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    Crítica | Retrato de una mujer en llamas

    Will O' the Wisp

    Crítica ★★★★★ de «Retrato de una mujer en llamas», de Céline Sciamma.

    Francia, 2019. Título original: Portrait de la jeune fille en feu. Director: Céline Sciamma. Guion: Céline Sciamma. Fotografía: Claire Mathon. Música: Para One, Arthur Simonini. Montaje: Julien Lacheray. Productora: arte France Cinéma / Hold Up Films / Lilies Films. Diseño de producción: Thomas Grézaud. Diseño de vestuario: Dorothée Guiraud. Intérpretes: Adèle Haenel, Noémie Merlant, Luàna Bajrami, Valeria Golino, Cécile Morel. Presentación oficial: Festival de Cannes 2019. Duración: 120 minutos.

    Desde su mismo título, Retrato de una mujer en llamas nos invita a participar en un proceso de asimilación coartado, irremediablemente condicionado por una mirada sesgada que nos obliga a consultar, de manera continua, la narrativa de Henry James. En su descripción de una mujer poderosa, atormentada por una naturaleza errática –dentro del contexto patriarcal represivo de la Francia del siglo XVIII–, y la soledad derivada de una vida de decisiones demasiado restringidas por la sociedad, Céline Sciamma recurre a algunas de las técnicas más representativas del escritor neoyorquino, así como a temáticas y situaciones que retratan escrupulosamente los dilemas existenciales de su protagonista. Marianne, una pintora que, como otras grandes artistas de la época, disfruta de una afortunada reputación gracias a la fama de una figura masculina, la de su padre en este caso, recibe el encargo de realizar el retrato de una introvertida joven que se ha visto obligada a un matrimonio de conveniencia. Como último e irrelevante gesto de desobediencia, o quizá como simple empeño simbólico de negación, Héloïse rechaza ser pintada por cualquiera de los artistas que tratan de escudriñar su hermético semblante. Héloïse, al igual que Isabel Archer, es una heroína sin gloria, una joven que se convirtió en dama sin quererlo y ahora deberá afrontar las nupcias con la misma resignación. Su figura como mujer se aleja cada vez más de los dictados de su corazón, y, precisamente por esto, encontrará la compasión del espectador, quien terminará de entender la ironía de aquellos que, pese a tenerlo todo, darían su vida por la distante sencillez de poder elegir un futuro y su propia felicidad. Ambas mujeres pagan con la soledad el precio de sus equivocaciones.

    Dentro del realismo psicológico, esa vertiente tan gratificante de la novela realista que permite el asalto a ciertos elementos visualmente llamativos mediante la perspectiva psicológica de sus protagonistas, la directora otorga la razón al acto emotivo; a la psicología que se esconde en el gesto y se traduce por medio de la imaginación en un objeto pictórico. Mediante esta técnica, el guion se introduce de forma sutil en los diferentes niveles de entendimiento de la heroína, algo impensable desde una visión naturalista. En este caso, el retrato, como objeto final convertido en obra de arte, funciona de metáfora de la comprensión entre la artista y la musa, quienes terminarán compartiendo un estado pasional de lacerante opresión. Como los personajes femeninos de las novelas de Hawthorne, las dos protagonistas viven al principio un estado de gran visceralidad contenida que deriva en un frenesí carnal desatado de tintes pecaminosos. Sin embargo, a diferencia de Hawthorne, los personajes de Sciamma no se muestran tan críticos con la figura masculina –como sí lo hace el relato–, ni luchan por conseguir su libertad a cualquier precio, por lo que el pesimismo, fruto de la verdadera sinceridad, emerge victorioso en cada pugna por la razón. Aquí es donde entra en juego el miedo a la deshonra, tan promovido por los ideales judeocristianos de la época. El constante pensamiento hacia lo vergonzoso está directamente relacionado con los conceptos de la culpa y la represión. Vemos cómo cada mirada esquivada, cada caricia rechazada y, por supuesto, ese final tan emotivo, se presenta como un análisis de las epistemologías acentuadas y los moralismos bifurcados, vinculados a lo que Foucault definió como la hipótesis represiva y la vergüenza tóxica.

    Portrait de la jeune fille en feu, Céline Sciamma.
    Una de las grandes películas de 2019 que estrena en España Karma Films.

    «Vemos cómo cada mirada esquivada, cada caricia rechazada y, por supuesto, ese final tan emotivo, se presenta como un análisis de las epistemologías acentuadas y los moralismos bifurcados, vinculados a lo que Foucault definió como la hipótesis represiva y la vergüenza tóxica».


    Sciamma consigue otorgar a su protagonista una carnalidad y una profundidad tan intensas que el desenlace nos permite la posibilidad de seguir construyendo mentalmente las piezas que compondrán su futuro, un futuro esperanzador o pesimista, pero siempre decidido por nosotros en función de lo presenciado. Será entonces, en nuestro proceso diegético, cuando comprendamos que aquella vergüenza, que intuíamos en Héloïse, se sitúa en un umbral ficticio como el componente principal que separa la introversión y la extroversión, el puritanismo de la carnalidad, la emancipación de la esclavitud… la felicidad de la miseria. Y mientras todas estas emociones salen a la superficie, el retrato de la mujer en llamas se va componiendo. Con la compenetración y la comprensión de las mujeres, el cuadro va cobrando matices de realidad y fidelidad que antes habían sido imposibles de plasmar por la pintora. Cada boceto desechado supone un acercamiento más entre ellas, porque finalmente el retrato no puede representar a Héloïse como su familia la conoce, como el espectador la conoció al principio, sino que tiene que desnudarla y presentarnos a la mujer que se esconde tras esa fachada. Así, la directora equipara la ficción a la pintura para concebir un fresco social e histórico en el que las actuaciones humanas pugnan frente a un contexto hostil y poco acogedor. Finalmente veremos que para que el retrato se complete, si es que esto llega a producirse, no solo Marianne tendrá que llegar a entender y aceptar a Heloïse de forma precisa, sino que esa relación deberá ser recíproca, ambas mujeres tienen que quedar vinculadas por un abrazo de comprensión que les sirva de asidero en un mundo en el que sólo encontrarán apoyo en ellas mismas. Los óleos que dan forma al retrato en llamas se mezclan para mostrar la silueta de una joven pero, en realidad, lo que realmente pretenden es ocultar y encerrar en una cárcel de libertad el alma de dos mujeres unidas para siempre | ★★★★★


    Alberto Sáez Villarino |
    © Revista EAM / Festival de Cannes


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