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    Crítica | Yo, Tonya

    Alguien a quien odiar

    Crítica ★★★★ de Yo, Tonya (I, Tonya, Craig Gillespie, Estados Unidos, 2017).

    La historia de Tonya Harding podría ser una de tantas que ejemplifican el significado del Sueño Americano con absoluta claridad. La de una humilde campesina de Oregón que, a base de constancia y esfuerzo, se convirtió en toda una campeona del patinaje artístico, siendo especialmente reconocida por ser la segunda mujer (y primera estadounidense) en realizar un triple axel completo durante una competición. Sin embargo, ya sabemos la crueldad con la que la sociedad americana trata a sus celebridades, encumbrándolas primero a lo más alto para, a continuación, hundirlas en el más absoluto de los olvidos. Esta circunstancia se cumple en el caso de Harding, ya que tuvo que pagar un alto peaje por un desafortunado “incidente” que la alejó de este deporte para el resto de sus días e hizo que su nombre quedara para siempre ligado al violento ataque sufrido por su contrincante en el Campeonato estadounidense de 1994, Nancy Kerrigan, presuntamente orquestado por su, por aquel entonces, marido Jeff Gillooly, en colaboración con otros dos hombres. Multitud de triunfos profesionales y unas cualidades deportivas fuera de toda duda, quedaron así opacadas para siempre por la sombra de la duda de su posible implicación en un hecho vergonzoso que acaparó horas de televisión y cientos de portadas de la prensa más sensacionalista. Era solo cuestión de tiempo que el cine le dedicara su propia biografía filmada a una de las figuras más controvertidas y polémicas de la Historia del deporte norteamericano y, del mismo modo que la personalidad de Tonya está llena de claroscuros, la película que nos relata sus hazañas no se queda atrás en ambigüedad y, por qué no decirlo, locura. En unos tiempos en los que nos invade gran cantidad de biopics tan académicos como aburridamente convencionales –el propio Craig Gillespie ha facturado algunos de ellos, como las disneyanas El chico del millón de dólares (2014) y La hora decisiva (2016)–, hay que agradecerle al director de Lars y una chica de verdad (2007) y a su guionista Steven Rogers la brillantez y creatividad con la que ha abordado esta Yo, Tonya (2017) que ha ofrecido a Margot Robbie la ocasión de consolidarse como gran actriz.

    La película realiza un recorrido por la vida y milagros de Tonya desde su más tierna infancia, mostrándonos a una niña maltratada física y psicológicamente por una madre fría e incapaz de demostrar cualquier tipo de amor hacia su hija, empeñándose en hacer de ella una campeona olímpica, explotándola hasta la extenuación y sometiéndola a una durísima disciplina. De este modo, entenderemos un poco mejor la problemática personalidad de la protagonista, acostumbrada a convivir con los insultos y los golpes toda su vida, primero a manos de su madre y, luego, por parte de su irascible marido. Para ella el "amor" siempre ha estado unido a la violencia. Yo, Tonya nos habla de una mujer a la que la fama le llega, de la noche a la mañana, convirtiéndola en una heroína del patinaje sobre hielo totalmente atípica a la imagen candorosa que los americanos tenían de estas deportistas. Poco femenina, sin modales y con una facilidad pasmosa para perder los nervios ante cualquier crítica negativa, Tonya no es otra cosa que el resultado del desarraigo familiar y de unas carencias afectivas más que evidentes. En una contundente línea de guion se habla de Estados Unidos como un país que siempre ha necesitado a alguien a quien amar, pero también a alguien a quien odiar, y a Tonya le tocó formar parte de este segundo grupo. El filme no trata de arrojar luz sobre las circunstancias que rodearon al famoso "incidente" que acabó con la carrera deportiva de Tonya, sino que se limita a aportar los distintos puntos de vista de los protagonistas involucrados (la madre, el ex marido, el guardaespaldas, la profesora de patinaje y la propia Tonya), a través de entrevistas en las que estos dan sus versiones ante la cámara, con un tono de sátira que no deja títere con cabeza y un acertado estilo de falso documental. Resulta especialmente ingenioso el modo en que los personajes rompen, de manera constante, la cuarta pared, dirigiéndose directamente al espectador para hacerle cómplice de sus pensamientos. Un juego que funciona de maravilla para hacer de la cinta una incisiva comedia negra, de esas que son capaces de sacar la carcajada contándonos el mayor de los dramas. Poco tiene de graciosa la historia de Tonya Harding, por lo que es muy meritorio que los golpes de humor apuntados en el guion de Rogers estén tan bien ensamblados como para no restar un ápice de dureza al relato.

