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    Crítica | Midsommar

    El solsticio de verano reclama sangre

    Crítica ★★★★★ de «Midsommar», de Ari Aster.

    Estados Unidos, 2019. Título original: Midsommar. Director: Ari Aster. Guion: Ari Aster. Productores: Patrik Andersson, Lars Knudsen. Productoras: B-Reel Films / Parts and Labor. Distribuida por A24. Fotografía: Pawel Pogorzelski. Música: Bobby Krlic. Montaje: Lucian Johnston. Reparto: Florence Pugh, Jack Reynor, Vilhelm Blomgren, William Jackson Harper, Will Poulter, Ellora Torchia, Archie Madekwe, Henrik Norlén, Gunnel Fred, Isabelle Grill.

    No hay mayor satisfacción para los aficionados al buen cine de terror que la de comprobar cómo el talento vislumbrado por un cineasta novel se confirma en una segunda película que, además, se atreve a subir la apuesta de la ambición. Sucedió hace unos meses con un Jordan Peele que, después del reconocimiento crítico (Oscar al mejor guion original incluido) logrado con Déjame salir (2017), dejó constancia en Nosotros (2019) de que aquel golpe de genio no fue fruto de la casualidad y el mismo caso se vuelve a repetir con Ari Aster, director que, con Hereditary (2018), regaló una de las obras más redondas que el género ha conocido en la última década. Con su nuevo trabajo, Midsommar (2019), ha conseguido algo que parecía imposible: facturar un filme aún más arriesgado, complejo y, en definitiva, magistral. Aster reincide de nuevo en un tipo de terror fuertemente psicológico que, no obstante, tampoco se corta a la hora de mostrar escenas de potente violencia explícita. A primera vista podría parecer que su segunda propuesta representa la antítesis de lo que fuera su ópera prima. Si Hereditary fue un oscuro y casi claustrofóbico drama familiar, Midsommar hace de los espacios abiertos y la luminosidad de un sol omnipresente unos personajes más dentro de una historia de horror protagonizada por un grupo de estudiantes de vacaciones en una peculiar población rural sueca. Sin embargo, hay ciertos paralelismos entre ambas cintas que propician que nos empecemos a familiarizar con unas constantes y una marca, con solo dos títulos en su haber, ya muy personales del enfermizo universo interior de Aster. En las dos historias existen relaciones que se ven inesperadamente enturbiadas por un acontecimiento violento que hace que sus criaturas tengan que convivir con traumáticas secuelas y que sentimientos que antes eran cercanos al amor muten en otros mucho más mezquinos, que deambulan entre la culpa, el dolor y el rencor. En Hereditary, los frágiles lazos entre los miembros de una familia se resquebrajaban tras la desgraciada muerte accidental de la hija pequeña, por un descuido de su hermano mayor, mientras que en Midsommar es la devastadora pérdida de toda la familia de una joven estudiante la que la lleva a un estado de depresión que hace que su relación de pareja, ya considerablemente minada antes de ese suceso, comience a desintegrarse en toda su crudeza. También están presentes en ambas historias los cultos a deidades crueles, enmascaradas en una cotidianidad reconocible y llevados a cabo por desequilibrados, enmascarados bajo rostros bondadosos, algo que no deja de ser especialmente perturbador.

    La apertura de la película es brutal. Y no lo es porque ofrezca algo sangriento o especialmente violento, sino por la fuerte carga emocional que encierran los momentos previos a la desgracia familiar que azota a la protagonista. Esa Dani (pletórica Florence Pugh en su amplia gama de registros) tratando de localizar a su hermana bipolar después de leer inquietantes mensajes en los que parecía despedirse del mundo, y realizando una desesperada llamada telefónica de ayuda a su novio Christian (Jack Reynor), en la que no encuentra el apoyo buscado, consigue que el espectador se haga una idea aproximada de lo tóxico de un noviazgo en el que ella sufre una preocupante dependencia hacia alguien que solo está a su lado por lástima. Mientras, el círculo de amigos de Christian trata de convencerle de que pierde el tiempo con una mujer a la que no quiere y por la que ninguno de ellos siente la más mínima empatía. Unos pocos minutos bastan para que Aster dibuje a los personajes y sus especiales circunstancias, confeccionando un retrato más contundente que la mayoría de los ofrecidos en cualquier película de terror a lo largo de dos horas. De hecho, es en la desgastada situación sentimental entre Dani y Christian, puesta a prueba en el viaje que emprenden hasta Suecia, donde les espera una fiesta ancestral con la que los lugareños de un pequeño pueblo conmemoran, cada 90 años, el solsticio de verano, sobre la que sostiene principalmente el relato. El ambiente idílico del lugar, con noches de sol en las que la oscuridad solo hace acto de presencia durante un par de horas; verdes praderas y detalles florales adornando cada rincón; anfitriones aparentemente serviciales, ataviados de inmaculadas vestimentas blancas; y diferentes festejos que incluyen almuerzos colectivos al aire libre y cánticos atemporales, se contrapone al tormento interior que vive Dani y a las sutiles señales que delatan que detrás de tan inofensiva festividad se esconde un trasfondo oscuro e intenciones nada sanas. Ari Aster se consolida como un cineasta que sabe atrapar al público a través de una puesta en escena muy estilizada, que se sirve de la expresiva fotografía de Pawel Pogorzelski para inundar la pantalla de una luz y un colorido para nada propios de una pesadilla como la que cuenta. La puesta en escena y la ambientación, mimadas hasta el más mínimo detalle, así como la inquietante partitura musical de Bobby Krlic, son otros puntos fuertes a la hora de hacer de Midsommar un auténtico prodigio audiovisual que alcanza altas cotas de creatividad en sus imágenes más lisérgicas, que son abundantes.

