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    Crítica: Bohemian Rhapsody

    Pero entonces, ¿te ha gustado la película?

    Crítica ✷✷✷✷ de Bohemian Rhapsody (Bryan Singer y Dexter Fletcher, 2018).

    Estados Unidos. 2018. Directores: Bryan Singer y Dexter Fletcher. Guion: Anthony McCarten. Productor: Jim Beach. Director de fotografía: Newton Thomas Sigel. Montaje: John Ottman. Casting: Susie Figgis. Vestuario: Julian Day. Intérpretes: Rami Malek, Lucy Boynton, Gwilym Lee, Ben Hardy, Aidan Gillen, Mike Myers.

    01. Introito (o los límites de la crítica mediante estrellas)

    Es complejo puntuar las películas mediante estrellas. Se aplasta la superficie textual en una cifra y se espera del lector que comprenda con precisión a qué rasgo concreto de la experiencia fílmica corresponde esa valoración. En las películas cristalinamente buenas o malas la cosa puede sortearse con facilidad, y, sin embargo, en aquellas que se despliegan en diferentes niveles –o mejor dicho, que ofrecen al espectador cosas diferentes y contradictorias- la cosa resulta algo más compleja. Ciertamente, cualquier crítico con cierta formación audiovisual podrá afirmar sin temblarle el pulso que otorgarle cuatro estrellas a Bohemian Rhapsody (Bryan Singer y Dexter Fletcher, 2018) es una torpe boutade, una majadería malitencionada o, directamente, la ufana autoproclamación de no tener ni la menor idea de cine. De hecho, el lector o la lectora que sean tan amables de acompañarme hasta el final del texto descubrirán que voy a invertir muchas, muchas palabras, en poner de relieve los incontables —y muy torpes— errores en los que se desploma la película. Sin embargo, como de un crítico se espera —se debería esperar— también que diga algo más o menos sincero sobre su propia experiencia dentro de la sala y a partir del visionado, les emplazo al último epígrafe para intentar justificar lo injustificable: esto es, que una película manifiestamente mejorable —seamos benévolos— pueda, e incluso deba, ser puntuada con cuatro estrellas.

    02. ¿Cómo leer Bohemian Rhapsody? Interferencias.

    El primer problema que nos sale al paso es, precisamente, el propio ruido contextual alrededor de la película. Para muchos, la cinta ya aparece con una diana pintada en la frente, y con todo un argumentario listo para ser desplegado: estetización de lo hortera, falta de rigor histórico, biopic aprovechado y hagiografía de Mercury. Sea. Para otros, al contrario, la película viene dispuesta a convertirse en el inevitable hype de las próximas, digamos, cinco semanas. Ellos también tienen sus razones: la interpretación de Rami Malek, la pericia en la dirección del casting, el liviano y agradecido relato “más grande que la vida” y, por supuesto, la reivindicación de la música de Queen. Sea también.

    Ahora bien, ¿qué ocurre con la propia película? El funcionamiento muestra desde la escena de apertura por dónde van a venir los problemas. La meta de la enunciación queda presentada mediante un manidísimo travelling de seguimiento a cámara lenta: el concierto de Live Aid de 1985. La figura de Mercury —centro único y principal sobre el que orbita la historia— se presenta mediante una colección de planos detalle que nos hurtan el “descubrimiento” de la figura pop ya perfectamente construida. La decisión narrativa —arrancar con la incorporación de Mercury a Smile y cerrar con el Live Aid— ya es un error catastrófico. De entrada, uno intuye —y más tarde confirmará— que se quedan fuera del metraje nada menos que los trabajos que van desde el A kind of magic hasta el Innuendo –de los discos póstumos mejor hablamos en otro momento-, dejando así al margen varios de los momentos creativamente más intensos y complejos de la banda. ¿Por qué acotar la cinta precisamente así, si no es para justificar desde el arranque el inevitable crescendo final que culmine en casi quince minutos de recreación del bolo humanitario? Volveremos a esta pregunta.

    Cuando la cinta se niega a subrayar y se limita a contener la respiración, entonces, sin duda, emerge una experiencia valiosa.


    De entrada, la estructura de la cinta se presenta razonablemente episódica, si bien los fragmentos no terminan de encajar. Por momentos parece que estamos ante una obra que plantea el descubrimiento de la complejidad sexual, por momentos parecería una ópera rock melodramática, por momentos deviene una hiperbólica reflexión sobre los excesos de la fama y el arrebatamiento creativo. Por supuesto, todo eso estaba en el interior de Mercury, pero, ¿puede estar también funcionar a pleno rendimiento en una humilde película? Del mismo modo, el tono dramático de las diferentes escenas, simple y llanamente, no funciona. Los números musicales iniciales en directo son exuberantes, rápidos, majestuosos, están rodados con inteligencia y montados con precisión. Encuentran los detalles escénicos, se ponen al servicio de la música, se permiten ciertos toques de humor y ligereza. Ahora bien, en los momentos afectivos, en las escenas emocionales, allí donde realmente se ponen en juego los sentimientos y las desolaciones de los personajes, la película se deshace y se ralentiza por completo. Las declaraciones de amor y odio, las descripciones de la soledad y los aguijonazos del deseo están tratados con tal torpeza que en la sala es inevitable escuchar a los parroquianos carraspear, revolverse en la butaca, mirar el móvil.

