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    Crítica | Súper empollonas

    Los ángeles de Olivia

    Crítica ★★★★☆ de «Súper empollonas», de Olivia Wilde.

    Estados Unidos, 2019. Título original: «Booksmart». Dirección: Olivia Wilde. Guion: Emily Halpern, Sarah Haskins, Katie Silberman. Productora: Annapurna Pictures / Gloria Sanchez Productions. Presentación oficial: SXSW. Fotografía: Jason McCormick. Música: Dan Nakamura. Reparto: Kaitlyn Dever, Beanie Feldstein, Lisa Kudrow, Jason Sudeikis, Jessica Williams, Will Forte, Mike O'Brien, Molly Gordon, Billie Lourd, Skyler Gisondo, Noah Galvin, Diana Silvers, Mason Gooding, Victoria Ruesga, Austin Crute, Eduardo Franco, Nico Hiraga. Duración: 102 minutos.

    La comedia tonta de adolescentes es un subgénero ya bastante manido. Con los inspiradores precedentes de John Hugues de los años 80 y la derivación paródica de American Pie (Paul Weitz, 1999), alcanzaría un cierto cénit en la cinefilia joven con Supersalidos (Greg Mottola, 2007), la historia de dos alumnos de instituto bastante pringados que deciden contra toda expectativa y esperanza organizar un fiestón. La película de Mottola, con el sello de Judd Apatow y Seth Rogen, tendría luego varias continuaciones de un tono similar, absurdo sin llegar a ser totalmente ridículo, por mezclar el humor más soterrado con la carcajada más burda. Y se incrementaba además la edad de sus protagonistas, la física antes que la mental, eso sí, pues la mayoría no dejaban de ser "niños grandes". En cualquier caso, lo que tenían en común era su mirada masculina, la de un chico que se fija en una chica y comparte sus impresiones y experiencias con sus amigotes, las cuales trascienden al género opuesto. Lo cierto es que casi ninguna de estas cintas pasaba el test de Bechdel.

    El mérito de Súper empollonas (Booksmart) es entonces darle la vuelta a esta visión, aun teniendo claro ese referente de Supersalidos, como corrobora la propia traducción del título al castellano. Lo dirige para ello una mujer, aunque sorprendentemente (o quizá oportunamente, pues como decimos se trata de dar un nuevo paso en el mentado subgénero), es su ópera prima... aun teniendo ya experiencia en el mundo del cine. Hablamos de Olivia Wilde, actriz de relativa celebridad de la que sin embargo apenas se habían alabado hasta ahora sus dotes actorales. Nadie esperaba que pudiera de repente dirigir una cinta tan conseguida, tanto por su ritmo y estilo como por sus interpretaciones. Estas corren a cargo, para los dos personajes principales, de Kaitlyn Dever y Beanie Feldstein, en verdad dos actrices en auge: la primera desde que la vimos como adolescente atormentada en Short Term 12 (Destin Daniel Cretton, 2013) y la segunda cuando el gran público la conoció hace menos tiempo como la mejor amiga de Lady Bird (Greta Gerwig), película que por cierto ya reformulaba la comedia de adolescentes pero con un aire más melodramático y apagado. Aquí en cambio se da rienda suelta a su vena gamberra con estas dos chicas acostumbradas a sacar grandes notas en el instituto, por pasar casi todo su tiempo en la biblioteca, a costa de renunciar a salir de fiesta... hasta que el día anterior a la graduación deciden por fin revertirlo. Esto se debe a que descubren que su esfuerzo en estudiar para acceder a las mejores universidades no les ha permitido realmente destacar sobre sus compañeros en apariencia cafres, sino que estos también han conseguido buenas plazas. Se trata pues de recuperar el tiempo perdido en una sola noche, disfrutando de experiencias inéditas fuera de casa, alcohol y drogas de por medio.

    «Todo el guion está asentado en rápidos diálogos donde cada palabra es demasiado ajustada para parecer espontánea, revelando un conocimiento enciclopédico de la cultura popular. Pero en términos cinematográficos ello es provechoso, y acorde a la estética de una película que igualmente prioriza la elaboración sobre la simplicidad».


    De este modo, esperamos un desmadre que haga peligrar la salud o haga dudar del físico de los personajes. Pero el acierto de la película es mantener un delicado equilibrio para que la historia, sin abandonar su naturaleza subversiva y lúdica, no pierda toda moralidad inherente y mantenga siempre el foco en esas dos chicas que no pueden renunciar a ser quienes son. Se apoya para ello en la gran química entre las dos actrices, ambas estupendas, como atestiguan por ejemplo dos escenas paralelas donde alaban su respectivo vestuario. Intercambian exagerados cumplidos que muestran lo bien que se compenetran, y el que así lo percibamos es igualmente mérito del ritmo con que están montadas las réplicas y del propio texto, abundante durante todo el metraje en frases inteligentes, comentarios irónicos, guasas y dobles sentidos. En verdad todo el guion está asentado en rápidos diálogos donde cada palabra es demasiado ajustada para parecer espontánea, revelando un conocimiento enciclopédico de la cultura popular. Pero en términos cinematográficos ello es provechoso, y acorde a la estética de una película que igualmente prioriza la elaboración sobre la simplicidad.

    En este sentido la cinta va de menos a más, pues arranca de forma un tanto dubitativa desde un punto de vista técnico: véase por ejemplo el montaje algo errático de la charla entre las dos protagonistas en el patio del instituto, secuencia que incluye asimismo la llegada en slow motion de dos alumnos de buena familia que han asimilado de forma totalmente invertida su formación pija. El ejemplo es relevante por engañoso, ya que entonces pensamos que todo el metraje discurrirá desde el punto de vista sesgado o al menos fragmentado de esas dos chicas, cuando por el contrario irá dando mayor presencia a esos otros compañeros que al principio parecen meros accesorios. Y al mismo tiempo el montaje irá cobrando una mayor homogeneidad, aun incluyendo secuencias de arriesgado resultado visual como aquella en que nuestras dos heroínas se transforman en muñecas barbie bajo el efecto alucinatorio de unas fresas de dudoso contenido que se han visto forzadas a comer. Mientras tanto van avanzando en sus pesquisas nocturnas, sucediéndose las acciones más inesperadas, las coincidencias y los malentendidos pero con el conjunto adquiriendo una fuerte lógica interna. Así resulta muy orgánica la secuencia climática en la casa de la tía de uno de los estudiantes donde todos se han reunido, clímax que no se deriva de algún acontecimiento apoteósico, sino por un lado del intenso intercambio entre las dos protagonistas y por otro lado del plano secuencia que las conduce a tal desenlace, todo ello muy bien armado. En realidad, queda una suerte de epílogo para cerrar la narrativa y confirmarnos lo que intuíamos respecto a la profundidad emocional, más allá de la intelectual, de dos amigas que lo serán para siempre aunque a veces puedan tomar caminos separados. Lo refrescante es que su entendimiento, como la visión de Wilde, reposa ante todo en su traviesa complicidad, y no en sentimientos que no les serían tan propios ni definitorios | ★★★★☆


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


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