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    Crítica | Cuatro manos

    El thriller bien temperado

    Crítica ★★★☆☆ de «Cuatro manos» de Oliver Kienle.

    Alemania, 2017. Título original: «Die Vierhändige». Director: Oliver Kienle. Guion: Oliver Kienle. Productor: Klaus Dohle, Markus Reincke. Música: Heiko Maile. Dirección de fotografía: Yoshi Heimrath. Montaje: Phillip Thomas. Diseño de producción: Christian Strang. Vestuario: Christian Röhrs. Intérpretes: Frida—Lovisa Hamann, Friederike Becht, Christoph Letkowski, Agnieszka Guzikowska, Detlef Bothe. Duración: 94 minutos.

    La película que hoy nos convoca se levanta en torno a dos motivos visuales. Por una parte, una extraña casa señorial situada en mitad de un polígono industrial que se retrata compulsivamente en una suerte de planos aéreos que servirán como apertura y cierre de la obra. Por otra, un aparatoso tatuaje en la espalda de una de las dos protagonistas que muestra una suerte de ventana que se abisma hacia la noche. Los dos operadores tienen que ver, por lo tanto, con lo hogareño, con el espacio y la disposición de aquellos cuerpos que lo habitan. Casas fagocitadas por un progreso que deviene incomprensible, que sitúa gigantescos monstruos productivos en torno a retazos traumáticos de pasados olvidados. Ventanas que conducen hacia un interior necesariamente oscuro, indescifrable, un espacio situado en algún lugar entre la espina dorsal y el corazón en el que pudiera alojarse el sentido mismo de los afectos. El cuerpo y la casa deviniendo a la vez refugios y cárceles, miradores del pasado y claustrofobias del futuro. No es mal material y, podemos añadir, no está nada mal hilado.

    Cuatro manos trabaja pacientemente el thriller como una alfarería o un mecanismo cinematográfico apoyado básicamente en dos ejes: el funcionamiento mecánico y preciso del guion y la confianza ciega en sus dos puntos de giro mayores. No es una cinta visual, en un sentido estricto de la palabra: podría recorrerse sin hacer demasiadas referencias a la composición, la fotografía o el montaje y seguiría funcionando de manera pintona y ajustada. No deben esperarse aquí alambicados trucos para epatar a nadie. Si acaso, nos encontraremos con un titubeante pero apañado plano secuencia que juega con cierta gracia con el propio punto de vista del espectador y con el propio concepto de ritmo y movimiento que se va desplegando en algunos planos anteriores, y quizá también, un par de trucos efectistas y efectivos de montaje epiléptico a partir de las crisis personales de ambas protagonistas. Tampoco parece necesitarse mucho más, y así Oliver Kienle hace una muy correcta economía narrativa donde lo que interesa es más bien el ropaje del thriller, el ejercicio de la memoria, una pincelada de angustia, algunos recursos siempre al servicio de la trama hilados con cierto instinto.

    La cinta sabe de entrada que no va a sorprender especialmente a su espectador –al menos, en sus primeros minutos— y tiene la muy educada deferencia de no perder nuestro tiempo ni tomarnos por idiotas. No es poco, créanme. Como un jugador de cartas que quisiera remarcar su honestidad, Kienle dispone la radiografía básica de los acontecimientos con una rapidez y una concisión de agradecer: dos hermanas poseídas por un trauma común que conviven –o cosa similar— hilvanadas entre ellas a partir de una suerte de ritual de apego sadomasoquista. No hace falta disimular el maniqueísmo –de hecho, será condición sine qua non para que el segundo punto de giro de la historia funcione—, sino simplemente asumirlo como una premisa básica del juego de Kienle: la rubia exquisita que desliza sus dedos por el piano y en la que se intuye una sensatez y una sensibilidad impropia del desgarro, la morena salvaje que se entrega a los excesos de su cuerpo como una respuesta inmediata ante el peso del trauma y la responsabilidad compartida. Las dos líneas de fuerza quedan dispuestas, si bien la primera queda retratada con mayor opulencia, por ejemplo en esos deliciosos planos que acompañan su entrada a la sala de audiciones reforzados por una exquisita iluminación cálida. La oscuridad de la segunda tardará algo más en emerger: callejones, música industrial, locales que hubieran querido ser algo más hardcore pero que quedan finalmente confiados por culpa de una dirección de arte que peca –aquí sí— de demasiada contención y humildad.

    Die Vierhändige, de Oliver Kienle,
    tercer trabajo de ficción del cineasta alemán que será distribuido en España por Cinemaran.

    «Cuatro manos es humilde, pequeña, bien contada, quizá algo incoherente, quizá algo deshilvanada, quizá algo anodina. Tiene vicios y tics, trastabilla y remonta. Ojalá, en cualquier caso, encuentre un hueco que le haga justicia en la cartelera».


    A la pregunta inicial —¿qué ha pasado en la elipsis que queda suspendida en el crédito de arranque de la película?— se le van sumando algunas otras cuestiones menores que, generalmente, orbitan en la esfera de la culpa. Es la maquinaria básica del thriller: sabe quién es el enemigo, saber dónde habita, saber cuál puede ser su próximo movimiento y cuándo terminará la serie de sus motivaciones. Entre tanto es inevitable que se cruce un muy puritano romance médico que permita respirar a la trama y acomode, peor que mejor, aquellos espacios de metraje en los que Kliene parece dudar entre si desplegar la siguiente carta sobre el tapete o, por el contrario, dilatar –lo justo, no demasiado—, la siguiente vía muerta del laberinto. Ahora bien, si la película funciona –aunque sea como mero entretenimiento de género— es, precisamente, porque su gran apuesta –el desvelamiento casi final, el bendito cambio al tercer acto narrativo— resulta a la vez sugerente y bien construido. Se llega a la resolución del enigma en el momento exacto y con los pasos precisos, sin grandes aspavientos, combinando además con cierta elegancia un par de líneas de diálogo y tres o cuatro planos, de tal manera que Kienle, de nuevo, no insulta al espectador ni tiene que echar mano de parlamentos explicativos. Las cosas, simplemente, acontecen –o mejor dicho, han acontecido—, y los setenta minutos anteriores de metraje se pueden dar por bien invertidos. Cuatro manos es un producto sencillo y bien articulado en un momento en el que los espectadores parecen estar ansiosos de encontrar la obra maestra definitiva de la semana para compartirlo a toda velocidad en redes sociales. No encaja en ese patrón: es humilde, pequeña, bien contada, quizá algo incoherente, quizá algo deshilvanada, quizá algo anodina. Tiene vicios y tics, trastabilla y remonta. Ojalá, en cualquier caso, encuentre un hueco que le haga justicia en la cartelera | ★★★☆☆


    Aarón Rodríguez Serrano
    © Revista EAM / Castellón


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