    Pongamos un par de ejemplos. En una escena concreta, Freddie Mercury inventa un pequeño juego a partir de unas lámparas para comunicarse con su exnovia Mary (Lucy Boynton) a través de la ventana. En el momento mismo en el que se plantea esa idea todo el público sabe lo que no tardará mucho en llegar: una escena “en espejo” en la que Freddie enciende y apaga la luz sin encontrar respuesta alguna. No hay ninguna otra función más que buscar la imagen obvia para mostrar el sentimiento obvio. Lo mismo se puede decir de la torpísima secuencia de escenas en la que se combina la grabación de Another one bites the dust con la entrada del protagonista en un club homosexual. Lo que hubiera podido ser una exploración sobre la mirada, la fascinación, el cuerpo, la búsqueda del deseo o incluso el inevitable e inesperado encuentro con el SIDA queda aquí reducido a un aburridísimo montón de planos detalle montados mediante sobreimposiciones que sugieren un abigarrado conjunto de gorras, bigotes y hombres forrados de látex. La cosa es tan torpe y tan poco sensual —después de todo, ¿no apoya la película así una cierta criminalización implícita en ese tipo de placer?— que resulta imposible entender el peso narrativo del acontecimiento sobre el personaje. Acude a un club de alterne como hubiera podido acudir a una carnicería, a una exposición de arte contemporáneo o a una barbería hipster. Y si precisamente se desactiva la problemática del deseo, ¿es posible entender a un personaje como Freddie Mercury?

    De aquello que duele —la soledad, el cuerpo— la película no parece decir gran cosa. Otro tanto ocurre con su mostración del gesto creativo. Los planos en los que un aparentemente iluminado Malek se desliza lánguido sobre el piano abriendo mucho los ojos para impostar el supuesto golpe de genio compositivo de Mercury —la “iluminación” del artista— están tan sobados que provocan una indecible vergüenza ajena. Más allá, la película se toma licencias dramáticas tan discutibles como afirmar en plancha que Mr. Bad Guy fue un trabajo mediocre o que Ray Foster era una suerte de figura risible parapetada tras un rictus pétereo —la complicidad de Myers, en fin, no deja de ser un cameo agradable que conecta, Wayne´s World mediante, con la penúltima generación del VHS. De nuevo, la generación del Innuendo. Por último, la decisión de comprimir la “salvación” del personaje principal en un último acto de narración empalagosa y densa —encuentra el amor verdadero, se reconcilia con sus padres, recupera la voz y salva a miles de africanos anónimos en menos de diez minutos de metraje— es tan profundamente descabellada que debería estudiarse en las clases de guion como una revisión camp y de una cutrez inenarrable de la salvación en el último minuto de Griffith.

    Entonces, ¿por qué cuatro estrellas?



    03. These are the days of our lives

    Uno de los últimos videoclips rodados en vida por Freddie Mercury —cito de memorieta, pero creo recordar que fue, de hecho, el último trabajo audiovisual del grupo— es ese extraordinario These are the days of our lives, pequeña carta de amor y despedida en blanco y negro noventero en el que un Mercury fantasmal saturado en blanco y negro se despide humildemente y sin aspavientos de su propia imagen. Nada que ver con esos imposibles barridos digitales que generan tridimensionalmente el estadio de Wembley en la clausura de la película de Singer y Fletcher. En cierto modo, esas imágenes son mucho mejores que cualquier otro significante que se hubiera podido recrear para contar el ocaso y fallecimiento del cantante de Queen. También constituyen la barrera ética que la cinta decide —a mi juicio, afortunadamente— no traspasar. Y también, supongo, son una especie de postal dolorosísima para los que ya pintamos canas.

    Si Queen no hubiera sido un icono generacional que atravesó por lo menos a tres generaciones de oyentes —y el lector o lectora paciente ya sospechará que yo mismo me incluyo en la tercera y última de ellas— la cosa hubiera sido más fácil de juzgar. Es una mala película –está mal construida y mal rodada, queda más o menos demostrado. El problema es que durante el visionado, algo que tenía que ver con mi propio aprendizaje musical y con mi propia relación con los temas de la película quedaba, extrañamente, situado más acá de sus problemas narrativos. Pese a todo, pese a la lectura racional, había algo en esas imágenes que manipulaba con fuerza y con precisión el tiempo, los recuerdos, las frustraciones. Algo que tenía que ver con la propia música, claro, pero también con la manera en la que las imágenes de Queen nos habían configurado generacionalmente. Supongo que para los nacidos más allá de 1998, año arriba o año abajo, la película resultará poco menos que insufrible. Sin embargo, para muchos otros, los plásticos de Queen significaron parte de nuestro aprendizaje emocional, la carta de presentación hacia el descubrimiento de la música adulta en una especie de canon nunca escrito en el que mis contemporáneos quizá descubran también el disco azul y el disco rojo de los Beatles, el IV de Led Zeppelin o el Nevermind de Nirvana. Nos puede gustar más o menos, pero como dice la canción, those were the days of our lives. Me perdonarán este arranque de sinceridad, pero me parecería mucho más hipócrita desgañitarme discutiendo las virtudes o defectos de, qué diría yo, Rosalía o cualquier músico urbano de moda ante el que no tengo nada que decir.

