primero (Pacino de hecho tarda bastante en aparecer) y porque contrasta con su imagen envejecida, que es con la que arranca El irlandés. En efecto, aunque la trama principal sigue los derroteros antes indicados, el libreto está estructurado en tres niveles: además del señalado, tenemos el de un tiempo posterior en que Sheeran está ya confinado a una residencia de ancianos, desde la que nos va narrando su historia (por lo que esta está guiada esporádicamente por su voz en off), y el de un tiempo intermedio en que Sheeran y Buffalino emprenden un viaje en coche con sus respectivas mujeres hasta Detroit, en principio solo para asistir a la boda del hijo de Buffalino, aunque adivinamos que ese viaje tendrá un propósito ulterior. En otras palabras, tenemos un viaje de la memoria evocado desde la citada residencia, combinado el viaje propiamente dicho en coche, entre cuyas menciones y paradas se va narrando el primero de los antedichos niveles, otro “viaje” en sí mismo, en este caso el más interno de nuestro antihéroe hacia lo más oscuro de su personalidad. La estructura narrativa es así especialmente reveladora, pero sería confusa para el espectador si no fuera por lo ajustado del montaje, de nuevo en manos de Thelma Schoonmaker. La manera en que están hiladas las tramas, teniendo en cuenta lo abultado del metraje, es muy admirable, pues pese a los tiempos entrelazados siempre queda claro donde y cuando estamos situados (gracias también a la forma en que se funden con aquel algunas imágenes de archivo y recortes de periódico de la época). Y nunca se olvida una trama a costa de las demás, surgiendo cada una en el momento y con la duración justas para que todo discurra con gran armonía. Es en verdad un mérito enorme en una película de tres horas y media que abarca tanto, y lo es por el acierto de Scorsese y Schoonmaker al dedicarse con énfasis tanto a la visión general de estos acontecimientos y su conexión, como al desarrollo causal entre una escena y la siguiente. La mayoría de los cineastas que han acometido o puedan acometer una realización de estas características se perderían yendo y viniendo entre una acción y otra: aquí sin embargo las mismas funcionan casi en una relación de causa-efecto.

    The Irishman, Martin Scorsese.
    ¿La gran favorita al Oscar a mejor película?.

    «La estructura narrativa es así especialmente reveladora, pero sería confusa para el espectador si no fuera por lo ajustado del montaje, de nuevo en manos de Thelma Schoonmaker. La manera en que están hiladas las tramas, teniendo en cuenta lo abultado del metraje, es muy admirable».


    Así por ejemplo podemos tener una secuencia en que Sheeran le consulta algo a Buffalino sobre Hoffa, y la secuencia siguiente nos mostrará ya la reacción de Hoffa ante lo que le informe Sheeran, en lugar de darse esta información con posterioridad. Esto facilita mucho la implicación en una historia donde de hecho gran parte de la información ya es conocida, por lo que su interés reside antes en el cómo que en el qué. El montaje va incluso más allá y cuenta también con otros pequeños flashbacks que nos cuentan la intrahistoria de algunos personajes secundarios, cuando son introducidos. Estos fragmentos están asimismo insertos de manera muy homogénea dentro del grueso de la trama, y el que se cuenten con cierto detalle contrasta con lo expeditivo de los rótulos que en otras ocasiones aparecen cuando vemos por primera vez a un personaje, informándonos ya no sobre su pasado sino sobre su futura muerte, casi siempre violenta. A mayor escala esto separa El irlandés del glamour que rodeaba las propuestas anteriores del subgénero: aquí apenas hay tiempo para las celebraciones, ni tampoco hay apenas lugar para otras vías de escape de estos personajes: de forma llamativa, no hay una sola escena en que veamos un intercambio amoroso entre ellos y sus mujeres, ni tampoco hay ninguna escena de drogadicción o alcoholismo. En esto Scorsese se acerca también en gran parte al enfoque que de la mafia nos ofreció El padrino, y de hecho hay dos guiños casi directos a esta obra: una imagen de Hoffa sentado solo en el porche junto a un lago, hacia el desenlace de la historia; y sobre todo una secuencia donde dialogan Sheeran y Buffalino, incluyendo palabras en italiano, mientras se oye una melodía reminiscente de la conocida partitura de Nino Rota. En este sentido no puede dejarse de mencionar la apabullante banda sonora, con canciones muy conocidas y muy bien colocadas, además del aporte original de Robbie Robertson a modo de leitmotiv algo más inquietante y turbio, frente a la amenidad de las canciones anteriores. Todo este componente musical realza una puesta en escena por lo demás relativamente sobria, con escasos movimientos de cámara salvo por ejemplo para introducir a modo de singularización en medio de un juicio colectivo a Sheeran o Hoffa ante un tribunal o una comisión de investigación. Pero más que estos será el tiempo el que juzgue a unos individuos condenados por el mismo, a morir prematuramente o acabar solos, olvidados por sus familias si las tuvieron y relegados por una sociedad ajena a lo que realmente podía cocerse entre ellos… hasta que alguien como Scorsese nos ha hecho partícipes de ello con el mayor realismo y a su vez la nostalgia más cinematográfica que pueden imaginarse | ★★★★★


    Ignacio Navarro Mejía |
    © Revista EAM / Madrid


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