    ▼ Fotograma de Midsommar, de Ari Aster.

    «Midsommar no es solo el mejor filme de terror de lo que llevamos de 2019, sino, también, una de esas rompedoras aportaciones que dignifican el género (no solo de expedientes Warren vive el cinéfilo) y que se posicionan como clásicos instantáneos que continuarán siendo recordados más allá de su condición de “película del momento”».


    El director y guionista ha creado una obra única y original que, aunque parezca contradictorio, bebe del folk horror más clásico, siendo los cultos paganos de El hombre de mimbre (Robin Hardy, 1973) sus referentes más evidentes. Las visitas de curiosos viajeros a escondidas zonas rurales, como las ofrecidas en clásicos de la casquería como 2000 maníacos (Herschell Gordon Lewis, 1964) o La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974), siempre han funcionado muy bien en pantalla como terroríficos festivales de sangre y vísceras y Aster, tomándose todas las licencias esperables de un autor con personalidad propia, sigue esa senda. Así, incluye imprevisibles estallidos de violencia gore que, lejos de romper el tono contenido del relato, evidencian, una vez más, la buena mano del director para la creación de imágenes poderosas, de esas que quedan grabadas a fuego en la retina del espectador, como ya quedara demostrado con el impactante plano final de Hereditary. Por fortuna, del mismo modo que cuida hasta el extremo la forma, Aster sabe perfectamente lo que quiere contar y lo hace con inteligencia, presentando a un grupo de personajes que, pese a su juventud, huyen de los estereotipos del cine de terror que les muestra como descerebrados que únicamente responden a sus hormonas (con la excepción, quizás, del interpretado por Will Poulter), siendo estos unos entusiastas estudiantes de Antropología, ávidos de conocimientos sobre la particular cultura del lugar que puedan servir de inspiración a sus respectivas tesis. Midsommar no es un producto fácil. Todas las grandes obras requieren de un mínimo esfuerzo por parte del espectador para entrar en su interior y lograr así gozar de todos sus placeres. El peaje que hay que pagar aquí, al igual que en la maravillosa La bruja (Robert Eggers, 2015), es el de tener que dejarse llevar por un ritmo sinuoso que, al mismo tiempo que favorece la construcción de personajes y la descripción de enrarecidos ambientes, posibilita que la cinta acabe siendo una experiencia sensorial, profundamente inmersiva, de casi dos horas y media de duración, que culmina en un desenlace tan catártico como espeluznante. El terror se cocina a fuego lento y, pese a que tarda en arrancar, nunca da la sensación de que sobre ni una sola escena o línea de diálogo. Todo está en su lugar, incluso el humor, tan negro y bizarro que algunas de sus secuencias más cruciales (con elementos tan delicados como la gastronomía antropofágica o rituales sexuales de por medio) podrían haber caído en el ridículo más absoluto si no estuviese detrás la mano firme de su director para esquivarlo con genialidad. Midsommar no es solo el mejor filme de terror de lo que llevamos de 2019, sino, también, una de esas rompedoras aportaciones que dignifican el género (no solo de expedientes Warren vive el cinéfilo) y que se posicionan como clásicos instantáneos que continuarán siendo recordados más allá de su condición de “película del momento”. Una verdadera maravilla, ideal para disfrutar en sesión doble junto a otra joya del subgénero de sectas, la no menos extravagante y alucinógena El infinito (Justin Benson, Aaron Moorhead, 2017) | ★★★★★


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


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