    En esa especie de caída libre narrativa, la película sabe pulsar con pericia aquellas teclas exactas que activan los mecanismos básicos de la memoria. Sabe qué palabras, qué gestos, qué manera de alzar una guitarra o qué frase de diálogo nos va a devolver fulminantemente a nuestro desván memorístico. Es una lluvia fina de golpes bajos contra el espectador. 


    Esto viene al caso de la certera sensación de saberse público objetivo de la película y, pese a todo, ser capaz de caer en (casi) todas sus trampas. En dejar escapar una carcajada, en marcar el compás de un tema con el zapato sobre la suela de una sala, en sentir un cierto estremecimiento. Paradojas de la crítica: si la película es capaz de destruir mis herramientas analíticas y emocionarme en un terreno tan sucio y básico como el de mi propia infancia y mi primera adolescencia, entonces es que algo probablemente esté bien manejado en su interior. Quizá tenga ver con un cierto respeto hacia la propia obra de Queen que se hubiera podido perder en los callejones del amarillismo o de la mostración dramática del SIDA. Hay una escena, por ejemplo, en la que un simple plano trasero de Mercury atravesando el pasillo de una clínica con un rayo de luz filtrándose por una de las ventanas ya es suficiente. Cuando la cinta se niega a subrayar y se limita a contener la respiración, entonces, sin duda, emerge una experiencia valiosa.

    En el fondo, supongo que lo que planteo es una hipótesis tan patética que podría resumirse en el enunciado balbuciente: “Yo formé parte de esta historia, algo de ella me pertenece, y por ello voy a darle cuatro estrellas. No tanto a la película, claro, sino a la persona que yo era cuando me emocionaron estos acontecimientos”. Pero con un par de matices. El primero es que en esa especie de caída libre narrativa, la película sabe pulsar con pericia aquellas teclas exactas que activan los mecanismos básicos de la memoria. Sabe qué palabras, qué gestos, qué manera de alzar una guitarra o qué frase de diálogo nos va a devolver fulminantemente a nuestro desván memorístico. Es una lluvia fina de golpes bajos contra el espectador. Y sería lícito preguntarse, además, ¿no es ese el motivo básico por el que hemos pagado la entrada de la sala?

    El segundo matiz es algo más delicado. En ese encuentro con lo que uno ha sido, la película ofrece una justificación ante nuestro propio ridículo, ante los errores que cometimos, ante lo mal que nos hemos contado algunas partes del relato. Después de todo, es una película exculpatoria –de Mercury, de los supervivientes de Queen, del propio espectador. La película se exculpa a sí misma y, al hacerlo, nos libera de una terrible carga. La de “haber estado allí”, la de haber perdido ese tiempo, la de haber pasado a otra cosa. El mundo que retrata, la música que retrata, no son sino un montón de ruinas incomprensibles e inútiles para el actual estado de la cuestión. Al menos, para lo que se supone que —aquí es imposible no resbalar un poco— parece que se premia en los mentideros, la prensa especializada y las canciones que comparte la gente que sabe de la cosa. Con lo que Bohemian Rhapsody realiza su finta, su golpe maestro, y finalmente resulta que aquello no iba tanto de Queen sino de nosotros mismo viendo una película nostálgica sobre Queen tantos años después, sintiéndonos un poquito avergonzados, un poquito tristes, un poquito emocionados. Nos ha robado la cartera. Mañana volveremos a ser inteligentes, agudos, buenos críticos, hablaremos únicamente de (choose your fighter) el último disco indie o el último disco de trap. Pero el metraje no miente: ha venido a por las lágrimas y el dinero de los que nos sabemos casi-ancianos, casi-muertos, casi-defraudados. Y en ese abrazo, emerge el pornográfico We are the champions final, ese coro obsceno de voces que nos dicen lo contrario: fue tan hermoso, muchacho. Fue todo tan hermoso.

    Al caer la noche, discutiendo con mi señora esposa sobre la película, doy vueltas por el salón como un mendicante desquiciado moviendo las manos en el aire:

    - Un puto desastre, lo que todos sabíamos. Un horror. Dos horas y cuarto de película, todo mal construido, un guion espantoso, rodada como el culo, con unos planos aéreos… ¡De juzgado de guardia! Y unos efectos especiales… ¡Intolerables!
    Pero mi mujer, que por lo demás es mucho más inteligente y mucho más perspicaz que yo, tras aguantar estoicamente el sermón de profesor amargado, formula finalmente la única pregunta que vale, la que debería estar por encima de todo lo demás.
    - Pero entonces, ¿te ha gustado la película?
    Y tras tomar aire, carraspear y notar cómo se me empañan un poco, muy poco, los ojos, tengo que confesar:
    - Si. Mucho. | ✷✷✷✷ |


    Aarón Rodríguez Serrano
    © Revista EAM / Madrid


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