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    Crítica | Disobedience

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    Crítica ★★★ de Disobedience (Sebastián Lelio, 2017).

    Irlanda, Reino Unido y Estados Unidos. 2017. Presentación: Festival de Toronto. Dirección: Sebastián Lelio. Guion: Sebastián Lelio y Rebecca Lenkiewicz (basado en la novela de Naomi Alderman). Productoras: Braven Films / Element Pictures / Film 4 / Stage 6 Films. Fotografía: Danny Cohen. Montaje: Nathan Nugent. Música: Matthew Herbert. Diseño de producción: Sarah Finlay. Dirección artística: Jimena Azula y Bobbie Cousins. Vestuario: Odile Dicks-Mireaux. Reparto: Rachel Weisz, Rachel McAdams, Alessandro Nivola, Allan Corduner, Bernice Stegers, Anton Lesser. Duración: 114 minutos.

    Antes de ganar el Oscar hace unos meses, y hacerse con el mayor reconocimiento que ello conlleva, el chileno Sebastián Lelio presentó el año pasado en el festival de Toronto Disobedience. Adaptada de la apreciada novela de Naomi Alderman, con el reclamo añadido de un reparto capitaneado por Rachel Weisz y Rachel McAdams, la cinta no causó entonces demasiado eco, y como otras muchas que tienen su premiere en el certamen canadiense, ha tenido que retrasar hasta ahora su estreno. Sin embargo en este caso la maniobra de la distribuidora ha sido afortunada, pues la mayor publicidad de su director desde marzo jugaría a favor de una película que, además, se disfruta en mayor medida, o al menos desde un punto de vista más analítico, si el espectador la enmarca en la reciente filmografía de Lelio. Sus tres últimos filmes, que son los que le han dado fama creciente, se han caracterizado por ser protagonizados por mujeres que desafían las convenciones, moviéndose en las pautas del melodrama pero huyendo de sus cánones clásicos y buscando cierta reformulación estética y ética. Si nos fijamos en los estados identificativos de la persona, en Gloria (2013) el cambio de parámetro tendría como foco la edad, en Una mujer fantástica (2017) el género, en Disobedience la orientación sexual, y en el remake de Gloria que está ahora en posproducción, con Julianne Moore sustituyendo a Paulina García, se cerraría el círculo con un nuevo enfoque generacional.

    En la historia que aquí nos ocupa, conocemos a Ronit Krushka (Weisz), cuyos nombre y apellido dejan patentes sus raíces judías, aunque hace tiempo que ha abandonado su comunidad religiosa de origen para asentarse en Nueva York y trabajar como fotógrafa independiente. El fallecimiento de su padre rabino la obliga a regresar a su Londres natal, donde los discípulos de la sinagoga se mueven confusos tras la pérdida de su líder espiritual, en particular uno de sus más fieles seguidores, Dovid Kuperman (Alessandro Nivola), amigo de la infancia de Ronit. En cualquier caso ésta lleva tanto tiempo desconectada de este microcosmos que ha ignorado su desarrollo personal, desde la enfermedad de su padre hasta el matrimonio de Dovid con otra íntima amiga, Esti Kuperman (McAdams). Ambas mantuvieron en su juventud una relación que fue la que motivó el ostracismo de Ronit y el enlace forzoso de Esti, circunstancia que al parecer todos conocen pero deciden ocultar bajo un ropaje tanto material (véanse las pelucas que deben portar las mujeres o los rituales que preceden a la comida o al funeral) como psicológico (sobre todo ligado a las palabras que se deben pronunciar y las que en todo caso se deben omitir). La sucesión de pautas y códigos prácticamente anula la libertad de elección y de esta manera difumina a cada individuo en una masa común en la que por definición se pierden las singularidades que pueda tener cada uno.

    «Los dramas del cineasta chileno, éste coescrito con Rebecca Lenkiewicz, no tratan de llevar su premisa melodramática a sus últimas consecuencias, sino por el contrario sustraerle parte de su energía en beneficio de un desarrollo más elíptico y matizado».


    Lelio y su director de fotografía Danny Cohen retratan este ambiente asfixiante con planos cerrados, con frecuencia delimitados por referencias y objetos (como los contornos de una puerta o la baranda de una escalera) en los interiores de los que a duras penas escapan los personajes. Es en el exterior donde Ronit y Esti cambian de registro y vuelven a la familiaridad que en teoría debería marcar su relación: son muy ilustrativas en este sentido las dudas y la contención con las que interactúan cuando se ven por primera vez en el hogar de los Kuperman, y luego en el domicilio del finado, mientras que al salir de éste y pasear por la calle el coloquio es mucho más ameno y sincero. Por naturaleza entonces los encuadres se han abierto, aunque también en los interiores su circunscripción contrasta con el tono luminoso de la iluminación. Se busca quizá compaginar, si resituamos este nivel estético en la narración, el encierro material con la liberación simbólica, o al menos no insistir demasiado en la claustrofobia, que podría haberse acentuado por ejemplo combinando esos encuadres cerrados con una fotografía más opaca. Al fin y al cabo, y como adelantábamos, los dramas del cineasta chileno, éste coescrito con Rebecca Lenkiewicz, no tratan de llevar su premisa melodramática a sus últimas consecuencias, sino por el contrario sustraerle parte de su energía en beneficio de un desarrollo más elíptico y matizado. Esto se revela en la estructura de algunas escenas que pueden durar menos de lo esperado, y en el desenlace algo precipitado del conflicto. Al mismo tiempo el mismo se resuelve de forma un tanto indecisa, multiplicando los momentos en que el metraje parece terminar para prolongarse un poco más y darle una última vuelta de tuerca al clímax emocional. En otras palabras, esta estructura algo errática iría en detrimento de la emoción intrínseca del relato, priorizando su intelectualismo seco. Empero los sentimientos a flor de piel quedan asegurados por las interpretaciones de los tres mentados protagonistas, destacando Rachel McAdams en el que podría ser el mejor papel de su carrera. Muestra una difícil y muy sensible versatilidad desde la represión que define a este personaje, resquebrajada en ocasiones gracias al apoyo de su compañera de reparto, más monocorde en su expresividad. Lelio vuelve a hacer gala de su talento en la dirección de actores, con el mérito añadido en este caso del cambio de idioma y geografía. Ante las oscilaciones quizá intencionadas de su realización, sus intérpretes mantienen en todo momento la conexión con el espectador, garantizando una identificación universal cualesquiera que sean las señas de identidad de aquellos, ya sea desde un punto de vista socioeconómico, ideológico o físico. |★★★|


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid



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