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    Crítica | Lo que arde

    Retrato de una Galicia en llamas

    Crítica ★★★★★ de «Lo que arde», de Oliver Laxe.

    España, Francia, Luxemburgo 2019. Título original: O que arde. Presentación: Festival de Cannes 2019. Dirección: Oliver Lace. Guion: Oliver Laxe y Santiago Fillol. Productora: 4A4 Productions, Miramemira, Kowalski Films, Tarantula. Fotografía: Mauro Herce. Montaje: Cristóbal Fernández. Vestuario: Nadia Acimi. Reparto: Amador Arias, Benedicta Sánchez, Inazio Abrao, Elena Fernández, David de Poso, Álvaro de Bazal. Duración: 85 minutos.

    El tercer largometraje del director de origen gallego Oliver Laxe se abre con una escena que pone en imágenes el tema de la cinta. En medio de la noche, una máquina taladora arrasa con varios eucaliptus hasta que se topa con un viejo y robusto árbol. Esta imagen-tema resume el retrato de la difícil interacción entre el ser humano y la naturaleza en una Galicia que no le es ajena. En la manera de acercarse a esos primeros árboles que abren O que arde, Laxe lleva a cabo un proceso de personificación para convertir lo que representa ese tronco en claroscuro, quebrado por el paso de los años y herido por las marcas del tiempo, en el eje central de su película. La máquina (el humano), ante él, apaga sus grandes focos y retrocede, como en un acto de respeto. Es, sin duda, un inicio que prima la expresividad e intensidad visual para dar paso a una historia mínima contada en voz baja, a través de los rostros y las miradas de sus protagonistas. Amador sale de la cárcel tras cumplir una condena de dos años por quemar el monte. Vuelve a la casa de su anciana madre, Benedicta, en medio de los verdes bosques y prados gallegos. A través de la relación entre Amador y Benedicta, Laxe va construyendo una elegía al mundo rural, un canto de amor a un entorno que avanza moribundo en un peligroso equilibrio entre el modo de vida tradicional y la posibilidad de abrir nuevas perspectivas para el futuro. Ambas visiones dependen de lo mismo: el manto natural que les rodea.

    En O que arde se revelan de un modo sosegado todas las aristas que conforman el medio rural. En Benedicta se conjuga esa ternura incondicional por su hijo y el inmenso amor y cuidado por los animales y el huerto; en Amador la mirada amarga de quien se ha resignado a una vida efímera y leve; en su vecino Inazio, ese afán por mejorar y buscar otras vías que aseguren la permanencia del lugar; en la veterinaria, el convencimiento de que la vida en el campo es viable. Y el gran acierto de todo ello es revelarlo a través de conversaciones mínimas, de momentos fugaces dentro de la cotidianeidad crepuscular del entorno. El control sobre el espacio y el tiempo, tanto real como fílmico, del que hace gala Laxe nos desvela, de nuevo, un director audaz, atento a lo que necesita cada segundo de metraje. La construcción minimalista del diálogo, que otorga un halo austero y misterioso a los personajes, junto con una imagen grandiosa y apabullante que nos presenta el preciosismo y la belleza de todo lo que les rodea, tiene como resultado un retrato entre lo místico y lo mundano. El dominio absoluto por parte del director en estos dos polos sobre los que se asienta la puesta en escena convierte a O que arde en una película viva y dinámica, extremadamente rica en su propuesta y en los distintos significantes. Porque la aproximación de Laxe a Benedicta, Amador, los animales, el monte y el fuego está lejos de regirse por conflictos simplistas, maniqueos o lugares comunes. Hay una mirada honesta y veraz sobre los personajes y los lugares, la mirada de alguien que conoce y ama lo que está contando; un acercamiento alejado de la condescendencia, desde la serena y temprana nostalgia que otorga la observación de una realidad que parece apagarse ante nuestros ojos. Aunque más que apagarse, se enciende. Y cuando prende, esa fragilidad se convierte en un dolor que parte de la propia imagen. La película del director de Mimosas, uno de los mejores funambulistas en el arte de transitar entre la ficción y el documental, se convierte en una pesadilla envuelta en llamas.

    O que arde, Oliver Laxe.
    Premio del jurado de Un Certain Regard de Cannes que estrenará Numax.


    «El dominio absoluto por parte del director en estos dos polos sobre los que se asienta la puesta en escena convierte a O que arde en una película viva y dinámica, extremadamente rica en su propuesta y en los distintos significantes. Porque la aproximación de Laxe a Benedicta, Amador, los animales, el monte y el fuego está lejos de regirse por conflictos simplistas, maniqueos o lugares comunes. Hay una mirada honesta y veraz sobre los personajes y los lugares».


    Y arde el bosque, sí, pero lo que arde, en realidad, es todo: ese suprapersonaje que ha construido a través de una puesta en escena iluminada por la realidad se convierte en ceniza. De nuevo, la fotografía de Mauro Herce es crucial para que la cohesión argumental cobre sentido a través de la imagen. En ese transitar calmado de la cámara, que siempre se coloca como en una ventana al paisaje natural y humano de la Galicia actual, Herce apuesta por una fotografía realista pero totalmente expresiva, jugando con la plástica del paisaje de un modo similar a su anterior trabajo El mar nos mira de lejos, de Manuel Muñoz Rivas, y también recogiendo la plasticidad y expresividad fotográfica de grandes directores de fotografía como Luis Cuadrado. En esta especie de sonata interpretada en un exquisito pianissimo, los contrastes y equilibrios de los valles rurales gallegos se revelan ante nosotros de una manera clara y brillante, pero sin necesidad de recurrir al subrayado o tocar una nota más alta que la anterior. El peligro del fuego es, al fin y al cabo, el resultado más dramático del choque entre los habitantes y el monte, y es por ello que en su cierre la película regresa a esa idea inicial de generar un icono que resuma el tema: en medio del humo de un incendio recién extinguido, un helicóptero se mueve lentamente mientras el sol aparece y desaparece detrás de sus hélices. Es, de nuevo, el hombre y la máquina frente a la naturaleza, una complicada relación que algunos intentan conservar desde la humildad y la dulzura, hasta que el fuego prende | ★★★★★


    Víctor Blanes Picó |
    © Revista EAM / Festival de Cannes


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