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    Crítica | La portuguesa

    Tras el tiempo de la espera

    Crítica de ★★★★☆ de «La portuguesa», de Rita Azevedo Gomes.

    Portugal, 2018. Título original: «A Portuguesa». Director: Rita Azevedo. Guion: Rita Azevedo y Agustina Bessa-Luís (Novela: Robert Musil). Duración: 136 minutos. Edición: Rita Azevedo y Patricia Saramago. Fotografía: Acácio de Almeida. Música: José Mário Branco. Diseño de sonido: Olivier Blanc. Diseño de vestuario: Rute Correia y Tânia Franco. Productora: Producción lusa; Basilisco Filmes. Intérpretes: Clara Riedenstein, Marcello Urgeghe, Ingrid Caven, Rita Durão, João Vicente, Fernando Rodrigues, Pierre Léon, Luna Picoli-Truffaut. Presentación oficial: Festival Mar del Plata, 2018.

    Tumbada en medio del bosque, reposando su cuerpo sobre lo que parecen ser unas ruinas medievales, aparece una señora, enfundada en un vestido negro de gala. «¡Tandaranday!», entona una triste canción de amor, con voz desafinada, en alemán. Es Ingrid Caven. Aquello que esperábamos que fuese una reposada historia trovadoresca adquiere, desde el minuto uno, un tono extraño y elevado. Lo nuevo de Rita Azevedo Gomes, que ganó el Lady Harimaguada a la Mejor Película en el pasado Festival de Las Palmas, demuestra una vez más la enorme capacidad de la cineasta lusa para romper expectativas. Porque si a priori podríamos establecer un diálogo temático y formal entre esta cinta y La venganza de una mujer (2012), ahora nos preguntamos: «¿Qué hace Ingrid Caven ahí?». Azevedo adapta el segundo de tres cuentos que Robert Musil escribió en Las tres mujeres (1924), con la ayuda de la célebre escritora Agustina Bessa-Luís. Este relato sigue el devenir de los días de una noble lusa (Clara Riedenstein) que, tras contraer matrimonio con el barón Von Ketten (Marcello Urgeghe), es dejada en el castillo de su esposo hasta el improbable fin de la guerra contra el obispo de Trento. Once años pasan, durante los cuales la vida de la portuguesa se convierte en una espera indefinida. Poco a poco, el tiempo parece transformar las estancias en ricas jaulas donde la protagonista será vista como una eterna forastera.

    Algo que todos sabemos es que la espera, si se prolonga, acaba por parar el tiempo. Esta vida detenida es el eje principal de una puesta en escena que encuentra en la pintura flamenca su referente principal. Gracias a la fotografía de Acácio de Almeida, cada plano se ve como un lienzo de Vermeer, con sus azules, sus ocres y sus blancos rotos. El resto (los espacios con grandes telas, las trabajadas composiciones del conjunto humano y la gestualidad en general) parece sacado directamente de un gran montaje teatral. Tan consciente es Azevedo de su vinculación con el mundo dramático que reniega del fuera de plano, apostando continuamente por el plano general y sustituyendo el contracampo por la palabra (como su protagonista, que mandó decorar el techo de una habitación con una de esas frases que vale más que mil imágenes). En este mundo estático, solo puede contarse un relato sobre la muerte, aquí encarada como algo un tanto ambivalente. Como en Tirant lo Blanc, se trata de un perecer banal, estúpido (la guerra ocurre en una elipsis y solo se muestra cuando todos los caballeros han caído; Von Kettel casi fallece por culpa de una picadura de mosquito). Pero también se habla de esa extraña belleza que posee el tiempo detenido, de la magia de una naturaleza muerta. Con el ánimo suspendido, una se sorprende cuando, sin aviso, aparece la música (ese maravilloso plano de los campesinos inundando el campo cantando una canción), una panorámica o un primer plano. Esta suspensión del ánimo tiene sus raíces en lo más hondo del cine portugués y en cierto sentido liga a Azevedo con su gran amigo y compatriota, el cineasta Manoel de Oliveira. Igual que duerme la fallecida Angélica (El extraño caso de Angélica, 2010), la mujer portuguesa espera a su marido. Si la película de Oliveira termina hablando sobre lo más esencial del cine, el cuento de Azevedo pronto se transforma en una gran oda a la pintura y, más específicamente, a la mujer contemplada sobre el lienzo, como demuestra en su rígida puesta en escena.

    «Tan consciente es Azevedo de su vinculación con el mundo dramático que reniega del fuera de plano, apostando continuamente por el plano general y sustituyendo el contracampo por la palabra».


    Pero el mayor logro de la cinta es que logra dar complejidad a esta relación con la mirada, muy codificada tras siglos de tradición. Aunque la portuguesa aparece como la viva imagen de la languidez –pálida, reclinada, expectante–, a medida que avanza la historia, nos damos cuenta del valor real que Azevedo atribuye a su espera: un tiempo de conflicto consigo mismo, más duro de batallar que la guerra más sangrienta. Toda confrontación armada resulta inane comparada con la espera de una mujer que tarda once años en volver a ver a su marido, un bravucón siempre de rojo, siempre dispuesto al combate. Así es que la protagonista termine criando a un lobo y que, en cambio, Von Kettel termine vencido por un insecto y tenga que recuperar su hombría de las formas más absurdas. A pesar de todo, la cineasta ha expresado en múltiples ocasiones que su intención no es simplificar la evidente base heteropatriarcal de la que surge toda la tradición trovadoresca, por lo que aquí llega a una resolución para la pareja un tanto más compleja que la simple derrota masculina. Y, con los matices, acontece lo humano. En esta línea discurre una de las más hermosas escenas: la de un largo baño entre los dos amantes, que termina siendo una relectura de ese deseo sentido pero aún inmaterializado que ya vimos en la clásica escena de las cortinas de Sucedió una noche (Frank Capra, 1934). Aunque La portuguesa es, sobre todo, la historia de una mujer fuera de su país. Una forastera en busca de algo a lo que pueda aferrarse, algo que haga la espera más soportable. De alguna forma, ahí entra Ingrid Caven. Si bien la constante presencia de la actriz en la cinta puede leerse como una juglar o incluso como una doble de Musil, no es casual que sea una mujer fuera de su lugar y de su tiempo la que lleve el hilo de la narración. Al fin y al cabo, cuando nos sumergimos en una película, cuando nos quedamos prendados de sus imágenes, nosotros también salimos un poco de nuestro tiempo | ★★★★☆


    Mariona Borrull
    © Revista EAM / Festival de Las Palmas


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