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    Crítica | Viento de libertad

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    Crítica ★★☆☆☆ de Viento de libertad, de Michael Herbig.

    Alemania, 2018. Título original: «Ballon». Dirección: Michael Herbig. Guion: Kit Hopkins, Thilo Röscheisen. Producción: Michael Herbig. Compañías productoras: herbX film GmbH / StudioCanal / SevenPictures Film. Música: Ralf Wengenmayr. Fotografía: Torsten Breuer. Reparto: Friedrich Mücke, Karoline Schuch, Alicia von Rittberg, David Kross, Thomas Kretschmann, Jonas Holdenrieder, Ronald Kukulies, Emily Kusche, Christian Näthe, Sebastian Hülk, Ulrich Brandhoff, Peter Trabner, Bernd Michael Lade, Kai Ivo Baulitz, Bernd Stegemann, Antje Traue, Peter Prager, Nadja Engel, Tom Kreß, Cornelius Schwalm, Tim Williams, Beate Kurecki, Sebastian Schwarz, Timur Bartels, Jörn Hentschel, Thomas Chemnitz, Jonas Laux. Duración: 120 minutos.

    Las películas basadas en hechos reales suelen aprovecharse del impulso que estos proporcionan para generar un mayor impacto en el espectador. Ya lo sabían los hermanos Coen cuando decidieron mentir descaradamente al inicio de Fargo, y es que es evidente: no es lo mismo saber de antemano que lo que uno está viendo en la pantalla ocurrió en la vida real, que no es fruto de la mente de un solitario guionista. Así, por más que el director adorne el esqueleto de la trama con recursos hollywoodienses completamente inverosímiles, la audiencia quedará pasmada por el poso de verdad que se adivina detrás de tanta pirotecnia. En este sentido, Ballon –que se traduce como ‘globo’, aunque en nuestras fronteras haya sido rebautizada, con dudoso gusto, como Viento de libertad– no se aleja de los estándares del género. La espectacularidad de la historia en la que se basa la cinta –dos familias huyendo en globo de la Alemania Oriental– permite a Michael Herbig, su director, apostar por un estilo más arriesgado en el apartado visual, pero también es la principal causa de que la obra termine cojeando en otros aspectos igual de relevantes.

    Por un lado, Ballon se caracteriza por un ritmo trepidante, acorde al estilo –muy cercano al thriller o incluso al del género de espías– en el que la película pretende inscribirse. Gracias a propuestas visuales muy acertadas –la secuencia de la primera caída del globo, sin cortes y compuesta únicamente por movimientos de cámara horizontales, funciona a la perfección–, se consigue generar tensión desde el primer instante, y esta se mantiene mediante el empleo de recursos muy efectivos y elegantemente elaborados, como los continuos montajes paralelos presentes en la cinta –la secuencia del sueño, o la persecución por el pueblo al descubrir a la dueña de los medicamentos–, que permiten entrever cierta herencia hitchcockiana. Una puesta en escena destacable que se ve reforzada por el buen hacer de sus actores principales, que consiguen transmitir la angustia de la situación en la que se encuentran, cada uno desde su propia experiencia y peso en la trama. Otro de sus puntos fuertes radica en la fotografía, con planos sobresalientes desde un punto de vista estético –la preparación y el despegue del segundo globo, con la combinación de planos cenitales y contrapicados en los que el rojo de la tela invade la pantalla, da buena cuenta de ello. Sin embargo, la búsqueda de la excelencia visual juega en contra del propio relato en algunos momentos en los que se da prioridad al preciosismo de la imagen, sacrificando en estos casos elementos tan valiosos como la interpretación, por lo que la belleza visual termina disminuyendo de alguna manera el peso dramático y emocional de algunas escenas.

    «Un ejercicio técnico destacable, con planos memorables y con un ritmo meritoriamente logrado, pero que rehúye de una inmersión más rica en la psicología de los personajes. Esto hace que la historia termine cayendo en un mensaje excesivamente simplista, con un eco de moraleja artificioso».


    Todos estos aspectos sirven para camuflar en cierto modo los aspectos menos sólidos del filme. Algunos de ellos derivan de un guion excesivamente maniqueo, en el que la construcción psicológica de los villanos es inexistente –más allá de una reflexión, metida con calzador, al principio de la historia. Mientras en el bando de los protagonistas, el guion acierta a plantear ciertas cuestiones interesantes, como las dudas del hijo menor sobre su nueva vida en un país democrático, la imposibilidad de volver a su vida anterior o incluso las evidentes ventajas materialistas que su nueva vida implicaría –si bien en estos casos la gravedad de la situación solo se insinúa, pues el corsé que impone el género detectivesco no permite ahondar en aspectos más profundos de la trama–, los antagonistas parecen actuar por simple odio o resentimiento, caracterizados ya sea por su incompetencia –¿cómo puede ser que, sabiendo que se trata de una familia de cuatro, poseedores de cierto tipo de coche, su vecino, agente de la policía comunista, no ate cabos?– o por su maldad intrínseca. A este respecto, también cabe mencionar la excesiva ingenuidad de los protagonistas, en algunos casos exasperante. Además, en ciertos momentos el guion parece “adecuarse” peligrosamente a un ritmo que permita que los personajes principales no sean atrapados –por ejemplo, los medicamentos de la madre son encontrados al principio de la persecución y suponen la principal pista de la policía para desenmascararles, pero no juegan un papel verdaderamente fundamental hasta prácticamente el final de la cinta, segundos después de que el globo esté terminado–. Por otro lado, las metáforas presentes, ya sean estas narrativas o visuales, se antojan forzadas e innecesarias –como la secuencia del vuelo de la cometa, en la que el director parece no confiar en los espectadores al eliminar la sutileza del dilema en el que se encuentra el hijo mayor, dividido entre su familia, sus ideales y sus sentimientos adolescentes. En definitiva, Ballon se presenta como un ejercicio técnico destacable –sobre todo si se tienen en cuenta sus recursos–, con planos memorables y con un ritmo meritoriamente logrado, pero que rehúye de una inmersión más rica en la psicología de los personajes. Esto hace que la historia termine cayendo en un mensaje excesivamente simplista, con un eco de moraleja artificioso. Además, tampoco es de gran ayuda una música a ratos repetitiva –o incluso excesivamente épica para según qué escena. La película es entretenida, y las dos horas que componen su metraje pasan rápido debido a su dinamismo, fruto de un montaje y una puesta en escena que la hace ciertamente disfrutable. Funciona, pero no termina de dar ese último paso que la distinga de otras obras similares. Aunque los planos aéreos son espectaculares, al final el mensaje sigue siendo el mismo que el de otros cientos de productos afines: los comunistas van en globo, y los occidentales en avión | ★★☆☆☆


    Juan Montón
    © Revista EAM / Madrid


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