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    Crítica | Malos tiempos en El Royale

    La gruesa línea roja

    Crítica ★★★ de Malos tiempos en El Royale (Bad Times at the El Royale, Drew Goddard, 2018).

    Estados Unidos, 2018. Título original: Bad Times at the El Royale. Director: Drew Goddard. Guion: Drew Goddard. Productora: Twentieth Century Fox. Música: Michael Giacchino. Fotografía: Seamus McGarvey. Montaje: Lisa Lassek. Reparto: Chris Hemsworth, Jeff Bridges, Cynthia Erivo, Dakota Johnson, Jon Hamm, Cailee Spaeny, Lewis Pullman, Jonathan Whitesell, Nick Offerman, Mark O'Brien, Manny Jacinto, Bethany Brown, Sarah Smyth, Hannah Zirke, Sophia Lauchlin Hirt, John Specogna, Austin Abell, Minn Vo, Vincent Washington, James Quach, Billy Wickman. Duración: 140 minutos.

    La primera escena nos resulta familiar. Una habitación de hotel en vista frontal y plano fijo que abarca las tres paredes, un hombre que entierra un maletín bajo los tablones del suelo, otro hombre que entra y dispara. Goddard parece jugar a que reconozcamos el cliché. Recurriendo a un montaje (y un sonido) abiertamente lúdico, sintetiza la acción en una coreografía de movimientos entre ininterrumpidas elipsis. La continuidad entre los movimientos del hombre que entierra el maletín y espera es, por tanto, una construcción formalista que entraña dos cuestiones: ¿desde qué posición vemos lo que vemos, y dónde queda todo lo que no vemos (u oímos)? La pertinencia de ambas cuestiones seguirá planeando sobre una cinta en la que la revelación con cuentagotas de la trama que se oculta tras las imágenes puede establecer una resolución dramática (más o menos satisfactoria) a la segunda pregunta, pero deja la primera en un suspenso de lo más elocuente. Goddard volverá a la habitación donde transcurre la citada escena de apertura un poco más adelante en el metraje, pero esta vez la operación es de desmontaje. La cuarta pared del plano anterior es ahora uno de esos espejos que tantas veces hemos visto en los interrogatorios policiales: un espectador observa desde lo que para él es una ventana que le confiere la seguridad de no saberse percibido por el actor al otro lado. Como en La cabaña en el bosque, Goddard hace diegético el punto de partida creativo ineludible para el cine de género contemporáneo: que sus historias se enmarcan en un universo multipantalla, que su audiencia se mueve por un pasillo oscuro lleno de ventanas a vidas ajenas —aquí tomamos literalmente el escenario de la película— con las que uno puede hacer lo que le venga en gana, o simplemente disfrutar del voyeurismo.

    Esta vez, con todo, el director sabe integrar este elemento de puesta en abismo con mayor naturalidad en las imágenes internas de un filme que, con su ambientación a finales de los sesenta, conecta nuestra sociedad hipervisual con la dimensión política que le da la referencia indirecta al Watergate y demás escándalos de la época: el control de las pantallas y el control de lo que pasa con las imágenes que captan es una cuestión de poder. Quizá el personaje del joven conserje, a priori el más inofensivo del elenco, sea el que mejor establezca la relación entre trauma y consumo audiovisual: un excombatiente de Vietnam, prototipo de la guerra construida por los intereses inconfesables de una macroestructura opaca e indiscernible de poderes políticos, se dedica a devorar con avidez las imágenes de corrupción moral que le ofrecen las cámaras de ese pasillo oscuro. La maniobra consiste en que esos poderes opacos diseñan un sistema de cámaras totalizante (de medios, si lo prefieren) que, para quien lo observa, ofrecen el mensaje retorcidamente tranquilizador (sobre todo para la víctima del remordimiento por sus propios excesos) de que la depravación es la norma de toda una sociedad. Pero a la vez que cierran ese círculo y mantienen al vidente ocupado en tener los ojos pegados a la pantalla, esas imágenes son también fuente de futuros chantajes, de modo que el poder que las genera las convierte también en armas de sus guerras internas. Uno de los elementos de puesta en escena más llamativo de Bad Times at the El Royale es una gran línea roja que corta en dos mitades perfectas el hotel donde transcurre: a un lado Nevada, al otro California. Más allá de la anécdota, ésta se desvelará pronto como la línea divisoria de un campo de batalla en el que los combatientes, en principio solitarios, deberán configurar y rehacer sus alianzas y enemigos a rebufo de los giros y nuevas apariciones. Esto es, Goddard juega a reproducir la retórica de confrontación a la vez que diluye cuáles son los dos opuestos que intervienen y vacía de significado su línea central. Tal vez porque la única fuerza de poder que nunca tiene su manifestación directa en el relato es precisamente la responsable de las imágenes que las cámaras del hotel captan sin cesar. Ese macropoder que, sin siquiera pretenderlo, crea una guerra en los dominios de El Royale mientras sigue funcionando a plena potencia.

    «Resulta innegable la solvencia de Goddard y el encanto de una cinta que a ratos sabe unificar a la perfección lo lúdico, lo emocional y lo crítico».


    Más allá de estas lecturas, Goddard demuestra en Bad Times at the El Royale sobrada pericia para el control de sus propias imágenes. Su primera parte, introduciendo ya una estructura narrativa que recuerda mucho a Los odiosos ocho (personajes con secretos ocultos que coinciden en un escenario aislado), es un festín de iconografías sesenteras, incluido el escenario de un hotel en plena frontera interestatal que combina los elementos visuales de la Nevada de las ruletas y la California de colores vivos. Uno de los personajes activa una jukebox que va entregando éxitos del rock o el soul de la década, y en cierto modo así funciona el propio filme. Goddard dispone a modo de hits los elementos genéricos del suspense y los pone a bailar (aunque, en alguna escena especialmente gozosa, es la propia cámara la que se entrega al baile con la cuidada parte musical de la película), los hace desfilar, a veces dilatándolos, a veces haciéndolos estallar. Como también sucedía en La cabaña en el bosque, los personajes son en buena medida estereotipos del thriller. Pero lo que allí desembocaba en una reflexión autoconsciente, aquí es un ejercicio a ratos apasionante de descubrir los gestos verdaderos que se escapan de las máscaras (ya sean éstas creadas por la memoria del cine o por los propios personajes). Lo que nos impide afirmar que Bad Times at the El Royale sea una película redonda es, sobre todo, una segunda parte que evidencia que el director se siente mucho más cómodo jugando al pastiche de iconografías que cumpliendo la obligación de resolverlo dramáticamente. Si la —aproximadamente— primera mitad es una muestra de control absoluto no solo de los recursos visuales sino de la consciencia clara de quién mira en la película lo que nosotros miramos como espectadores, todo se termina reconduciendo en un tramo final más convencional de combate entre villanos —resignificados, eso sí, por el contexto político al que aludíamos— y personajes que sobreviven (o tratan de hacerlo) a ellos. Con todo, resulta innegable la solvencia de Goddard y el encanto de una cinta que a ratos sabe unificar a la perfección lo lúdico, lo emocional y lo crítico. | ★★★ |


    Miguel Muñoz Garnica
    © Revista EAM / San Sebastián


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