    «Un filme más que notable que triunfa a diferentes niveles: como drama deportivo que muestra el tesón y la lucha de los profesionales del patinaje para alcanzar el triunfo; como esquinado retrato de la vida familiar y sentimental de Tonya; y, sobre todo, como apasionante metáfora de la caída del ídolo».


    Estéticamente, Yo, Tonya es una obra que también sobresale de la medianía habitual de este tipo de biopics, ya que, por ese frenético montaje con el que nos pasea por las distintas competiciones que forjaron la leyenda de la patinadora, la conseguida ambientación de las décadas de los 80 y 90 y su formidable banda sonora, se acerca muchísimo a las crónicas gansteriles ofrecidas por Martin Scorsese en Uno de los nuestros (1990) o Casino (1995), con idéntica mala baba en el dibujo de sus desalmadas criaturas. Las escenas de patinaje están rodadas, además, con gran dinamismo y un uso de los efectos especiales ejemplar que hace que creamos que es Margot Robbie quien realiza las acrobacias más espectaculares. La rubia actriz se despoja de su imagen de sex symbol para meterse en la piel de un personaje nada glamuroso y de ademanes varoniles en el que está absolutamente convincente, consiguiendo humanizar a la odiada Tonya Harding de forma considerable y haciendo que nos identifiquemos con sus debilidades e imperfecciones. Junto a ella, acapara todas las miradas una inconmensurable Allison Janney en el papel de LaVona Golden, la terrible progenitora de la protagonista. Un trabajo de caracterización impresionante ayuda sobremanera a su lúcida composición de una mujer que ha tenido que pasar penurias económicas para sacar adelante a sus hijos, frutos de complicadas relaciones con distintos hombres, con su trabajo de camarera, algo que ha agriado su carácter hasta hacer de ella un auténtico monstruo. Incluso en los puntuales momentos en que parece que LaVona se va a poner sentimental, siempre acaba rompiendo el hielo con alguna salida de tono desafortunada. Las escenas que comparten ambas actrices son, de largo, el plato fuerte de un filme más que notable que triunfa a diferentes niveles: como drama deportivo que muestra el tesón y la lucha de los profesionales del patinaje para alcanzar el triunfo; como esquinado retrato de la vida familiar y sentimental de Tonya; y, sobre todo, como apasionante metáfora de la caída del ídolo, perfectamente plasmada en esa definitoria imagen a cámara lenta en que la protagonista, dedicada al boxeo femenino después de que se le cerrasen las puertas en su disciplina, es tumbada de un puñetazo en la mandíbula por su contrincante en el ring. Y es que hay personas que parecen nacidas para recibir golpes toda su vida y una de ellas es Tonya Harding, más que una campeona, una superviviente de los estragos de la fama mal asumida. | ★★★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2017. Título original: I, Tonya. Director: Craig Gillespie. Guion: Steven Rogers. Productores: Tom Ackerley, Margot Robbie, Steven Rogers, Bryan Unkeless. Productoras: Clubhouse Pictures / LuckyChap Entertainment / Neon / 30West / Ai Film. Fotografía: Nicolas Karakatsanis. Música: Peter Nashel. Montaje: Tatiana S. Riegel. Dirección artística: Andi Crumbley. Reparto: Margot Robbie, Sebastian Stan, Allison Janney, Julianne Nicholson, Paul Walter Hauser, Bobby Cannavale, Caitlin Carver, Bojana Novakovic, McKenna Grace.


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